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El artista exhibe El imperio de lo atroz en la galería Luis Nishizawa, de la FAD

Manuel Solís pinta una crónica gráfica del luto y la vergüenza

Nunca planeé hacer una serie tan grande, pero la sociedad aporta material, refiere en entrevista

Foto
Desaparecida XV, de la serie Obra negra, una de las obras del pintor incluida en la exposiciónFoto cortesía del artista
 
Periódico La Jornada
Domingo 6 de mayo de 2018, p. 2

Dedicado a retratar con pinceladas la violencia desde hace seis años, recientemente a las mujeres agredidas y desaparecidas en todo el país, el pintor Manuel Solís (Ciudad de México, 1985) vive con la pesadilla que interrumpe la noche.

Al final del día ya no te mantienes sano. En la calle estoy paranoico, afirma el artista de 33 años, de quien se exhibe la retrospectiva El imperio de lo atroz, en la Facultad de Artes y Diseño (FAD), su alma mater en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Pintura, collage y estampa articulan la selección montada en la galería Luis Nishizawa. La muestra concluirá el 16 de mayo.

El hilo conductor de la exposición prácticamente es la violencia. Nunca planeé hacer una serie tan grande ni hablar de eso tanto tiempo, pero te das cuenta de que la sociedad aporta material para trabajar todos los días en los ámbitos local e internacional, explica en entrevista con La Jornada. Sus obras aluden a la guerra, la muerte y la destrucción con elementos de lo social y una violencia normalizada.

Cuerdas paralizantes, mirada angustiada y suplicante, desnudos retorcidos sobre fondo negro son sus lienzos de gran formato para rememorar a las mujeres que cada día aparecen en las noticias, sobre el encuentro de sus cuerpos putrefactos, las denuncias de agravios, el llamado de ayuda que emitieron antes de ser asesinadas, el cartel con su foto denunciando la última vez que fueron vistas. A veces, la búsqueda por sus seres queridos y el clamor por justicia.

Cifras alarmantes

“Petendo hacer –prosigue Solís– una especie de crónica gráfica para dejar testimonio desde una postura pictórica, como esta serie Obra negra, en la que hay una asociación con el luto, la muerte y la vergüenza. Las cifras de mujeres desaparecidas, violentadas y masacradas son alarmantes.”

En 2016 más de siete mujeres fueron asesinadas al día, de acuerdo con un informe de ONU Mujeres. Tan sólo ese año se registraron 2 mil 746 feminicidios, la mayoría perpetrados con gran brutalidad. En las tres recientes décadas la cifra asciende a 52 mil homicidios, según documenta el estudio La violencia feminicida en México: aproximaciones y tendencias 1985-2016.

El pintor manifiesta que hay una cacería por el simple hecho de no tener pene. Nos debería preocupar cualquier acto de violencia, pero que exista la mentalidad de que pueden ser violentadas y desaparecidas por ser mujeres, es más alarmante; necesitamos poner el dedo en la llaga. Ante esta realidad muchas veces he sentido vergüenza de ser hombre, de representar una amenaza en la calle por el simple hecho de nacer con un cromosoma diferente.

¡Síquicamente estoy hasta la madre! Estar absorbiendo y pintando la violencia está cabrón, comparte y cuenta que cada vez que desea abandonar el tema, surge algo nuevo que lo obliga a seguir denunciando con su paleta de pigmentos rojos que bañan recortes de diarios y óleos de oscuridad de la tierra. Cuando ves las fotos en los periódicos te espantas. Pero cuando te detienes en los detalles, los huesos, el cartílago, la tierra, la mirada, ya no te deja, afirma con indignación y hartazgo.

Un rostro descarnado, revestido al rojo vivo, los dientes en tensión, es la imagen del cartel durante la inauguración de la exposición el pasado 24 de abril. Cuando esa galería ubicada en Xochimilco abría al público, en esa hora pululaba la noticia del asesinato de tres estudiantes de cine en Jalisco, de quienes se dijo que sus cuerpos fueron disueltos en ácido. Otros que se unen a la interminable lista de miles de desaparecidos en el país, de esos restos que van quedando regados por el territorio.

El proyecto de Solís se inició con una serie de grabados que representaban a mujeres sosteniendo una fotografía con contenido violento, haciendo alusión con los victimarios cuando son presentados ante las autoridades. La aparición de los seres humanos en mi obra radica también en poner a los culpables. No concretamente, sino al ser humano como perpetrador de esos actos de barbarie.

Empatía inexistente

Aficionado al box, Solís comenzó a reconocer ciertas conductas y lenguaje hacia la mujer, donde ellas se pasean sobre el ring semidesnudas portando un cartel para anunciar el número de round, algo muy absurdo.

Entonces, explica, dejé de consumir box y me propuse hacer una miniserie de cinco piezas que abordaban la cosificación del ser humano y la deformación de la carne a través de los golpes. Eso, evidentemente excita; emociona ver la pelea y entre más sangre es mejor el combate.

Luego comenzó su labor con la nota roja; esta imagen grotesca, el encabezado burlón y la chica desnuda no es más que una falta de respeto a la muerte, al fallecido, a su familia, una empatía que no existe. Así, trabajaba con recortes de periódico como texturas, con encabezados y letras para generar frases y a cubrir con pintura roja.

También ha desarrollado el tema de la guerra, en la que asocia juguetes bélicos con paisajes reales de bombardeo, nubes de polvo sobre la rigidez de las construcciones. Sabes que ahí hay personas sufriendo, en actos que se realizan a la distancia con sólo oprimir un botón. “Destruir la polis es destruir la cultura; dejar caer bombas, acaba con todo”.

El tema que ahora lo ocupa, sostiene, son las mujeres desaparecidas, que nos agobia desde hace décadas. El hecho de que desaparezcan o torturen personas hace darte cuenta de la inmensa falta de empatía. Parece que no se pueden ver en el otro y eso te da la capacidad de desmembrar, desollar, arrancar la cara a alguien de tu especie. Raya en la enfermedad brutal.

El pasado enero, Manuel Solís ya no podía más, estaba a punto de huir de ese tema. Entonces, en redes sociales acaparó espacios el caso de Marco Antonio Sánchez Flores, alumno de la Prepa 8 que fue detenido por policías en la Ciudad de México y luego se perdió la pista de su paradero. Ya no quería pintar, me cansé; estoy enfermo de eso. Pero ocurren estas cosas que te dan una cachetada.

Los cuadros de Solís no se venden mucho, no son del tipo que alguien quisiera colgar en su sala. Sin embargo, han sido seleccionados en diversas muestras colectivas y concursos, como el Encuentro Nacional de Arte Joven por tres años consecutivos y en la 17 Bienal de Pintura Rufino Tamayo.

Cuando mi familia se despide para ir al trabajo por mi mente pasa: espero verlos al rato. Al final es un volado. Ante ese panorama, opina: Me parece vital dejar testimonio de estos años que arrastran miles de muertos y desaparecidos, junto con el dolor de sus familiares.