Opinión
Ver día anteriorDomingo 28 de octubre de 2018Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Oasis en el Centro Histórico
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n mediodía caluroso bajo el rayo del sol caminamos por la avenida Madero; habíamos asistido a la presentación de 110 placas en la antigua nomenclatura de Ciudad de México y nos encontramos con un paraíso tropical.

La curiosidad nos llevó a asomarnos al atrio del antiguo convento de San Francisco, que siempre tiene cosas interesantes. En esta ocasión construyeron un pequeño estanque y unas estructuras que recogen el agua de la lluvia, la cual se guarda en unos tambos con filtros. El paseante puede llenar su botella o un vaso del líquido ya purificado. Yo la probé y estaba deliciosa, fresca y nítida.

En el extremo derecho del gran atrio observé tupido follaje con plantas y árboles que evocan el trópico húmedo. Penetré por un camino de lajas y de inmediato sentí el frescor de la exuberante vegetación. También se localizan venerables piedras que formaron parte del viejo convento y que sirven de bancos. Un auténtico oasis con su microclima, en medio del mundo de piedra, cemento y vidrio que conforman el Centro Histórico.

El espacio del atrio del convento franciscano, que fue como una pequeña ciudad, es de lo poco que se salvó de la demolición tras la aplicación de las Leyes de Reforma.

Ahora lo administra la Fundación del Centro Histórico de la Ciudad de México, AC, que ha creado un espacio abierto de encuentro, diálogo y convivencia que busca acercar las manifestaciones artísticas y culturales a la gente que vive, trabaja y visita la zona.

Siempre hay exposiciones temporales, ya sea de escultura, instalación o arte urbano. Se organizan montajes teatrales, instalaciones y actos relacionados con las tradiciones mexicanas. La visita es gratuita.

Hay que recordar que este tramo de la actual avenida Madero se llamó San Francisco, más tarde se nombró La Profesa, por el convento y templo que ocupó ese trecho de la calle. Las últimas cuadras se conocían como Plateros, por estar ocupadas por los artífices que trabajaban dicho metal.

Eso sucedía en toda la Ciudad de México, que abarcaba el espacio que hoy llamamos Centro Histórico. El apelativo de las calles correspondía al de algún personaje, institución, oficio o leyenda que se encontraba en ese lugar de la vía.

El gobierno capitalino de los años 20 del siglo pasado tuvo la magnífica idea de colocar placas de azulejo en las esquinas con la antigua denominación, lo que permite conocer la historia de la vieja urbe por el nombre de sus calles.

Ahora, la Autoridad del Centro Histórico (ACH) que preside Jesús González Schmall tuvo la brillante iniciativa de colocar gran parte de las que faltaban. En esta labor participaron estudiantes de la Facultad de Arquitectura de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), personal de la (ACH) y de la alcaldía de Cuauhtémoc.

Fue un trabajo arduo y meticuloso, ya que recorrieron 19 calles para detectar las placas existentes desde 1896. Con esta información se elaboró un registro fotográfico, una base de datos y un nuevo plano de ubicación que permitió integrar las placas faltantes.

En las nuevas se respetó el diseño de las antiguas, lo que logró tras minuciosos análisis el artista plástico Pedro Ramírez Ponzanelli, quien tomó en cuenta el tamaño, material, diseño, caligrafía y colores originales.

Es un trabajo de enorme importancia que contribuye a recuperar y preservar la memoria histórica de la antigua Ciudad de México. Aún faltan muchas placas, esperamos que el próximo gobierno continúe la labor.

Para la pausa gastronómica sugiero que caminemos un par de cuadras al predio donde fray Pedro de Gante estableció, en el incipiente convento de San Francisco, la primera escuela de Artes y Oficios para los naturales.

Actualmente es la esquina de Gante y Venustiano Carranza y lo ocupa desde 1914 el Salón Luz. Ya sea en la terraza o en el interior hay que degustar sus clásicos: la sopa especial de la casa, la carne tártara, los emparedados en pan negro con carne cruda y anchoas o la torta de bacalao; el acompañamiento: una cerveza de tarro.