Opinión
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Van Gogh: el color de la vida
E

l arte se mide por la emoción que provoca. Las pinceladas gruesas y atrevidas de Van Gogh en su momento causaron rechazo. No gustaron sus pinturas sencillas como estampas japonesas, carentes de sombras y de colores intensos. Ahora sus obras se exhiben en los mejores museos del mundo y son motivo de calendario, sueño de cualquier artista, realidad de pocos. Las grandes obras aunque tengan dueño son de todos. Las demás son patrimonio de la Academia o del olvido.

La belleza como material imantado nos atrae sin que sepamos por qué pero algunos artistas en su paso por el mundo esparcen su sensibilidad por otros medios. Lo hicieron Leonardo, Shakespeare, Ibsen y notablemente Vincent van Gogh con su correspondencia.

Las cartas de Van Gogh a su hermano Theo seguirán siendo más que un documento testimonial las otras líneas que dibujan el perfil de su rostro, el destino en las marcas de sus manos, su otro autorretrato no menos audaz e intenso que los más de 30 pintados por el artista.

Su correspondencia además es el diván del pintor, el close up de su taller artístico, su arte poética hecha escritura.

En un carta a su hermano Theo, por ejemplo, Van Gogh le comenta la nueva idea que le ronda la cabeza y que no es otra que su habitación que pintó tres veces bajo el mismo esquema: esta vez se trata sencillamente de mi dormitorio donde sólo debe operar el color y –escribe– dándole un mayor estilo a las cosas por su simplificación.

La obra ha de sugerir reposo o el sueño en general. En una palabra, al contemplarse el cuadro debe descansar el pensamiento o, mejor aún, la imaginación.

Y en otra carta fechada en Arlés el 30 de abril de 1889 asegura que los artistas necesitan singularizarse a partir del color, no limitarse a copiar simplemente los colores de la naturaleza porque el color en manos del artista expresa algo distinto por sí mismo. Su tarea debe ser buscar colores que parezcan hermosos desde su óptica, para que sean los correctos y así puedan relacionarse unos con otros.

Así describe su famosísima habitación en Arlés a su hermano a partir de los colores: son violetas las paredes, el piso de tablas rojas, la madera de la cama y las sillas son de un amarillo de manteca tierna, las sábanas, la almohada, de limón verdoso, el cubrecama, rojo escarlata. No hay sombras, escribe, el cuadro está pintado en capas planas y libres como las estampas japonesas.

Van Gogh, según sus cartas, buscaba que los colores hicieran su trabajo, que junto con sus pinceladas gruesas y de texturas rugosas y atrevidas dijeran algo aunque sabía bien que los pigmentos con el tiempo cambian y las pinturas se marchitan como flores.

El arte y el amor para Van Gogh eran lo mismo. Por eso la pintura fue su eje y asidero hasta el final de sus días. Fue la tabla de salvamento en su naufragio que lo llevó al manicomio. Su emoción que arde en colores fuertes. La cama dulce de la convalecencia.