Opinión
Ver día anteriorSábado 20 de mayo de 2017Ver día siguienteEdiciones anteriores
Servicio Sindicado RSS
Dixio
 
¿Globalizados o colonizados?
L

o supe por alguien que asistió a la junta en San Ildefonso. Ésta fue convocada para afinar la imposición de una costumbre que, a partir de noviembre de este año, quieren imponer como el Gran Desfile de CDMX.

Es y ha sido grande la derrama de personas del extranjero que nos han visitado secularmente para gozar de la diversidad de nuestro paisaje, de nuestra cocina –que adquirió la condición de patrimonio intangible de la humanidad–, de nuestra arqueología y de nuestras costumbres ancestrales que son diversas a lo largo o ancho del país. Y no la menos, la del Día de Muertos que congrega, en los panteones, a deudos y amigos alrededor de la tumba del ser amado, tumba previamente engalanada de flores y de la comida y bebida que el difunto gozó en vida. Hace ya muchos, muchos años que extranjeros curiosos suelen asomarse a algo inusitado en sus países. También se asoman muchos mexicanos igualmente conmovidos.

Los tiempos claro que se han modificado, pero un buen número de costumbres ha prevalecido: le otorga a la gente sentido de pertenencia. Por ejemplo, la comida tradicional (intervenida hoy de fusión) y que con frecuencia es degustada con esnobismo, vuelve, luego, a los elementos de siempre. Los elementos de siempre pulidos por el tiempo adquieren lustre, encanto.

Los altares de muertos, hace ya algunas décadas, fueron introducidos en hogares mexicanos de corte muy burgués, en los que antes nunca habían estado presentes. Pero, a quienes los adoptaron, les fue muy grata esa recreación de fotos de sus antepasados en compañía del naranja ígneo del cempasúchil y del morado enrojecido de las flores de terciopelo, de las ollas de barro, de la botella de tequila o mezcal que quizá aquellos antepasados no probaron nunca porque sólo bebían coñac. Sin embargo, los nuevos adeptos respetaron la tradición, a ella se atuvieron imitando las ofrendas de casas y panteones de los pueblos.

En casi una veintena de años que van del siglo XXI, nuestros atractivos persisten con, claro, el descuido, la indiferencia, la mala fe de los gobiernos y de la iniciativa privada. Nuestras playas son magníficas y con frecuencia se ubican en la cercanía de monumentos prehispánicos espectaculares, rodeados por la selva. Nuestras ciudades coloniales conservan la magnificencia de sus calles y callejuelas, de sus construcciones civiles y religiosas, el oro y la plata de sus altares de madera estofada. Hay, a lo largo del país, poblaciones indígenas con muy antiguas asimilaciones sincréticas. Por otra parte, el clima es más o menos benigno en gran parte de nuestra geografía.

Y la pujanza de las manifestaciones culturales en la ciudad capital es muy amplia y a ello quiero referirme.

¿Por qué? ¿Por qué?, me pregunto, va a establecerse como tradición aquí, en el Centro Histórico de Ciudad de México, el disparate hollywoodense sacado de una película de James Bond. Cuando ésta se filmó, hará dos o tres años, lo tomamos como la usual caricatura con el que el ínfimo y reduccionista interés cultural estadunidense suele interpretar las cosas más allá de sus fronteras.

¿Será realmente que dicho espectáculo va a reforzar nuestras tradiciones? ¿Será que hace falta un desfiguro de tal magnitud para apropiárnoslo como si nuestras mitos y costumbres necesitaran de la manita gringa de un pintor de brocha gorda?

¿Se puede tranquilamente imponer un desfile en Ciudad de México que ni siquiera estaría a la altura del de Pascua, con sus toques cursilones, de la Quinta Avenida en Nueva York? Ya tenemos aquí La Galleta o Estela de luz, fruto rancio de otro magno desfile.

Nuestro acervo de monumentos, tradiciones, costumbres no puede aceptar que el centro de la antigua ciudad de los palacios sea convertido en un circo ridículo de gusto más que ramplón.

¿Hasta este grado hemos sido nuevamente colonizados?