15 de diciembre de 2018     Número 135

Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER

Suplemento Informativo de La Jornada

Suelo fértil para cultivar un mejor país

Helda Morales Investigadora del Grupo de Agroecología de El Colegio de la Frontera Sur. Co-fundadora del programa Laboratorios para la Vida. Integrante de la comisión articuladora de la Red Internacional de Huertos Escolares  [email protected]


Los huertos educativos tienen impacto sobre la formación de la niñez
y la juventud. FOTO: Equipo LabVida

Aunque los huertos educativos no son novedad, en la pasada década han proliferado en todo el mundo. En este número de La Jornada del Campo se muestran algunos ejemplos de experiencias muy variadas, que van desde las que han tenido lugar en escuelas de nivel básico hasta universidades, pasando por diversos huertos comunitarios tanto en áreas rurales de Chiapas y Oaxaca como en la jungla de cemento de la Ciudad de México, e incluso proyectos para institucionalizar los huertos escolares en Puerto Rico, Chile y Uruguay.

Lo que relatan las y los autores de estas vivencias, que presentamos en las páginas siguientes, abre apenas una ventanita que nos permite imaginar la diversidad de contextos donde los huertos educativos se han desarrollado y los impactos que están teniendo sobre la formación de la niñez y la juventud, sobre el cuidado del ambiente, la alimentación y la restauración del tejido socio cultural de las comunidades. Nos da también una probadita de la diversidad de actores que participan en los programas de huertos. Hay nutriólogas, agroecólogas, maestras, profesores universitarios de agronomía, nutrición y ciencias sociales, artistas, investigadores, personal de ongs y empresas privadas, y funcionariaos públicos; todas ellas personas con diferentes preocupaciones que ven en los huertos educativos una esperanza para resolverlas.

¿Y cómo no van a ser motivo de esperanza los huertos educativos si han demostrado tener tantos beneficios?

Numerosos estudios científicos revelan que los niños y niñas mejoran su ingesta de verduras cuando las cultivan ellos mismos. Aquí Liliana Ruiz Arregui, del Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición Salvador Zubirán, nos comparte cómo el trabajo en el huerto puede contribuir a resolver la epidemia de diabetes y problemas coronarios que estamos viviendo.

Mi propio trabajo de investigación-acción, en el programa Laboratorios para la Vida (LabVida) de El Colegio de la Frontera Sur, nos ha enseñado que no sólo la dieta de los niños y niñas puede mejorar con los huertos escolares. También puede mejorar la del personal docente y sus familias, al tomar conciencia de los beneficios de la gastronomía local y de consumir alimentos producidos de forma agroecológica. Muchos de los maestros que han pasado por nuestro programa de formación docente se han volcado a trabajar para el avance de la agroecología y la soberanía alimentaria.

Hace varios años que la Fundación Nacional para la Ciencia de Estados Unidos (nsf, por su sigla en inglés) aseguró que los huertos escolares eran el mejor espacio para hacer conciencia sobre el cuidado ambiental y para enseñar ciencia desde temprana edad. Varias de las contribuciones en el presente suplemento dan fe de cómo el trabajo en el huerto ayuda tanto a niñxs como a adultxs a apreciar la vida, a defender las semillas nativas, a apreciar la labor de las lombrices y de las abejas. Meriely Mendieta Báez, de la Escuela Pequeño Sol de San Cristóbal de Las Casas, nos narra además cómo los huertos brindan oportunidad no sólo para enseñar ciencia, sino para hacerla. En el huerto, además de verduras nutritivas, se pueden cosechar hipótesis y una actitud indagativa y crítica.

Las experiencias de Morelos, Estado de México, Chiapas y Veracruz ofrecen ejemplos de cómo los huertos educativos abren posibilidades de aprendizajes más allá de la educación ambiental y las ciencias naturales. Los docentes chiapanecos que colaboran con LabVida han vinculado actividades en el huerto a temas curriculares de matemáticas, historia, geografía, literatura, química y filosofía, haciéndolos más vivenciales y relevantes para la vida de sus estudiantes.

Tenemos evidencias de que los huertos educativos generan competencias más allá de las materias. La maestra Lisa Marrero nos describe en su artículo cómo el huerto escolar ayuda en Puerto Rico a las personas con capacidades diferentes a desarrollar habilidades para una vida más independiente.

Una de mis historias favoritas sobre el impacto de los huertos en la educación me la compartió el maestro Valentín Martínez Robles, de la primera generación del diplomado de formación docente en huertos escolares que organizamos en LabVida. Cuando Valentín llegó a la escuela, había un niño que estaba repitiendo el segundo año de primaria por no haber aprendido a leer. Parecía que en el segundo intento tampoco lo lograría, pero todo cambió gracias al trabajo en el huerto. Para comenzar el trabajo sembraron rabanitos. La mejor cosecha la obtuvo el niño que estaba repitiendo. Valentín lo invitó a pasar al frente del aula para explicar a sus compañeritos por qué había tenido tanto éxito. A partir de ese día el niño empezó a mostrarse contento y encariñado con Valentín. Pocas semanas después, además de sembrar rábanos, ya sabía leer.

¿Cómo no vamos a celebrar entonces que se promuevan los huertos educativos en todos nuestros territorios?

Pero como bien dice mi compañero Bruce Ferguson en su artículo “Huertos escolares ¿para todo el mundo?”, éstos no pueden ser impuestos y tampoco ser nada más programas de infraestructura y materiales.

¿Qué debemos considerar si queremos un huerto escolar en cada escuela?

En los últimos diez años, en LabVida hemos estado documentando qué hace duradero un programa de huertos escolares. Aprendimos que los ingredientes básicos para que los huertos permanezcan y rindan frutos, mucho más allá de la cosecha en su sentido material, son: la formación y concientización del personal docente, la integración de la comunidad escolar y las familias, la integración del huerto a los contenidos curriculares y que los huertos sean manejados con principios agroecológicos.

Los esfuerzos para institucionalizar los huertos educativos en Puerto Rico, Chile y Uruguay descritos en esta publicación han sido exitosos y duraderos porque han invertido tanto en la formación de docentes, como en construir alianzas entre escuelas, familias, universidades y otros sectores como el sector salud, ambiental y de desarrollo social.


Son el mejor espacio para enseñar ciencia desde temprana edad. FOTO: Alejandro Caputo

También es necesario que las personas que trabajan en los huertos escolares no se sientan solas, que se consideren parte de una comunidad, aunque ésta sea virtual. Por ello, desde 2009 promovimos la formación de una red, que hoy es la Red Internacional de Huertos Escolares (www.redhuertos.org, www.facebook.com/redhuertos). La rihe es un espacio de intercambio de ideas y acompañamiento para las personas interesadas en trabajar con huertos educativos.

Hasta el momento hemos tenido ocho encuentros en donde han participado docentes, investigadores y personal de ongs de México, Guatemala, Estados Unidos, Puerto Rico, Colombia, Ecuador, Brasil, Argentina, Uruguay, Brasil y Chile. Estos encuentros ofrecen talleres de temas diversos como formación didáctica, agroecología y alimentación consciente, ponencias magistrales inspiradoras y visitas a huertos educativos de la localidad donde se realiza el encuentro; pero sobre todo han sido un motivo para convivir y crear alianzas y empatía.

La rihe ha promovido también la organización de redes locales, como la Red Chiapaneca de Huertos Educativos, la Red de Huertos Escolares y Comunitarios de Xalapa, la Red de Huertos Educativos del Cono Sur, y hace apenas unos meses la Red Mexicana de Huertos Educativos.

Esperamos que el interés manifestado por el nuevo gobierno mexicano para promover los huertos educativos considere las experiencias de éxito y fracasos de los programas de huertos educativos que se han dado en el país. Proponemos que no vea los huertos sólo como espacios productivos, sino como una oportunidad de mejorar la educación, así como para rescatar la cultura gastronómica de nuestros pueblos, nuestras semillas y la producción agroecológica de alimentos, apuntalando en ese camino la salud y soberanía alimentaria.

Le sugerimos que inicie apoyando al personal docente que ya está trabajando huertos educativos. Por un lado, varios docentes comprometidos con mejorar la educación de la niñez y la juventud mexicana por medio de los huertos han dicho que el mejor apoyo que podrían recibir de las autoridades educativas es que les permitan hacer su trabajo, que se den cuenta de que el huerto representa un laboratorio para la vida académica y que no les pidan desalojar el espacio que con tanto amor y sacrificio han construido para remplazarlo por cemento.

Por otro lado, hemos visto que los docentes están sobrecargados de trabajo. Imponerles que además establezcan y ajusten su currículo al huerto escolar, sin convencerlos de los beneficios que éste puede traer o sin apoyarlos para mantenerlo y utilizarlo como una herramienta educativa, es condenarlos al fracaso.

Por último, al implementar cualquier programa de huertos educativos debemos tener en mente que la riqueza de México está en su diversidad cultural y biológica.  ¡Ojalá que los nuevos programas en pro de la educación, la salud y la soberanía alimentaria vayan encaminados a celebrar y conservar esa diversidad!

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