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El estante de lo insólito

El Zorro. Dos almas en un antifaz

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Ilustración Manjarrez

El hombre que estaba frente a ellos traía una máscara negra en la cara que le tapaba muy bien todas sus facciones; y a través de las dos aberturas, sus ojos brillaban con una mirada siniestra. John McCulley. La Marca del Zorro

M

uchos héroes del cine y la historieta viven sus lances heroicos bajo antifaces, capuchas y máscaras; ese resguardo de la doble personalidad transfigura sus sombras en la de seres de otra categoría, la que toca la agudeza temeraria y el manto de bondades inmortales. Desde las tradiciones de viejos relatos hasta las narraciones que fundaron credos, los líderes lo arriesgan todo, muchas veces, encubriendo su nombre y su rostro como el pase de lo esotérico, lo milagroso, lo que sólo es crónica de hazañas de gloria, al límite de que la vida se abisme entre espadas, saltos y cabalgatas, protegiendo la identidad común para evidenciar la segunda alma, la del personaje resistiendo frente a la Muerte.

Nace un alma justiciera

John McCulley es el autor que hereda los viejos mitos para sentar un modelo fundacional con su novela de 1919 La maldición del Capistrano. Es decir, El Zorro. Se publicó por entregas en All-Story Weekley. La publicación encantó a la estrella del cine Douglas Fairbanks, quien adquirió los derechos para la primera adaptación fílmica, misma que se dio apenas un año después como The Mark of Zorro, dirigida por Fred Niblo (quien por cierto haría la primera versión de Ben-Hur en 1925, con el actor mexicano Ramón Novarro en el estelar) y con Fairbanks como el californiano rebelde don Diego de la Vega, El Zorro. McCulley recuperó al personaje para nuevos, entretenidos y lucrativos relatos. La novela original se reditó en 1924 ya con el título que registran las librerías: La marca del Zorro. El patrón narrativo del héroe se ha replicado con todo tipo de antifaces en cinematografías del mundo.

El Zorro en el set

La cultura mexicana, cumbre totémica de la incógnita, ha entregado desde la adoración de sus dioses, la permanencia de sus ritos, su literatura, historia gráfica y producción fílmica, todo tipo de entidades múltiples bajo paliacates, antifaces, máscaras del encordado y capuchas de toda textura y tamaño, a los arrojados que protegen desposeídos, no sólo en la demarcación geográfica de algunos poblados (como El Zorro en la Alta California), sino contra amenazas escalofriantes de ultratumba, el espacio exterior, las mafias interiores y sus villanos satélite. El signo del Zorro (Rouben Mamoulian, 1940), ponía bajo el antifaz a Tyrone Power, y el mismo año José Benavides Jr. dirigió en México El Zorro de Jalisco, con Pedro Armendáriz haciendo de Zorro tapatío con pañoleta completa y revólveres fulminantes. La idea de darle el estilo local al héroe fue una constante en la cinematografía de muchos partes, aunque respetando siempre las convenciones básicas, con un don poderoso sin escrúpulos y una bella de gran nobleza aliada al héroe.

Fernando de Fuentes dirigió Cruz Diablo en 1943, protagonizada por Ramón Pereda, donde el protagonista se cubría con una capucha en tiempos de la Colonia española para salir en defensa de desprotegidos. Marcaba también a sus víctimas en cruzada de espadas, dejando la marca de una cruz, en lugar de una zeta, pero la herencia estructural de personaje y relato son obvias. Vicente Oroná, guionista de la cinta, dirigió las secuelas El hijo de Cruz Diablo (1941) y La sombra de Cruz Diablo (1955); además, utilizaría la capucha con la que caracterizó a su personaje colonial –una especie de trapo negro que cubría toda la cabeza anudado al cuello con dos agujeros a la altura de los ojos–, para identificar a otras de sus creaciones, como El Látigo Negro en 1957 que, al igual que Cruz Diablo, pasaría del cine a la historieta.

Fue Raúl de Anda quien estructuró el relato fílmico genuinamente mexicano del héroe de pistola pronta con El Charro Negro (1940), ícono del campirano recio, con ideales defendibles hasta la muerte, héroe del pueblo rural que es maltratado por los poderosos. Sus hijos hicieron muchos de los más exitosos y estimables westerns del cine nacional, y sería Raúl de Anda hijo quien dirigiría La gran aventura del Zorro (1976), con su hermano Rodolfo como héroe de antifaz, y quien también legaría el serial de El Texano. Chano Urueta le puso incógnita a Jorge Negrete en Camino de Sacramento (1945), en lo que se puede considerar el primer enmascarado del cine industrial mexicano que combinaba la faena heroica con la comedia ranchera de gran musical. La historia pone a Juan Ruiz (Negrete) poniéndose paliacate para aparecer ante la alta sociedad como El Halcón, dando recursos a los pobres de la montaña. Un Zorro regional, digamos.

Cantante notable, principalísmo de la radio, las disqueras, los escenarios y el set, nadie haría tantos protagónicos con máscara y pistola al cinto como el sonorense Luis Aguilar, El Gallo Giro. Se subió a todos los corceles y dio serenata para muchas estrellas, como Lucha Villa o Rosita Quintana. Raúl de Anda entregó con él El último Chinaco (1948), con Luis Aguilar como Pedro Valdés El Chinaco, defensor de mineros oprimidos portando paliacate y con atuendo chinaco tradicional. Aguilar se pondría otra capucha negra en La trampa mortal (Zacarías Gómez Urquiza, 1961), donde interpreta a Luis Rosales, a quien como personaje incógnito llaman sencillamente El Enmascarado.

Luis Aguilar fue también Alfonso El Zorro Escarlata (1957), en desigual serial dirigido por Rafael Baledón, con el patiño temeroso disparo chueco Pascual García Peña. Los guiones de Ramón Obón, Antonio Orellana y compañía, maquilaban puentes cancioneros y tensiones bruscas, mientras don Manuel Esperón le ponía orquesta a la cosa y el héroe cobraba como zapatero hasta próximo turno de rescatar a la dama o al pueblo entero. El Zorro Escarlata no es sólo un justiciero vengador, sino un policía federal encubierto con capucha y hasta una estorbosa mini capa, color escarlata, supone el espectador frente a minutos filmados en 35 milímetros de blanco y negro.

En el mismo 1957 Disney produjo la serie de televisión Zorro, con Guy Williams en el protagónico. Aunque con buena producción y expansión internacional, la serie sólo resistió dos temporadas. La gran producción de Hollywood La máscara del Zorro (Martin Campbell, 1998), puso bajo el antifaz a Antonio Banderas, galán prototipo del señorío latino moderno.

Herederos de El Zorro

Jaime Salvador realizó El Nieto del Zorro (1948), con Resortes estelarizando comedia en de enredos con capucha puesta. Por su parte, Kitty de Hoyos y Dacia González tomaron espada dirigidas por Federico Curiel Pichirilo para convertirse en Las hijas del Zorro (1963). El de las chicas es capturado y encarcelado, pero la insospechada derrota de El Zorro (Rafael Beltrán), prepara el entrenamiento y deseo de venganza de las herederas. Las bellas culminarían sus esfuerzos justicieros en Las invencibles, filmada en forma simultánea.

Si Jorge Negrete ya había hecho de Halcón, el realizador Miguel M. Delgado hizo Los 5 halcones (1962), con Luis Aguilar, Miguel Aceves Mejía, Joaquín Cordero, Javier Solís, y Demetrio González. Pero sería sólo Luis quien estelarizaría como solista El Halcón Solitario (Zacarías Gómez Urquiza, 1963). Por su parte, Antonio Aguilar también usó diversas tapas, como la de El Norteño (Manuel Muñoz, 1963). En la misma línea se puede hablar de Los Gavilanes Negros (Chano Urueta, 1965), donde Luis Aguilar, Fernando Casanova y Pedro Armendáriz Jr., se vestían de negro y botas claras para cuidar inocentes. En 1968 Álvaro Zermeño fue El Gavilán en aventuras condensadas en La ley del Gavilán (Jaime Salvador), pero pocos con el gran éxito de las cintas estelarizadas por Fernando Casanova como El Águila Negra en el serial de Ramón Peón iniciado en 1954.

La marca inmortal

De paso o con protagonismo, el personaje está presente en muchos relatos fantásticos y de leyendas campiranas, y hasta la reconocida autora chilena Isabel Allende le dedicó una pieza completa: El Zorro: Comienza la leyenda (Edit, Random House Mondadori), lo que también traería la serie televisiva El Zorro: la espada y la rosa, con Christian Meier (Diego de la Vega) y Marlene Favela (Esmeralda Sánchez de Moncada). En los cómics el personaje ha tenido sagas diversas, lo mismo en Estados Unidos ( El Zorro –Marvel Comics–; La máscara del Zorro –Image Comics–) que en Francia (Zorro, l’homme au fouet), España ( La Gran aventura de Zorro), Italia (Zorry Kid), y México (una decena de títulos).

El Zorro inspiró toda clase de héroes enmascarados, como El Llanero Solitario, que tomó todos los elementos del personaje de McCulley, con escenarios de llanura en el oeste, un aliado piel roja, y aditamentos que no incluían espada, en un perfil combinado con Robin Hood que definió sus características. El Coyote, surgido también en la literatura (autoría del escritor ibérico José Mallorquí Figuerola), replicaba las andanzas enmascaradas del modelo original y, desde su nacimiento en 1943, pasó por diferentes medios, con éxito particular en la historieta. Bob Kane siempre reconoció la influencia de El Zorro para crear a Batman, además, en muchas versiones del cine y el cómic, la cinta que Bruce Wayne ve con sus padres antes del crimen que lo deja huérfano es precisamente La marca del Zorro, una forma de asumir la herencia directa de la máxima incógnita.

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