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Apuntes postsoviéticos

De verdugo a mártir

U

n siglo después de la revolución bolchevique de 1917, en la Rusia postsoviética hay influyentes políticos y legisladores empeñados en rescribir algunos capítulos de la historia de su país relacionados con aquella época y que parecen inspirarse en el núcleo más retrógrado de la jerarquía de la religión ortodoxa, la cual –con la aquiescencia del Kremlin– aspira a llenar el vacío que dejó el marxismo-leninismo como ideología oficial del Estado.

Esa tendencia a tergiversar los hechos se hace especialmente visible en estos días, no tanto por el escaso eco que ha merecido el centenario en los medios de comunicación del Estado –más ocupados en destacar cualquier evento o declaración que pueda favorecer la esperada postulación de Vladimir Putin para un nuevo mandato sexenal al frente de Rusia–, sino por el también inminente, confirmado para la semana entrante, estreno de la película Matilda, que narra la relación sentimental del futuro monarca, Nikolai II, con la bailarina de origen polaco Matilda Kshesinskaya.

Tan sólo la diputada de la Duma Natalia Poklonskaya, según información oficial de la procuraduría, ha enviado 43 quejas sobre un filme que aún no se ha estrenado y que las autoridades, después del dictamen de los expertos, consideran inocuo, mientras sus seguidores han quemado cines y amenazado de muerte a todos los que tuvieron algo que ver con el rodaje o que se permiten opiniones no condenatorias argumentando que Matilda ofende los sentimientos de los creyentes ortodoxos.

La agresiva intolerancia tiene su origen en que, hace unos años, la cúpula de la Iglesia Ortodoxa, ansiosa de una revancha histórica tras el derrumbe de la Unión Soviética, canonizó al último zar ruso y, convertido éste en santo digno de venerar, ahora lo considera mártir.

Y cualquiera podría preguntarse si Nikolai II es la misma persona cuya forma autoritaria de gobierno y excesos innumerables derivaron, hace 100 años, en una revolución que estalló por el hartazgo de los trabajadores y acabó por derrocarlo, poniendo fin a siglos de opresión zarista.

Quieren hacernos creer que el santo no es quien, después de ordenar masacrar a mil 500 manifestantes, acudió como si nada a la ceremonia de su coronación. Tampoco el que más tarde autorizó abrir fuego y lanzar la caballería contra una multitudinaria protesta pacífica, desatando años de represión contra su pueblo, lo cual le valió el apodo de Nikolai el Sanguinario.

Acaso es otro que el mandatario mediocre que lanzó a sus súbditos a una muerte segura en una guerra que no tenía posibilidad de ganar y que provocó una crisis sin precedente, o el que permitió que los grandes latifundistas exportaran el trigo de Rusia, mientras 8 millones de personas fallecieron de hambre y otros 30 millones estuvieron al borde de fenecer, cuando las ganancias sólo engrosaban la opulencia de la corte.

No, Nikolai II es el mejor ejemplo de cómo, gracias a algunos desmemoriados, un verdugo puede ser presentado como mártir.