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Mar de Historias

Padre e hijo

C

uando le avisaron que tenía una llamada, Daniel se dispuso a recibir la buena noticia que anhelaba, pero escuchó algo muy distinto: Nuestro hijo sacó el quinto lugar en la carrera. Está inconsolable. No ha querido salir de su cuarto ni comer. Dice que no regresará a la escuela.

Daniel imagina la decepción de Marco después de haberse preparado tanto para la competencia. Le constan sus esfuerzos porque estuvieron entrenando juntos varios fines de semana. Según los progresos del niño, estaba seguro de que su hijo obtendría el primer lugar. Tal era su certeza que lo llevó a escoger por adelantado la bicicleta que le regalaría como premio.

Sin poder ocultar su desaliento le dice a Margarita: Debiste esperarte a que Marco me lo dijera. Después de todo es su asunto. No quería que la noticia te tomara por sorpresa. Y no te preocupes. Estoy segura de que él te lo contará todo, pero no creo que lo haga hoy. Tiene miedo. ¿De mí? De que vayas a dejar de quererlo porque no ganó la medalla como te había prometido.

Daniel reflexiona en voz alta: Todo lo que está pasando es por mi culpa. Debí decirle a Marco que en una competencia se gana o se pierde. Que haya salido en quinto lugar no cambia nada entre nosotros: para mí siempre será un campeón. Tienes que decírselo ahora. ¿Por teléfono? Prefiero hablar con él en persona. Cuando puedas explícale que en la fábrica estamos haciendo inventario y saldré como a las ocho. No me gustaría que pensara que llego tarde porque no quiero verlo. Mi amor, me están llamando. Tengo que colgar.

II

Daniel no puede concentrarse en su trabajo. La reciente conversación con su esposa le devuelve el recuerdo del día que pensó en suicidarse. Era muy niño; cursaba el quinto de primaria cuando su padre lo amenazó con echarlo de la casa si volvía a presentarle malas calificaciones. Su madre llevaba mucho tiempo desaparecida, su abuela tenía un año de muerta y sin ella Daniel se veía completamente indefenso ante el desamor y los frecuentes desafíos de su padre.

Si no temiera dar motivos para que lo despidan, en este momento saldría de la fábrica para ver a Marco y explicarle que no importa que haya obtenido el quinto lugar, para él seguirá siendo un campeón y su mejor amigo. Es cierto. Pese a que Marco es un niño de sólo once años, él le tiene mucha confianza, le habla de su trabajo, de sus aspiraciones, de su infancia; le platica de la perrita, Nube, que su abuela le regaló. La tuvo por compañera menos de un año. Un día, al regresar de la escuela, la encontró envenenada. Aún sospecha que su muerte fue obra de alguien muy cercano.

Daniel se pegunta si ha sido bueno con su hijo. Lo ha intentado con todas sus fuerzas. Evita cualquier reacción que le recuerde las actitudes de su padre hacia él –la peor de todas, el silencio hostil que guardaba durante semanas para demostrarle su enojo.

Llegó el momento en que no pudo soportar la situación y huyó de la casa. A su pueblo nunca ha vuelto. Sabe que su padre descansa en el panteón civil de Los Arrastres, pero jamás ha ido a visitar su tumba. Un silencio por otro.

Daniel no quiere dar motivo a Marco para que huya de él ni para que se considere fracasado. Es una sensación horrible. Él la ha sentido muchas veces sin decírselo a nadie, ni siquiera a Margarita. No desea cargarla también con eso después de que ella ha sido valiente y solidaria ante las muchas situaciones difíciles que han vivido a lo largo de su matrimonio.

III

Daniel camina rumbo a la estación del Metro. Va pensando en cómo le hablará a su hijo, con qué palabras podrá devolverle la seguridad en sí mismo si es que consigue vencer su aislamiento. De lograrlo, esperará a que Marco tome la iniciativa y le cuente los pormenores de la carrera. Luego, para que se sienta menos solo en su mala experiencia, le contará de aquel concurso de oratoria escolar en el que sufrió un extraño ataque de timidez que le impidió exponer su tema: El futuro de los niños mexicanos.

Recuerda el intercambio de miradas de los sinodales mientras él permanecía enmudecido, la expresión burlona de aquella niña linda que lo veía con aire de superioridad, la angustia con que su profesor intercedió por él para que no lo descalificaran. Por desgracia, también tiene presente el momento en que, de vuelta a su casa, su padre, en vez de animarlo, simplemente le dijo: Sabía que no ibas a ganar. En la vida hay triunfadores y perdedores. Tú eres uno de éstos. No me extrañaría que terminaras en la calle y perdido: por algo eres hijo de tu madre.

Daniel casi no la recuerda, pero le gustaría, por una especie de milagro, encontrarla y decirle cuánto la ha extrañado, cuánto hubiera querido tenerla cerca y refugiarse en ella, hacerle saber que tiene un hijo al que adora. El recuerdo de Marco se convierte en una necesidad impostergable de verlo, de abrazarlo. Guiado por su ansia, Daniel atraviesa la calle para buscar un taxi. En su precipitación se descuida. Un automóvil lo arrolla y escapa dejándolo tendido en el pavimento.

Nadie lo mira, nadie se detiene a auxiliarlo ni se acerca a escuchar lo que murmura. Entre quejidos logra cruzar los brazos como si estuviera abrazando a Marco: su hijo, su mejor amigo y por siempre un campeón.