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Equivocaciones fatales
E

n Ecuador se sigue celebrando el comienzo del desmontaje de un sistema autoritario, de esos de supuesta duración indefinida, gracias a las soluciones que la misma democracia, mientras respire, es capaz de ofrecer. Una salida pacífica, en la que prevaleció la voluntad popular.

Un referéndum ideado por el presidente Lenin Moreno, electo en 2017, en el que el votante tuvo ante sí una serie de siete preguntas, la más importante de ellas la prohibición de la relección indefinida, cuyo principal destinatario era su antecesor en el cargo, el ex presidente Rafael Correa. La repuesta ciudadana fue rotunda. No más relección.

Pero los otros sí, expresados de manera igualmente abrumadora, no fueron menos trascendentales: inhabitar de toda participación política a los culpables de corrupción y confiscarles sus bienes; convertir en imprescriptibles los delitos de abuso sexual contra menores de edad; prohibir la minería en las áreas protegidas, y reducir la explotación petrolera en el Yasuni, también área protegida.

Correa, electo tres veces presidente de Ecuador de manera democrática, con un total de 10 años en el poder, entre 2007 y 2017, no fue un caudillo de botas militares y espadón al cinto. Doctor en economía con estudios en Bélgica y Estados Unidos, buscó llevar adelante reformas profundas mediante la llamada revolución ciudadana, pero sin que faltaran las pretensiones de control social, los abusos de poder y graves restricciones a la libertad de prensa.

Fue dueño también de un exacerbado estilo de discurso y de actitudes airadas y confrontativas, y protagonizó actos melodramáticos, como cuando en octubre de 2010 se abrió los botones de la camisa poniéndole el pecho a los policías rebeldes que lo habían secuestrado en un cuartel.

Los regímenes políticos creados por caudillos iluminados, que llegan a convencerse de que sin su presencia en el poder los países se exponen a descalabros y fracasos, y se erigen, por tanto, en salvadores permanentes de la patria, tienen distintas maneras de alcanzar su final. Pero ese final siempre llega.

En Ecuador ha ocurrido de la mejor manera posible: sin violencia y sin derramamiento de sangre, todo debido a un error de cálculo, o una fatal equivocación de Correa, quien eligió, según sus propias cuentas, a un sucesor provisional, su antiguo vicepresidente durante dos periodos, para que le calentara la silla presidencial mientras regresaba a ocuparla. Esos mismos malos cálculos le decían que, de todos modos, al cabo de esos pocos años, el pueblo estaría reclamando a gritos su regreso.

Que un caudillo escoja a un sucesor al que decide que va a mangonear fácilmente, y cuyo único papel será el de cumplir funciones protocolarias, mientras el verdadero poder sigue estando donde debe estar, sólo que ahora detrás de bambalinas, es un recurso que funciona cuando el sucesor es lo suficientemente dócil, pero en otros casos, y valga el presente ejemplo, ha probado ser fatal.

Uno clásico es el del general Plutarco Elías Calles, caudillo máximo de la Revolución Mexicana, uno de quienes la convirtió en revolución institucional. Impedido de permanecer en la Presidencia más allá de 1928, debido a la regla de oro sufragio efectivo, no reelección, se quedó sin embargo manejando en la sombra a sus obedientes sucesores; los ministros de estado le rendían cuentas a él, no al presidente que ocupaba nominalmente la silla del águila. Pero le llegó su hora fatal con la elección del general Lázaro Cárdenas en 1934. Calles persistió en su empeño, hasta que un contingente militar entró la medianoche del 9 de abril de 1936 en su dormitorio de la casa hacienda de Santa Bárbara, y muy al alba fue obligado a subir a un avión que lo llevó al exilio en San Diego, California.

Pero el más clásico de esos ejemplos es el del Generalísimo Francisco Franco, caudillo de todas las Españas, quien no sólo se quedó dueño del poder absoluto en vida, sino que lo calculó todo para seguir mandando después de su muerte. No dejó un solo hilo suelto en su trama: la vuelta a la monarquía, con un rey escogido y entrenado por él, y las piezas de los mandos del ejército y del gobierno acomodadas de modo que el franquismo se volviera imperecedero.

Ya sabemos lo que pasó. Quien abrió las puertas de la democracia a partir de 1977 fue don Juan Carlos, lo cual habría hecho a Franco morirse de nuevo, y el presidente de gobierno de la transición democrática pluralista fue Adolfo Suárez, secretario general de la Falange, el partido oficial franquista: de haber presenciado la legitimación del Partido Comunista con la venia del rey y la de Suárez, el supremo caudillo se muere por tercera vez.

La sorpresa de Correa debió haber sido muy grande al darse cuenta de que había confiado su despacho en el palacio de Carondelet, para que se lo mantuviera en orden, a quien más bien iba a cerrarle para siempre las puertas de ese despacho: cría cuervos, y te sacarán los ojos. Moreno pasó a ser el traidor; mientras para el propio Moreno, Correa no es ahora sino un opositor más.

Moreno demostró desde el principio que iba en serio, cuando separó del cargo a su vicepresidente Jorge Glas, acusado de actos de corrupción dentro de la trama del caso Odebrecht que afectó también a Ecuador como a tantos países latinoamericanos. Los tribunales encontraron culpable a Glas, y ahora purga una condena de seis años de prisión. Este juicio sacó de sus casillas a Correa, lo mismo que la política de diálogo que su sucesor inició con la oposición. Sentía ya pasos de animal grande, y el referéndum vino a ser el tiro de gracia.

Las réplicas del sismo que significó la defenestración de Correa siguen dándose, y las luchas de poder dentro del partido oficial Alianza País son evidentes, entre acusaciones y zancadillas. Pero Moreno parece contemplarlo todo desde arriba. Tras el referéndum, y sin posibilidad de prolongar su propio mandato, puede concentrarse en consolidar su legado democrático.

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