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Nosotros ya no somos los mismos

El final de la historia del no mexicano

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▲ El ciudadano nacido en San Diego, California, el 25 de junio de 1952 cumplía los años suficientes para ser legalmente requerido por el Tío Sam.
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i compu marcaba las 6:43 am cuando se registró el ingreso del primer correo del día (el pasado lunes): escueto, firme, sin lugar a réplica, me hacía saber: No estoy interesado en saber el fin de la historia. Carlos Macías. (Se refería, por supuesto, al inusitado acontecimiento que he venido relatando de la primera vez que el PRI perdió una gubernatura. De inmediato me ubiqué en la etapa de negación y me dije: “Carlos Macías no existe; debe ser un suplantador o un trol sobreviviente del comando blanquiazul que zozobró en los arrecifes de la insolencia, la impudicia y la hipocresía el primero de julio pasado”. Luego entré en razón y consideré otra posibilidad: ¿Y si Carlos Macías es en realidad el propio Ernesto Ruffo Appel?... Bueno, hube de concluir, la identidad del opinante es peccata minuta. Yo puse a consideración del respetable (diría don Paco Malgesto) o séase la multitud, si había interés en conocer el final del affaire sobre la primera derrota priísta, después de 60 años de absoluta hegemonía. Después de leer a don Carlos Macías empezaron mis rezos para que el score se moviera en mi favor. ¿Podrían ayudarme mis cuatro reciclables abuelas? De seguro que sí, de habitar en las alturas, pero… ¿en caso de haber sido ubicadas en las antípodas? Afortunadamente, conforme el solecito mañanero comenzó a amacizar, cayeron otros mensajes salvadores: Blanca: [email protected]: Levanto mi dedo. Me encanta que suelte la sopa. Eduardo: [email protected] Me dejó en ascuas. Quiero el final. [email protected] “Por supuesto que me interesa el final de la historia del ‘no mexicano’”. [email protected]: Recuerde que además tiene una deuda informativa sobre la versión de Salinas de que a Colosio lo mató la nomenclatura ¿del PRI? [email protected]: me interesa sobremanera el fin de la historia.

Y dos comentarios más que fueron verdaderos sopapos para mí: Javier: [email protected]: Claro que deseo conocer el fin de la historia, pero por favor sea más concreto. Y otro, primero me soba y luego me da un guamazo. José: [email protected]: sabes escribir muy bien sobre la experiencia de la vida. Mejor que cuando inventas. De golpe, sepultó mis aspiraciones de inscribirme como aprendiz en el género de ficción: ¡adiós, novelista, cuentista Ortiz!

Ni modo, don Carlos Macías –como dijo el presidente Ruiz Cortines a un íntimo amigo que le había solicitado su ayuda para ser alcalde de su pueblo. Tras la increíble derrota recién acontecida lo recibe don Adolfo y con unas cuantas palabras logró abortar la furia jarocha: ¡Perdimos, compadre!

Nos habíamos quedado en que el maestro Manuel Villafuerte Mijangos, titular de la dirección jurídica del Comité Nacional priísta, había preparado un alegato demoledor. Que yo recuerde ni siquiera trataba el proceso electoral, sino que se dedicaba a demostrar, fehacientemente, la inelegibilidad del señor Ruffo Appel, puesto que no cubría el requisito de poseer la nacionalidad mexicana.

Don Ernesto, según documentos oficiales, vio la luz primera en uno de los puertos más bellos del Pacífico. (No, no se confunda, no hablo de Ensenada con sus museos, su asombroso mercado de mariscos, la visita puntual de las ballenas grises y la permanente presencia del geiser marítimo La Bufadora). Me refiero a San Diego, una de las ocho más importantes ciudades de Estados Unidos, y en la que el 25 de junio de 1952 se registró el nacimiento de un rollizo y bello bebé, a quien se le dio el nombre de Ernesto: obviamente ciudadano estadunidense, por nacimiento.

La guerra de Vietnam tiene sus inicios, con frecuentes y graves escaramuzas en 1955, pero se vuelve permanente y formal cuando Lyndon B. Johnson autoriza el bombardeo sobre Vietnam del Norte en 1964. Durante este crítico periodo que terminó hasta el 30 de abril de 1975 con la derrota más estruendosa de un imperio de magnitud nunca vista, en ese pedacito de los límites del terruño mexicano, el ciudadano estadunidense nacido en, repito, San Diego, California, el 25 de junio del 52, cumplía los años suficientes para ser legalmente requerido por el Tío Sam. Recuérdese el cartel icónico de un Tío Sam que, conteniendo apenas una ira fulminante exigía a todos los jóvenes estadunidenses: I want you for US Army. Pero no contaban con la astucia del ya joven Ruffo: la mexicanidad, que no le había interesado durante años, pero que ahora le servía de mágica salvaguarda, afloró a los acordes del himno patrio, y ¿podrán creerlo? lo convenció del privilegio de ser mexicano, de acá de este lado. Cambió su nacionalidad. No puedo asegurar si ya terminado este penoso affaire regresó a ser un greaser de alto nivel, o ya se convirtió en un mexican colaboracionista: Es de los nuestros, lo catalogarían en Migración y hasta en el Departamento de Estado.

Con estos y más argumentos, llegué al despacho del presidente del PRI, Colosio. Empezamos a hablar cuando sonó la red. Me levanté de inmediato para asegurar la debida privacidad. Me hizo una seña de que me sentara, pero él se levantó como resorte: A sus órdenes SEÑOR PRESIDENTE, dijo. No tengo renglones para tratar de resumir la conversación que yo oí a medias: al Presidente le parecía que el problema había sido tratado muy comedida y legalmente resuelto. Luis Donaldo vivía el momento más difícil de su carrera, hasta ese momento: Ruffo era él no ciudadano mexicano, gobernador del estado fronterizo de Baja California. Me levanté. Nos dimos un apretón de manos y, sin mediar palabras sabíamos: la primera concertacesión, había sucedido. Consummatum est.

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