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En Cuba el homosexual no era políticamente confiable: Leonardo Padura
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Los escritores Leonardo Padura, Elena Poniatowska y Lucía, esposa del autor cubanoFoto Fundación Elena Poniatowska Amor
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na llamada de Pablo Espinosa me advierte que algunos suscriptores de La Jornada leyeron la palabra continuará al final del artículo sobre Leonardo Padura hace cuatro domingos y se quedaron con un palmo de narices. Su demanda me halaga y me apresuro a cumplirla, aunque reconozco que las entrevistas y las crónicas resultan muy largas.

Leonardo Padura, quien conoció la fama internacional con su novela El hombre que amaba a los perros, ya era un escritor reconocido antes de que Planeta publicara su gran novela. Al responder a mis preguntas, Padura se vio muy generoso y la transcripción abarcó páginas y más páginas. Retomo nuestro diálogo a petición de nuestros queridos lectores.

El hombre que amaba a los perros me llevó cinco años entre investigación y escritura. Estuve dos años en varios lugares que tenían que ver con Trotsky y Mercader. Una de las cosas más bonitas que pude hacer con dos urbanistas catalanes fue recorrer la Barcelona de 1936 y conocerla a fondo en 2006. Lo mismo hice en las calles de Coyoacán que siguen igual, pero Barcelona ha cambiado muchísimo. Mis amigos urbanistas me llevaron a ver la casa donde vivió Mercader y me explicaron que los Mercader, siendo una familia adinerada y culta, debieron tener una casa de tal estilo. Así pude reconstruirlo todo. Regresé a Cuba con toda la bibliografía imaginable.

“En casa, tengo un estante dedicado a Mercader, otro a la guerra civil española, otro a Trotsky. En México, varios amigos me ayudaron. Uno de ellos me consiguió todos los expedientes del juicio de Mercader. Cuando revisé el material, encontré entre mucha palabrería oficial los interrogatorios a Mercader y en un momento dado vi hojas escritas a máquina pero con caracteres cirílicos. Pasé las páginas y vi que unas tienen manchas negras. Las manchas eran la sangre de Trotsky cuando Mercader le encajó el piolet. Esos papeles los tengo en la casa. Preguntaba a mis amigos mexicanos: ‘Mira, me hace falta el nombre de un restaurante del año 39-40, en el centro de la ciudad de México donde Mercader se pudiera reunir con su madre’, entonces me buscaban un bar o una cantina con esas características. Tuve acceso a mucha información gráfica y me sirvió para ambientarme. Además estuve en lo que ahora es el Museo Trotsky, en Coyoacán, en Río Churubusco 410, y pude ambientarlo todo a la perfección.

“El año pasado, cuando la UNAM me otorgó el honoris causa, hicimos una presentación de mi libro en el Museo Trotsky y vi el edificio muy cambiado respecto de los años 80 en que lo encontré totalmente abandonado. Aunque casi no pude tratarlo porque estaba yo rodeado de lectores, conocí a Esteban Volkow y participamos en una mesa el propio Esteban, un trotskista inglés que preparó la edición de la biografía de Stalin escrita por Trotsky y yo. Me impactó el rostro de Volkow que tiene rasgos eslavos; es un hombre guapo y me sorprendió ver lo bien que está a los 92 años. Lúcido, confiado en sus proyectos a futuro, Volkow es un personaje importante en México.”

Padura habla a toda velocidad mientras su esposa Lucía, en otro extremo del sofá lo espera casi sin moverse. Lucía participa las 24 horas en su trabajo y en su vida: lo acompaña en sus viajes, asiste a sus conferencias, escribe con él guiones y atiende solicitudes, porque Padura es ahora el más solicitado de los autores latinoamericanos. Padura no se come la s como acostumbran los caribeños y su lenguaje es de una precisión notable. Como tengo una obsesión por El hombre que amaba a los perros sigo preguntándole por su pericia de historiador e investigador al lograr un libro tan bien documentado que ha dado la vuelta al mundo.

–Leonardo, en tu novela preguntas como si estuvieras muy enojado: ¿Qué coño se hace con la verdad, la confianza y la compasión? También te lo pregunto…

–Es que hay un momento en el que uno tiene que tratar de entender al otro, aunque el otro sea un monstruo. Recuerda, lo que le pasó a Truman Capote con los asesinos de A sangre fría. Su grado de identificación con ellos lo afectó sicológicamente. Nunca volvió a ser el mismo. Con Mercader afortunadamente no me pasó lo mismo, pero empecé a entenderlo, sobre todo porque encontré una frase clave en un republicano español comunista llamado Simancas, quien vivió en Moscú y murió hace ocho años. Simancas contaba que un día se acercó a Mercader y le dijo: Ramón, ¡cómo nos han engañado!, y él respondió: A unos más que a otros, Simancas, a unos más que a otros. Simancas tenía conciencia de haber sido instrumento de una obra horrible. Empecé a pensar en Mercader cuya vida pudo ser totalmente otra si su madre no lo enrola en ese crimen.

“El tema de la relación del hombre con la historia, me apasiona. La historia cambia y redefine su destino. Es uno de los temas que trabajo en mi nueva novela: La transparencia del tiempo. La gente hace su vida y una convulsión social, una guerra, una decisión o a veces un mandato de carácter político cambia su destino por completo.”

–Tus escenas de amor entre Ramón Mercader y África –esa mujer memorable– están muy logradas…

–Eso es pura imaginación literaria, puro oficio, porque no está comprobado que África de la Cera y Ramón tuvieran una relación carnal, pero es posible que la hayan tenido. África de la Cera es un personaje tremendo. Terminó su carrera como agente de la KGB en Montevideo. Llegó a Uruguay nada más y nada menos que casada con Felisberto Hernández… La posibilidad de establecerse en Montevideo, después de la Segunda Guerra Mundial era muy reducida, porque Uruguay no quería migrantes y conseguir un permiso de residencia era muy complicado. África enamoró al cuentista Felisberto Hernández para conseguir su estancia en Uruguay y ahí montar la oficina de la KGB para el Cono Sur con el nombre de María Luisa. Logró convertirse en el personaje de confianza de la burguesía media porque era modista, cosía y cortaba a la perfección. Uruguay no cuenta con grandes fortunas, pero tiene una clase media muy extendida. Todos se conocen, además. Lo comprobé el año pasado en Montevideo cuando alguien me aconsejó: Oye, aquí no le hables mal de nadie a otra persona porque todos son parientes.

–Dices en la página 164 que no tenías ni la más puta idea de cuál puede ser la literatura que tú podías escribir y mucho menos qué persona querías ser.

–Ese personaje se llama Iván y sintetiza mi generación, a diferencia de otro de mis personajes, Mario Conde, quien tiene los pies sobre la tierra. Iván reúne las características de mi generación. Es un escritor que se frustra en la Cuba de los años 70 –algo que pasó con frecuencia– y cae en un proceso de desencanto, de frustración, de convertirse en una no persona porque tiene que renunciar a todo. Yo quería que Iván, además, tuviera un carácter muy humano. Por eso hago algo que profesionalmente no es creíble: convierto a un filólogo en veterinario. Quise relacionar a mi personaje con la parte más débil de nuestra sociedad: los animales. No sé si recuerdes una reflexión de Kundera en La insoportable levedad del ser: Dios le dio al hombre el poder sobre los animales y se lo dio sobre el caballo, pero no le preguntó nada al caballo, y los hombres hemos sido muy crueles con los animales. Creo que esa es la razón por la que mi personaje cuida y cura perros. Ese amor por ellos lo comparten Mercader, Trotsky y el personaje de Iván. La vida de Iván pudo haber sido la mía, afortunadamente no lo fue, yo pude escribir mi literatura con muchas dificultades… pero finalmente ahí está mi novela.

–Es extraño pensar en dos galgos –los perros de la aristocracia rusa en el siglo XVIII– en una playa cubana. ¿Cómo fueron a dar a Cuba? O, ¿sólo están en tu imaginación?

–Son reales. Mercader se llevó esos perros a Cuba y son tan, tan reales que aparecen en una película de Gutiérrez Alea, Los sobrevivientes, basada en un cuento de Benítez Rojo que a su vez escribió la historia verdadera de una familia de la alta burguesía cubana que se encierra en su casa a esperar a que termine la revolución cubana. En los años 70 en Cuba había si acaso un pastor alemán, todos los demás eran perros callejeros. Un día, caminando por una calle de La Habana, un protagonista de mi novela vio a un señor alto, fornido, más bien grueso, con esos dos perros que en Cuba resultaban extraordinarios. Su pelo largo es de un color violeta profundo. La segunda vez que lo encontró le pidió que llevara a sus galgos a la filmación sin saber que era Ramón Mercader.

Otro tema importante en tu novela es el del hermano homosexual, porque en Cuba, al inicio de la revolución, en 1959, los homosexuales fueron perseguidos…

–Mira, en Cuba, igual que en México, hay una cultura machista muy profunda relacionada con cuestiones de carácter cultural, religioso e histórico. Esto se complicó en los años 60, porque se consideró que el homosexual no era políticamente confiable. Se abrieron campos de trabajo que duraron pocos meses, afortunadamente; ahí se recluyó a las lacras sociales, entre ellos, los homosexuales. Además, en los años 60, en Cuba, a los niños que tenían algún amaneramiento los llevaban al médico para curarlos de esa enfermedad. A raíz del caso Padilla, en el Congreso de Educación y Cultura del año 71, se dictaminó que los homosexuales no podían representar a la cultura cubana y los expulsaron de todas las instituciones culturales. En el ballet, Alicia Alonso los protegió. En el Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos, Alfredo Guevara, quien era homosexual, los protegió. El caso de Reynaldo Arenas es distinto porque Reynaldo Arenas era un depredador sexual y tuvo problemas con la justicia porque sus acciones iban más allá de una sexualidad homo. Los dos casos más significativos son nada más y nada menos que Virgilio Piñera y Lezama Lima, quienes vivieron y murieron en el ostracismo. Lezama murió en 1976 y Virgilio en 1978, en total soledad. Esa situación cambió en los años 80 y ya es totalmente distinta. Yo tengo una novela Máscaras donde hablo de cómo ocurrió ese proceso, con un personaje muy inspirado en Virgilio Piñera”.

Al despedirse, Padura confirma: “Creo que lo más importante es no perder el sentido de la modestia y escribir como ciudadano con sentido cívico: el tiempo, los lectores, la academia lo van decantando todo. En La Habana, mucha gente ni siquiera sabe que soy escritor. En mi barrio, el mismo desde que nací, a mi padre todo mundo le decía Nardo, de Leonardo, y a mí me dicen Nardito, por ser hijo de Nardo. Ese barrio, para mí, es lo más cercano a lo que realmente soy”.