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Disquero
Ginger Baker pinta un óleo de Paul Gauguin
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Jinetes en la playa, 1902, óleo sobre lienzo de Paul Gauguin (1848-1903)
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Periódico La Jornada
Sábado 10 de febrero de 2018, p. a16

Ahora es Paul Gauguin quien hace sonar una obra musical.

En el Disquero anterior, dejamos a Gustav Klimt tocando Beethoven a todo mural, al fresco:

https://goo.gl/721z2f

Ahora toma el fresco Paul Gauguin.

Está en la playa, en Polinesia, trotan los cuacos, sonríen los circunstantes.

Todos están de buenas

¿Quiere usted ponerse de buenas?

Escuche entonces lo siguiente:

https://goo.gl/y3gkad

La pieza musical se llama Rambler, la escribió con baquetas Ginger Baker y cuando el Disquero la escucha se pone muy de buenas y sonríe y piensa que si los demás también la escucharan, se podrían poner también de buenas, porque la felicidad se comparte y entonces ahí tienen ustedes que hoy le vendremos manejando lo que viene siendo una novedad discográfica ¡de 1994!

Reliquia = veneración, el cuerpo de la amada, elegancia, dignidad que otorga el paso del tiempo, es decir: frescura, luz. Lo dicho: de repente todo se ilumina.

Reliquia no es antigüedad. Reliquia es siempre nuevo. La luz es una demostración de eso: nace a cada instante, brota, mana, nace del estremecimiento. Es energía amorosa.

Esta pieza que estamos escuchando, entonces, forma parte de un disco. Ambas, pieza y disco, son reliquias: obras de arte dignas de veneración, representación artística del objeto amado.

La pieza se llama Rambler. El disco se titula Going back home.

Se consigue doquier y eso ayuda a la loca idea de reseñar como novedad discográfica un disco de hace 24 años: está en Spotify, en YouTube y en otras plataformas electrónicas. No le venimos manejando el formato cidí, pero quizá en Amazon, ya ven ustedes que ahora (casi) todo se consigue en la red.

¿Cómo llegamos a esta reliquia? Todo es culpa de mi hermano Hermann Bellinghausen, durante una de esas pláticas intensas donde pasamos de William Shakespeare a Bob Dylan a Patti Smith a Lou Reed al son jarocho a los Rolling Stones a Edgar Allan Poe a… y así fue como comenzamos a hablar de Ginger Baker, porque el tema era los discos atípicos de los músicos que de por sí son atípicos pero quieren el vulgo y el mercado etiquetarlos y reducirlos y entonces dijimos que Ginger Baker y Jack Bruce en realidad siempre hicieron jazz cuando le hicieron el favor al muchachito ese, un güei al que le apodaban Dios, es decir Eric Clapton, de enseñarle a hacer música de a deveras y quieren el vulgo y el mercado recordarlos como el grupo Cream cuando en realidad la crema de Cream es la nata, digo la neta del planeta.

Y que agarra el Hermann y que llega unos días después a la Redacción con el disco bajo el brazo; no, bajo el brazo no, pero esa idea es romántica y nos viene bien para como somos Hermann y yo, pinches románticos y que agarra y que saca de una de las bolsitas de su chaleco, de esos chalecos de reportero, el disco y dijo: cópialo, mano y no sólo lo copié, se los traje ahora como una oferta como una novedá, aunque sea de 1994, para que no lo ande pagando a su precio comercial y va probado va calado y les garantizo que no se van a arrepentir. Además, todavía no conozco a alguien que se haya arrepentido de ponerse de buenas.

Así que si no les gusta el disco que reseñamos hoy, pues reclámenle a Hermann Bellinghausen. Yo qué. Nocierto, asumo toda la responsabilidad de tooodas las barbaridades que aquí se digan, sencillamente porque me ampara la certeza de que nadie, insisto, nadie quedará impune ante tanta belleza. Así que el mérito es todito de maese Bellinghausen.

El disco Going back home posee belleza irresistible, calidad irrefutable. Apuesto a que usted también se hará adicto a esta belleza. Llevo semanas enteras escuchándolo en las noches mientras conduzco el auto, en las mañanas antes de la regadera, tomando café, tomando te (mi actividad favorita), tomando el fresco, pues cada vez que suena Rambler aparece en mi mente loca ese óleo de Gauguin (y escucho Gogán y digo: ah, pero qué bonito pronuncias el francés, mi alma) y veo a los cuacos retozar y las olas que danzan y, ay, suspiro.

Comienza con un redoble, una fanfarria entonada por una batería que sabe cantar, que hace nacer melodías desde el más hermoso asombro, una derivación de las polkas lúbricas de Nino Rota para los filmes de Fellini, con todo su buen humor, su buenaventura, su optimismo: nada de que ahí fue donde la polka torció el rabo naquená, vente, mi alma, vamos a bailar, mamita rica.

Eso, baile, esa pieza de Ginger Baker es un lindo bailecito.

No solamente pone de buenas, nos hace sonreír y todo se ilumina: también, nos pone en la mente, bueno en la mente del Disquero que está muy malito de música y de pintura el pobrecito, nos pone en la mente, digo, uno de los óleos de Paul Gauguin que pintó en Polinesia, en particular Cabalgata en la playa. Cosamágrande.

El maestro Peter Edward Baker es tan, pero tan excéntrico, que los críticos más exigentes de jazz hicieron genuflexiones, caravanas, vaya, hasta sentadillas y reverencias ante maese Baker, luego de escuchar esta maravilla de disco.

Pero el Disquero, tan excéntrico también, afirma, luego de escucharlo doquier y a todas horas durante semanas enteras, que no es un disco de jazz. Es una obra de arte que traspasa los troncos de los árboles como los atraviesan los navíos en un poema de Fernando Pessoa, buques que salen del mar por igual en el verso que en el óleo.

Ginger Baker se asoció con otros dos semidioses: el contrabajista acústico Charlie Haden y el guitarrista fuera de serie Bill Frisell. Pasumecha.

El Ginger Baker Trio grabó pocos discos pero suficientes, de los cuales Going back home es no solamente el mejor, sino que es mágico.

En las 10 composiciones que lo componen, pasamos de una sonrisa a la siguiente, de un asombro al otro, con una variedad armónica increíble, una capacidad de asombro a toda prueba y momentos exquisitos, tan bellos, intensos, incandescentes y únicos, que uno simplemente cierra los ojos, abre más los oídos y el corazón, y exclama, en pleno éxtasis: ¡sublime!

La libreta de apuntes del Disquero ya está muda, ya no tienen cabida sus páginas en esta reseña, pues, pletórica de palabras escritas en ella luego de estudiar y estudiar e investigar noches y días enteros, ya quedó en el piso, arrojada al precipicio entrada la noche en que vuelve a sonar la música de este trío de semidioses y todo se ilumina y vienen a mi mente los siguientes versos de mi pariente José Carlos Becerra:

el mundo cabe en una palabra porque el mundo no es una palabra
ninguna mirada está consigo
misma,
ninguna palabra volverá
sobre sí misma,
yo las reúno al azar, las
disperso,
las tengo un rato en las manos
como objetos tortuosos
o puros,
las miro más de cerca, ya no
las veo
o veo a través de ellas y
entonces ya no hay palabras

y entonces entrada la noche recojo mi libreta de apuntes, tomo el volante y me adentro en las tinieblas iluminadas de la urbe ubérrima ubre y escucho mientras conduzco por vez enésima este hermoso disco de Ginger Baker y vuelvo a decir el verso, ahora en versalitas, mi alma:

y entonces ya no hay palabras

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