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Nadie nos mira
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Fotograma de la cinta de Julia Solomonoff
L

as desventajas de ser invisible. Algunos espectadores recordarán aquel segundo largometraje de la realizadora argentina Julia Solomonoff, El último verano de la Boyita (2009), exhibido en la Cineteca Nacional hace cinco años. En un ambiente rural, Jorgelina (Guadalupe Alonso), una preadolescente muy avispada asistía fascinada a los primeros signos de su madurez sexual, contrastándolos con los sorpresivos cambios en Mario, un compañero de juegos que con un azoro todavía mayor se descubría hermafrodita. La observación de la directora era cálida y muy novedosa.

En Nadie nos mira (2017), su nuevo largometraje, la realizadora ha cambiado totalmente de registro. Del rudo territorio familiar de la pampa argentina transita ahora a una gran urbe estadunidense, donde la libertad individual se paga a menudo con el anonimato. Su protagonista es Nico (Guillermo Pfening), un hombre de 30 años, quien ha abandonado una exitosa carrera de actor de series televisivas en Argentina para probar suerte en Nueva York, donde sobrevive precariamente cuidando niños ajenos y realizando todo tipo de trabajos manuales, en espera de la audición providencial que habrá de proyectarlo internacionalmente. En rigor, su partida de Buenos Aires obedece también a una razón más íntima, la frustración de no poder vivir con plenitud una relación amorosa, reducida a una gratificación erótica fugaz, con Martín (Rafael Ferro), un hombre bisexual casado.

Las frustraciones se multiplican, sin embargo, para el desventurado Nico en la Gran Manzana. Su físico de hombre atractivo y rubio, lejos de beneficiarle en el momento del casting para personajes latinos (lo más socorrido en algunas series de moda estadunidenses), representa para él una desventaja insuperable. Su fuerte acento hispano le complica además representar de modo convincente a personajes anglosajones. Los atributos físicos que en Argentina, o en cualquier otro país latinoamericano, le garantizarían un éxito instantáneo, en Estados Unidos se vuelven un lastre, al punto de tener que teñirse el pelo de negro para satisfacer el gusto de los productores. Nico observa perplejo el inesperado vuelco del viejo racismo mediático. La paradoja es todavía mayor cuando en los supermercados puede robar todo tipo de productos impunemente, dado que las cámaras de vigilancia, ocupadas en escudriñar cualquier movimiento de negros y latinos, ignoran de antemano por completo al respetable comprador rubio que además carga con un bebé en los brazos. Hasta en la fechoría menor, Nico sigue siendo un hombre ignorado y anónimo, el opuesto exacto de aquel galán argentino que procuró conquistar una gran visibilidad en Estados Unidos.

¿Qué decir de los bares y discotecas y cuartos oscuros neoyorquinos en los que Nico, confundido entre la masa de cuerpos febriles y sudorosos, intenta encontrar un sustituto medianamente satisfactorio para el compañero sentimental imposible que dejó atrás en Argentina? ¿O del bebé al que celosamente cuida, como babysitter insatisfecho, hasta que el padre auténtico le recrimina servirse de él para disimular su mediocridad y su desasosiego? El galán de telenovela vive en Nueva York un drama que ningún libretista le había preparado. La despersonalización brutal de la gran urbe no altera siquiera su ánimo despreocupado y afable, tampoco lo orilla a los límites de violencia vividos por el emblemático Travis Bickle (Robert de Niro) en Taxi Driver, de Martin Scorsese. Lo suyo es la calma imperturbable, la convivialidad con las jóvenes latinas en el parque, la devoción por los niños ajenos, la melancolía que le merma vitalidad a sus proyectos y todo carisma a su personalidad discreta. A un paso de la pauperización completa, Nico ya sólo puede confiar, como un personaje de Tennessee Williams, en la generosidad de los extraños. La directora Julia Solomonoff y su coguionista Christina Lazaridi le reservan, sin embargo, estrategias nuevas para reconciliarse con los demás y consigo mismo. Al espectador le toca descubrirlas y valorarlas cabalmente. Una vez más una mirada femenina sobre la compleja sicología de un hombre consigue romper las inercias de la narrativa tradicional latinoamericana.

Se exhibe en la sala 9 de la Cineteca Nacional. 20:15 horas.

Twitter: Carlos.Bonfil1