Opinión
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Nuestro renacimiento y con el mundo en contra
L

as conversiones y convulsiones del mundo, exacerbadas por la gran recesión de 2008, se apoderan de las ideas que sobre el globo cultivan algunos de sus dirigentes presentes y pasados. Pero no de manera lineal; más bien en sentido contrario al esperado.

China se reitera como moderna sociedad socialista y campeón de la globalización y el libre comercio; George W. Bush, pionero en la deconstrucción planetaria condensada hoy, como ayer, en el Medio Oriente, le enmienda severamente la plana a Trump y arremete contra el nacionalismo distorsionado en nativismo, el fanatismo y las voces supremacistas que niegan y aplastan el credo y el verbo de la religión cívica estadunidense, la savia del poder y la salud de esa nación.

El presidente Obama, por su parte, advierte contra la desunión nacional que propician el discurso y la acción de Trump y vuelve por sus fueros como tribuno y pensador de la política de altos vuelos. En la Unión Europea se retoma el discurso del libre comercio como ariete de su propuesta civilizatoria, hoy encallada por la crisis y la emergencia de las peores interpelaciones chovinistas y racistas, la resurrección de las extremas derechas y la discolería británica, del todo ignorante de lo que el tristemente célebre Brexit va a implicar para su cohesión social y generacional, de por sí dañada por tantos años de experimentos neoliberales que en buena parte de la isla recrearon los panoramas que conmovieron a Dickens y sus lectores en el siglo XIX.

La tentación de leer estos mapas como una bizarra regresión política y cultural, inscrita en el reino de un mercado gigantesco y jalado por una ola innovadora portentosa, es grande. De aquí, tal vez, la celebridad de Blade Runner y el probable éxito de su remake. También parece irresistible el reflejo retro de ver lo que pasa como si fuese una serie de películas de entre guerras con Charles Boyer o Humphrey Bogart e Ingrid Bergman a la espera de la llegada de los nazis. Pero este mundo no es de celuloide.

Por medio de esta niebla, se impone la realidad ominosa del presente. Sus poderes y saberes no han podido asimilar las durezas del cambio mundial que es, con creciente evidencia, el del cambio climático y el de la gran migración, ni las inclemencias impuestas por una larga recesión y una tortuosa recuperación que no acaba de trocarse en onda larga de crecimiento de la producción y del empleo.

Todos estos vectores repercuten sobre el estado de la democracia y opacan sus perspectivas. Sus promesas frustradas de sostenidos buen vivir y mejor convivir, sirven de alimento a los demagogos que reclaman vueltas al origen y postulan el estado de naturaleza como escenario ideal para el nuevo reino de los elegidos. Por esto el apabullante poderío del caos como imagen objetivo de gente como Trump y los iluminados que lo siguen e impulsan, del escribiera Gustavo Gordillo el sábado.

Abrumadas por esta tormenta interminable de imágenes y experiencias grotescas, encontramos extendidas poblaciones dolidas por el malestar material y la desigualdad inicua. Confusas ante una incertidumbre asfixiante, no digamos respecto del futuro sino de un presente continuo que no encierra más que desencanto. Presa dispuesta para los flautistas que invitan a visitar el abismo.

Nosotros formamos parte de esta circunstancia inescapable y las arremetidas de Trump y su banda contra México lo confirman a diario: vivimos en el epicentro del terremoto y bajo el ojo del huracán que barre sueños y esperanzas, infraestructuras y lealtades. Como va a ocurrir pronto con la sufrida población hermana de Puerto Rico.

Instalados sin refugio en el vórtice del remolino trumpiano, no contamos ya con la esperanza en una vecindad comprensiva, un horizonte mercantil en abierta y gentil expansión, un futuro cierto de acumulación e innovación que redundarían pronto y por las mejores vías del mercado abierto y competitivo, en un mejoramiento de empleos, salarios y seguridad. De esto sólo queda el recuerdo y un discurso mal tratado que, titubeante, ahora se remite a la soberanía, los compromisos constitucionales del Estado con los derechos y la justicia social y la indudable y solidaria pujanza de sus jóvenes.

Estos, sin expectativas claras, parecen dispuestos hoy a poner un hasta aquí a tanta incuria burocrática, tanta impunidad y abuso del poder, tanta ligereza irresponsable de los políticos que olvidaron la vocación por la profesión. Para convertir a ésta en desfachatada fuente de lucro y enriquecimiento.

Es la sociedad que, diría Carlos Monsiváis, se organiza y moviliza frente a la adversidad de antiguos y modernos, para de inmediato topar con las magnas fallas de las instituciones, la desidia y timidez de los responsables, la penuria de los recursos y los medios materiales para echar a andar una reconstrucción como la que reclaman su heroísmo y el dolor de sus prójimos. Aquí, adquiere todo su valor la conseja de Eça de Queirós que el escritor José de la Colina nos obsequió hace unas semanas en su columna de Milenio: ayudaos los unos a los otros.

Si podemos traducir esa oración en verbo político y para la política, podremos aspirar a un amanecer que no sea falso y frustrante, sino portador de posibilidades reales, ciertas, de retomar la senda del desarrollo que no será más a costa del olvido de la solidaridad y la justicia sociales. Tendrá que ser la prueba eficiente de que con la tragedia y el dolor vinieron también el reconocimiento de nuestras fallas y el aprendizaje de nuestros errores.

Todo esto es y será política y practicarla el único camino para reivindicarla y volverla fuerza materia y social de nuestro particular y humilde renacimiento.

Mi gran y querido amigo Alfonso Fernández Cruces, in memoriam