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Ver día anteriorDomingo 12 de noviembre de 2017Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Política y cultura en la sucesión presidencial
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l jueves y el viernes pasados se realizó el XVII Seminario Nacional sobre Política Social, esta vez en la generosa sede del Centro Universitario de Ciencias Sociales y Humanidades de la Universidad de Guadalajara.

El foco de las deliberaciones fue, como tiene que ser, la política social del Estado mexicano y su contexto no excluyó la crisis global que, de gran recesión se deslizó a una gran conmoción poblada de confusiones sobre el presente y su historia, hasta llevarnos a aceptar un sólo horizonte: el del presente continuo que como negación de la historia nos propuso el neoliberalismo salvaje.

Las notas que siguen son una primera reacción especulativa a los muchos dilemas y trilemas que la reunión puso sobre la mesa. Aparte de una generosa evaluación de los borradores estratégicos del PUED, el seminario pasó revista a la cuestión crucial del ingreso ciudadano universal de la cual se ocupa nada menos que el Fondo Monetario Internacional en su más reciente Monitor Fiscal. Ojalá y estas anotaciones puedan servir de insumos para el debate sobre el desarrollo y la desigualdad a que nos obliga la situación política actual.

La reforma social universal tiene que verse como palanca insustituible de un nuevo desarrollo que tenga en la mira una reforma de fondo del capitalismo moderno. Los indicios abundan y muchos toman ya nota de que vivimos o viviremos un gran ajuste planetario. No se trata sólo de poner en sintonía a las políticas monetaria y fiscal, que es necesario, sino de afrontar el reto gigantesco que se articula por el reclamo contra la desigualdad por ello es que, cada vez con mayor énfasis, hay en el ambiente la pregunta de si esta época de cambios no será la antesala de una portentosa transformación y, de ser así, ¿hacia dónde y cómo; ¿a qué ritmo; ¿con quiénes?

Algunos han empezado a preguntarse si no hemos entrado a una fase terminal del capitalismo, tal y como se configuró a partir de la segunda posguerra; otros, sugieren que el capitalismo como formación social o modo de producción ha empezado a tocar sus límites históricos y estructurales, lo que afecta decisivamente sus dinámicas esenciales en la acumulación, la producción, los mercados y la innovación sostenida. La nueva normalidad marcada por las inclinaciones al estancamiento relativo que las élites confunden con estabilidad.

Sin duda estamos ante preguntas mayores que pocos se atreven a calificar de fútiles, como pudo ocurrir en aquellos primeros lustros de la guerra fría y la gran recomposición capitalista que llevó al capitalismo democrático. Desde este lado oscuro de la luna, la cuestión siempre inconclusa y en momentos frustrante del desarrollo, de las estrategias que pudieran ponerse en acto para volver realidad lo que no ha dejado de ser un empeño heroico de la voluntad histórica, estas perspectivas forman un cuadro empañado por la necesaria evaluación negativa a que obligan las grandes experiencias de saltos adelante contra el capital, pero al parecer también contra la historia.

El desarrollo se nos presenta así como un laberinto que hoy no parece tener salida. Ni toda aquella voluntad y creatividad que condensaran las revoluciones y luego los Estados resultantes de ellas, ni los baches y oscilaciones propios de la evolución capitalista que se vieron modulados por la gran reforma del Estado inspirada por Keynes, pudieron conformar un triángulo virtuoso que ampliara la perspectiva y habilitara a esos pueblos para profundizar y dar solidez a sus sueños de cambio radical del mundo y de la vida.

No hay recetas a la orden y la última experimentada, la de la revolución de los ricos, se volvió crisis global y ha redundado en la profundización de las asimetrías dentro y entre las naciones. El neoliberalismo que buscara iluminar el gran cambio del mundo desatado por las crisis de los años 70 del siglo pasado, por sí solo no parece capaz de liberar al sistema de unas amarras que no son las del Estado, como reza el credo de Hayek, sino que están enraizadas en los tejidos de una sociedad económica.

Una sociedad que renuncia al ejercicio de la voluntad política y así se niega a gestar nuevas formas de cooperación y comunicación colectivas, vectores indispensables de toda coordinación y cohesión sociales. De aquí la decadencia del orden democrático, la anomia como conducta grupal dominante y, desde luego, del estrechamiento de la política democrática, cuando lo que el mundo requiere es más democracia y no menos.

Éste es el contexto en el que hay que inscribir nuestros particulares dilemas. Es el hábitat de nuestra difícil contemporaneidad y la fuente de tanto desatino modernizante, siempre en pos del atajo o el camino más fácil.

La sucesión presidencial recarga nuestra apelación a las ilusiones y esperanzas en un cambio alentador, optimista. Pero para que no vuelva a ser fuente de desencantos y desaliento, es indispensable afrontar nuestra brechas y fallas geológicas en el Estado, en el corazón comunitario, en el carácter social y el talante deliberativo y reflexivo.

La sucesión debemos volverla ocasión para reconocernos y dar la cara al mundo. Para trazar un agenda renovadora para la política y la cultura. Para una auténtica política de la cultura que pasa por una conmoción intelectual y ética de gran calado.

Política y cultura y política de la cultura, son las coordenadas obligatorias de una ciudadanía robusta y renovada.