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La ironía de Sanders
H

ace rato que Bernie Sanders está de regreso. Acaso nunca abandonó, desde la campaña presidencial de 2015, uno de los centros que configuran en la actualidad a las franjas políticas que se disputan el voto nacional para decidir quién ocupará la Casa Blanca después de 2020. Si en algún momento parecía que su presencia se había retraído, el Squad de las cuatro diputadas más radicales del Congreso (Ilhan Omar de Minnesota, Alexandria Ocasio-Cortez de Nueva York, Rashida Tlaib de Michigan y Ayanna Pressley de Massachusetts), feministas que vindican al sanderismo como su espacio de identificación, al igual que cientos de miles de jóvenes que lo acompañan de nuevo, se encargaron de mostrar que el senador de Virginia no representaba una simple ave de verano.

Mucho ha cambiado desde la disputa con Hillary Clinton por la candidatura demócrata en 2015. Antes que nada: Trump es el presidente. Una figura que ninguno de los candidatos demócratas ha dudado en definir como un el aviso de un protofascismo estadunidense. A diferencia de la contienda interna de 2015, Sanders debe enfrentar una decena y media de candidatos, la mayoría de los cuales ha adoptado una o varias de las vindicaciones que él defendía como una rara avis hace cuatro años. Léase: aumento de salarios, educación superior gratuita, cobertura universal y pública de la salud, apoyo a la vivienda social, etcétera.

Tal vez por esto, Berrnie comenzó su campaña ahí donde terminó su sorprendente itinerario contra Hillary: una definición general y programática del sentido de su estrategia. Para delinearla, empeñó el 15 de junio pasado todo su discurso en la Universidad George Washington en una alocución a lo que entiende bajo la noción de socialismo democrático. El propósito de este discurso era evidente. Si muchos de los candidatos demócratas habían hecho suyas demandas aisladas de su programa, ninguno de ellos lo había adherido a esta definición tan radical. Como otros políticos actuales, Sanders intuye que sólo la más absoluta excentricidad y dislocación del mainstream ideológico es hoy capaz de abrirse camino en comicios nacionales. En este sentido, ya aventaja a sus rivales (aunque el más moderado Joe Biden se mantenga adelante en los sondeos).

A primera vista, articular una campaña por la presidencia de Estados Unidos (con las mínimas pretensiones de salir victorioso) bajo una narrativa que gira en torno a la idea del socialismo, parecería un sinsentido en una cultura política que hizo de este espectro el vértice del escarnio público durante décadas. Pero en las elecciones contemporáneas, todo lo que asoma en la superficie es lábil. Para sorpresa de todos, una encuesta reciente de la Gallup arrojó que 43 por ciento de los estadunidenses preferiría el socialismo democrático antes que el capitalismo, cifra que alcanza 58 por ciento entre los jóvenes entre 18 y 23 años. Estadísticas que abaten toda lógica política. Tal vez las teorías de Freud o Lacan tengan algo que decir sobre esta inflexión: lo que en el imaginario aparece como el objeto del escarnio y la exclusión, en el subimaginario podría referir un anhelo inédito.

¿Tiene algo que ver el socialismo democrático de Sanders con la conflictiva y dramática historia del socialismo en el siglo XX? Por lo pronto es una visión –y una construcción– muy singular y propia de él. Toda la primera parte del discurso se refirió a la relación entre socialismo y libertad, acaso un punto de partida que lo aleja inmediatamente del sinuoso y autoritario pasado del socialismo de Estado.

Acto seguido, lo vindicó como una secuela y una actualización del New Deal de Franklin Delano Roosevelt. Una herencia, según Sanders, en la que la vindicación de los derechos económicos haría posible la viabilidad de todos los demás derechos. Aquí introdujo su propia definición: el socialismo democrático es una sociedad en la que los derechos económicos forman la base de los derechos humanos. Muchos analistas observan en este giro el retorno a las narrativas de la socialdemocracia en la década de los 50, cuando ésta sostenía que los derechos económicos eran el sustento de una idea integral del bienestar del ser humano. Sin embargo, la comparación es más compleja de lo que parece. Basta con reflexionar en dos vindicaciones centrales del programa de Sanders: educación superior gratuita y cobertura pública de la salud.

En Estados Unidos, desde la segunda mitad del siglo XIX, una familia pasa la primera mitad de su vida ahorrando para que los hijos puedan asistir a la universidad, y la otra mitad, pagando los gastos que quedó a deber. Proponer una educación libre de pago implica una auténtica revolución de mentalidades, expectativas y visiones sobre la relación entre lo público y lo privado. Lo mismo sucede con losgastos en salud. En principio, educación y salud representan hoy los vértices de la actual piramidación social: sólo quien tiene dinero puede enviar a sus hijos a escuelas que les garanticen este status y sólo quien lo tiene contará con los recursos para pagarse los altísimos gastos en salud que implica hoy una vida sana y longeva. La ironía es que la idea del socialismo se haya refugiado en Estados Unidos para reconquistar su legitimidad.