Opinión
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El Estado laico y sus nuevos malquerientes
E

l conservadurismo ha permeado todas las corrientes político partidistas. Han comenzado formalmente las precampañas electorales y distintos precandidatos o integrantes de sus equipos declaran sobre diversidad de temas. Algunos de ellos han sido su concepción de la laicidad del Estado y lo que llaman creencias del pueblo mexicano.

Las batallas políticas, y sobre todo las culturales, nunca se ganan definitivamente. Los principios legales y de convivencia de una sociedad cambian porque el dinamismo social tiende hacia la diversificación, ante la cual es necesario el reconocimiento de nuevos derechos de colectividades antes invisibilizadas por la identidad que se tenía como natural y generalizada.

Tras la consumación de la Independencia en 1821 los liberales propusieron que se diera cabida en México a lo que denominaron tolerantismo religioso. Fueron denostados por su atrevimiento y señalados de antimexicanos, con intereses al servicio de quienes buscaban socavar la mayor riqueza del país: la de su unidad religiosa. Pese a todo los heterodoxos iniciales perseveraron en su lid cultural y sembraron convicciones que florecieron en las generaciones siguientes.

En las deliberaciones para redactar la Constitución de 1857 los liberales, sobre todo los más radicales (Ignacio Ramírez entre ellos), hicieron brillantes exposiciones para terminar con el régimen colonial que mantenía a México anclado a la cerrazón de una religión oficial. Los conservadores advertían sobre la perversidad de querer que hubiese libertad para diseminar ideas ajenas a la idiosincrasia nacional. Era inminente la catástrofe y la debacle si se abrían las puertas a otras creencias. Así, por ejemplo, Marcelino Castañeda advirtió sobre los peligros de dar garantías legales a creencias religiosas distintas a las del catolicismo romano: ¡Cuántos jóvenes abandonarían los preceptos severos de nuestra religión para vivir con más holgura en las prácticas fáciles del protestantismo! ¡Cuántas familias, hoy unidas con el vínculo de la religión, serían víctimas de la discordia impía! ¡Cuántas lágrimas derramaría la tierna solicitud de las madres al ver a sus hijos extraviados de la religión de sus padres! ¡Estos perderían de un golpe todo el fruto de sus sacrificios, de sus afanes y de sus esperanzas! En fin, señores, el hogar doméstico se convertiría en un caos, ¿y entonces que será de nuestra sociedad? ¡Ojalá y yo pudiera presentaros ese cuadro con todos sus horribles caracteres! ¡Temblemos, señores diputados, al considerar un espectáculo tan triste y aterrador! ¡Temblemos por el porvenir de nuestro país en tan desgraciadas circunstancias!

A contracorriente Benito Juárez decretó las Leyes de Reforma, una de ellas fue la Libertad de Cultos (4 de diciembre de 1860). El conjunto jurídico que le ganó a Juaréz el encono de las cúpulas clericales dotó al país no solamente de un marco legal nuevo, sino que sentó bases para la transformación cultural de México al perfilar al Estado como laico y garante de las creencias y nuevas identidades que la población iba haciendo suyas.

En estos tiempos cuando desde distintos terrenos políticos y electorales se dice defender al Estado laico, pero en realidad se le busca disminuir, vale la pena leer o releer de Carlos Monsiváis El Estado laicos y sus malquerientes (crónica/antología), Editorial Debate-UNAM, 2008. En la obra, el autor hace un lúcido recorrido histórico sobre el proceso de construcción del Estado laico en México, así como de sus implicaciones políticas y culturales. En tal proceso y posterior desarrollo hubo malquerientes, quienes buscaron por todos los medios revertir la laicidad del Estado y el reconocimiento de derechos que esos malquerientes consideraban ajenos y enemigos de la normalidad aprobada tradicionalmente.

Entre los nuevos malquerientes están quienes habiendo sido beneficiarios históricos del Estado laico ahora hacen esfuerzos por negarle derechos a otras minorías con argumentos parecidos, o prácticamente iguales, a los usados en su contra en el siglo XIX. Me refiero a un sector de protestantes/evangélicos (tal vez sea más preciso llamarles neoevangélicos) que creen llegada la hora de influir con sus valores doctrinarios/morales al conjunto de la sociedad mexicana.

Si antes, en términos generales, a las comunidades protestantes/evangélicas les caracterizaba hacer trabajo desde abajo, en el seno de la sociedad civil, difundiendo sus características identitarias y mediante trabajos de servicio en distintas áreas, en la actualidad abundan quienes están plenamente convencidos de lograr sus objetivos de tranformación valorativa desde los espacios del Estado. Han olvidado que si bien las leyes del Estado laico mexicano (comenzando con Juárez) no gestaron al protestantismo mexicano, lo cierto es que sí le abrieron cauces para enraizar una identidad antes negada por el conservadurismo.

No se vale ser defensor de la laicidad del Estado a conveniencia. Es decir, pugnar por ella cuando las libertades y derechos de uno son negados o están en peligro, pero cuando se alcanza considerable peso poblacional organizarse políticamente para combatir contra los derechos de otras minorías a las que se consideran indeseables. Es preocupante que los antes perseguidos se transmuten perseguidores.