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Culiacán: más preguntas que respuestas
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na revisión de los hechos de violencia desencadenados en Culiacán el pasado jueves 17, a raíz del operativo conjunto desplegado para capturar a Ovidio Guzmán López, hijo del encarcelado Joaquín El Chapo Guzmán Loera, da pie a una serie de interrogantes que ni las explicaciones oficiales ni el examen analítico de los acontecimientos han alcanzado a despejar hasta hoy. Las incógnitas no tienen que ver con la decisión gubernamental de detener los enfrentamientos mediante la liberación del personaje fugazmente detenido (decisión que se antoja muy prudente aun cuando muchos la hayan considerado una suerte de capitulación frente al poder del narco), sino con las aparentemente poco –o mal– meditadas acciones previas a la furia que durante varias horas tuvo en viloa la capital sinaloense.

Las preguntas son de dos órdenes. Por un lado están las relacionadas con la ejecución del operativo –al que la propia Secretaría de la Defensa Nacional calificó de precipitado y falto de planeación–, y por otra parte las que competen a la acelerada respuesta armada del cártel de Sinaloa, que evidencia un alto grado de coordinación frente a situaciones como la vivida el jueves, o en su defecto que se trató de una reacción prevista de antemano, es decir planificada. Dos interrogantes –una por cada uno de los órdenes señalados– destacan de entre las varias que pueden formularse:

Respecto del desempeño de las fuerzas regulares, resulta difícil creer que la captura de un capo (aun uno cuyo peso dentro de la organización criminal deriva de su vínculo familiar con Guzmán Loera, porque hasta donde se sabe Ovidio Guzmán no es una pieza clave en la actividad del cártel) se emprenda con tan pocos efectivos, sin ningún apoyo logístico y con más atisbos de improvisación que de estrategia. Tan poco parecido a un gran operativo de captura fue el llevado a cabo, que en una primera instancia las autoridades informaron que el zafarrancho se originó cuando una patrulla fue atacada mientras circulaba frente a la casa donde se hallaban el hijo de El Chapo y sus acompañantes. Desechada esta increíble versión, sin embargo, es claro que la incursión se realizó con un número insuficiente de efectivos y con escasa eficiencia operativa.

En cuanto a la respuesta del narco frente al intento de detención, se significó por su rapidez, su capacidad numérica, su elevado poder de fuego y una táctica muy definida, consistente en realizar sus ataques de manera casi simultánea y a través de grupos dispersos en distintos puntos de la ciudad. Con estos datos, no parece verosímil que se haya tratado de una respuesta espontánea, dada por sicarios que acudieron por la libre en auxilio del capo aprehendido. Da la impresión, más bien y como apuntamos líneas arriba, de responder a un plan concertado y en todo momento dirigido. Podría corroborar esta hipótesis la relativa prontitud con que se produjo un alto al fuego (aun cuando se reportaron algunos tiroteos esporádicos horas después de los incidentes principales) una vez anunciada la liberación de Guzmán López. Si los grupos armados que recorrían Culiacán hubieran sido producto de la espontaneidad no se entiende cómo podrían haber decidido, una vez desatados, interrumpir prácticamente todos al mismo tiempo su violenta actividad.

Dado que estamos, naturalmente, en el terreno de las conjeturas, difícilmente sabremos cuál fue el elemento que detonó el operativo para capturar al hijo de El Chapo. Es de celebrar que el mismo no haya terminado con una masacre de proporciones, por obra y gracia del cambio de estrategia adoptado por el actual gobierno que, por otra parte, ha hecho pública su decisión de no cejar en la labor de desarticular las redes del crimen organizado, aunque sin entregar por ello la crecida cuota de sangre que pagaron, sin éxito, las dos administraciones inmediatamente anteriores.