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Religión, Iglesia y poder político en América Latina
L

a secularización del poder es un mito. La separación Iglesia-Estado no deja de ser una ficción. Presidentes, diputados, senadores, alcaldes juran ante Dios. Los símbolos religiosos están presentes en los espacios públicos. Estado laico o aconfesionales adoptan rituales políticos, acompañados de cruces, medias lunas, budas, biblias, Torá, etcétera. Dirigentes asumen morales católicas, protestantes, islámicas, judías, siendo unos devotos practicantes de su fe. Sus mandatos suelen dar cuenta de ello. El divorcio, el aborto, la familia, el sexo, la moral cotidiana y la educación son opciones valoradas a la luz de las creencias religiosas. Hoy gobiernan las iglesias. Los lugares de culto se han generalizado y la diversidad de credos se extiende. El Vaticano pierde fuelle en ciertos países latinoamericanos. Su lugar es ocupado por nuevas formas de acercarse a la fe en Cristo o en el Salvador. Las iglesias pentecostales, adventistas, mucho más interesadas en captar las almas para una militancia política terrenal, sin intermediarios, han socavado la influencia de la Iglesia católica. Su papel mediador entre Dios y el alma pecadora se ha diluido en una fe no practicante, cuya militancia se convoca aleatoria y excepcionalmente, cuando ve peligrar intereses, privilegios y bienes. Sumida en un proceso de deterioro moral y ético, casos de pederastia, desfalcos financieros, sus seguidores se han decepcionado, aumentando la apostasía. Aun así, su organización piramidal le permite seguir controlando el poder político.

En América Latina, la Iglesia católica fue capaz de combatir a la Teología de la Liberación o los movimientos nacidos a la luz del Concilio Vaticano II, como Cristianos por el Socialismo. La Iglesia de los pobres fue derrotada y muchos de sus sacerdotes asesinados en los años de la lucha contrainsurgente. Otros fueron torturados hasta la muerte por las dictaduras militares en Chile, Argentina, Paraguay, Brasil, Guatemala, El Salvador, Honduras o Nicaragua. Sus superiores miraron hacia otro lado o fueron cómplices de los crímenes. ¿Cómo explicar el tedeum en la Catedral de Santiago dando gracias a Pinochet por salvar a Chile de la dictadura marxista, mientras se asesinaba a mansalva en los centros de tortura, tras el golpe de Estado? o ¿las continuas declaraciones de los rabinos en pro de la dictadura argentina?

Ningún gobernante en América Latina se atreve a desafiar el poder real de la Iglesia, sea cual sea su orientación. Gobierna bajo su ala, de lo contrario la tendrá como enemigo, sus años de gobierno serán tormentosos, cuando no sometidos a continuos descalabros y crisis. Mejor negociar entre sus adeptos. Tener el beneplácito de la Iglesia supone millones de votos, mostrarse practicante sumiso, conlleva un plus. Muchos votarán sin importarle sus principios políticos, sólo su ideología. Brasil es un buen ejemplo. Lula o Bolsonaro, ambos se acercaron a las iglesias para contar con sus apoyos y conseguir votos.

Las iglesias están en guerra, no por el control de sus feligreses sino por el poder del Estado en América Latina. Declararse ateo, agnóstico es un hándicap. En sociedades donde la religión sigue siendo el valor más importante para fortalecer los vínculos entre la sociedad civil y la sociedad política, no hay espacio para la separación Iglesia-Estado. Sus jerarquías son conscientes de su poder real. Pensar que la influencia de Dios en la política es nueva es no entender el origen teológico del poder. Buscar explicaciones de coyuntura a una realidad donde la debilidad de los movimientos seculares es lo que marca la agenda, es no entender el problema. Los proyectos emancipadores no han podido llevar a cabo una revolución capaz de romper la hegemonía de las iglesias, más allá de una declaración de intenciones. Ni siquiera los procesos de desamortización en el siglo XIX y las reformas liberales lograron sus objetivos. Occidente se constituyó bajo la cruz y la espada. Hoy las cruces y las espadas se diversifican. América Latina es un campo de batalla donde están en juego los valores republicanos en medio de una acometida de fundamentalismos religiosos que socavan la democracia y la libertades seculares.