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Populismo
O

í y vi en un video al senador italiano Mario Tronti. Un prodigio de memoria y de lucidez a sus 86 años. Por mucho tiempo diputado del PCI, se alejó de éste sin abandonar su membresía, siempre en debate con sus dirigentes; y mantuvo por décadas un intercambio continuo, por vías diversas, con Norberto Bobbio. Tronti gusta de repetir una frase de Tolstoi: La diferencia entre las personas radica exclusivamente en su mayor o menor acceso al conocimiento. Otorga tal primacía a la política que, con más de una docena de obras sobre política y Estado, prefiere no definirse como un pensador político, sino un político que intenta pensar la política. Académico de la Universidad de Siena, sus investigaciones y obras giran en torno a los mismos intereses que los de Bobbio: la filosofía política, la teoría del Estado, asignaturas a las que agrega un seguimiento apasionado de las transformaciones de la clase obrera y de sus cambios como sujeto colectivo a la luz de las transformaciones del capitalismo.

Se le pregunta por el término populismo, según su uso por los neoliberales. No puede evitar una risilla mientras se cubre la boca con el puño cerrado, como cuando uno se la cubre para toser.

El pasado 21 de marzo Peña Nieto inauguró la 80 Convención Bancaria que fue titulada El dilema mundial: liberalismo vs. populismo. Banqueros y Peña Nieto, hablando de populismo y de liberalismo. Pura sabiduría.

Según algunas notas periodísticas, EPN dijo en su disertación: ¿A qué me refiero cuando hablo de populismo?, a posiciones dogmáticas que postulan soluciones aparentemente fáciles pero que en realidad cierran espacios de libertad y participación a la ciudadanía. Eso en contraposición a la sociedad de ciudadanos libres que hemos logrado como país en la que el papel del Estado es ser garante de esta libertad abriendo oportunidades para el desarrollo; y dijo más, pero remató: el populismo era un modelo en el que la libertad de expresión era privilegio de los alineados. Todo falso: ya veremos.

El inefable chorlito Ochoa Reza gorjeó el 6 de mayo pasado: con una visión populista, con una lógica de que el ciudadano no debe ser el promotor del empleo y del desarrollo, sino que debe ser el Estado, López Obrador está proponiendo un camino que no ha funcionado en país alguno en América Latina (en los años sesenta, y quizá antes, se llamaba jilguero a esta especie de los discursistas priístas de la chamba sucia).

Los primeros pasos en el diagnóstico de esa opaca visión, inconsciente de sí misma (tanto en EPN como en Ochoa Reza), fueron formulados por Michel Foucault, quien elaboró las primeras herramientas indispensables para abordar los presupuestos filosóficos, políticos, antropológicos y epistemológicos en los que se asienta la racionalidad neoliberal, evitándonos considerarla ingenuamente como mera ideología, “siempre lejana en su aplicación práctica a sus postulados teóricos, escribe Matías Saidel. En este sentido, agrega Saidel, el neoliberalismo aparece como una forma de gobierno de la sociedad y de producción de subjetividades a través de dispositivos como la competencia generalizada, cuya figura paradigmática sería el capital humano, un empresario de sí mismo transformado, tras cuatro décadas de hegemonía del capitalismo financiero, en hombre endeudado”.

El pacto neoliberal entre las élites corruptas (financistas, muchos de los grandes empresarios, crimen organizado, grandes medios, partidos políticos al servicio de la globalización neoliberal) ha fracasado, pero los neoliberales no se han percatado del olor a muerto. Ahora se ven amenazados por el populismo de izquierda (en México, AMLO), y también por el que los neoliberales de otros lares llaman populismo nacionalista, una deriva contra la globalización que, sin decirlo, pero bien planeado, se mueve bajo la consigna de todo por el pueblo, pero sin el pueblo, y en los hechos, nada para el pueblo.

Esos son: Erdogan, Trump; en general, el auge euroescéptico que hizo que el Brexit prosperara en Reino Unido, o el paulatino auge en las encuestas de movimientos ultras, como el PVV, de Geert Wilders, en Holanda o los avances del Frente Nacional, de Marine Le Pen, en Francia.

Los ciudadanos viven en carne propia la perpetuación de un poder que no da respuesta a sus necesidades; la reacción ha sido, en mayor o menor medida, votar contra el sistema, aunque eso suponga apoyar a opciones outsider respecto a la ortodoxia estricta que, no obstante, no dan un paso fuera de los cánones para la desigualdad, que dicta el Consenso de Washington. El peor caso es Trump, quien fue elegido presidente porque su rival era la viva encarnación del establishment. El paso de un presidente reformista como Obama a un sucesor multimillonario y retrógrado no se debe a un cambio social, sino a la condena de una ciudadanía agraviada, aprovechada por un oportunista.

Populismo es un término absolutamente anfibológico. Naródniki o populistas, fue el nombre que a sí mismos se dieron los revolucionarios rusos de las décadas de 1860 y 1870. Su movimiento fue una suerte de socialismo agrario construido sobre entidades económicas autónomas; entre varios pueblos, enlazados entre ellos, era una especie de federación que sustituía al Estado. Su primera organización se llamó Zemliá i Volia (Tierra y Libertad).

Estados Unidos tuvo también su populismo agrario, durante el último tercio del siglo XIX. Pero no entraremos en ello. Veremos algo de los populismos latinoamericanos y las aberraciones en que incurren los priístas y los banqueros, al hablar de democracia liberal vs. populismo.