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Canciones del Nobel dan realce a la esperada recreación del clásico, dirigida por Robert Icke

Presentan en Londres un Hamlet imperdible con música de Bob Dylan

Es una producción de cinco estrellas atrapada en una producción de cuatro, aseguran los críticos

The Independent
Periódico La Jornada
Domingo 5 de marzo de 2017, p. 6

¿Moriarty en Elsinor? Sí, y Bob Dylan también. Un puñado de canciones del premio Nobel son intercaladas para dar realce a esta muy esperada recreación, dirigida por Robert Icke y con Andrew Scott en el papel principal.

Es la primera producción de alto perfil de la obra en Londres desde que Benedict Cumberbatch, coestrella del Sherlock de Scott, causó un tumulto con la versión en el Barbican que se hizo memorable por motivos erróneos (entre ellos la cuestionable etiqueta de algunos fanáticos del actor que acudieron a las funciones de prestreno, y que algunos periódicos rompieron el embargo de información) desde antes incluso de la apertura oficial.

Scott ha sido mucho mejor atendido aquí –en el manejo más prudente de la publicidad y mediante una penetrante producción, a menudo perversa–, en formas que jalan más al espectador y a la vez lo intrigan. No debería recibir veredictos –“un Hamlet de cinco estrellas atrapado en un show de tres”– como los que le dieron a Cumberbatch algunos envidiosos. Con la versión de Icke en vestuario moderno es, más bien, una producción de cinco estrellas atrapada en una producción de cuatro estrellas.

Tom Stoppard hizo alguna vez una buena broma acerca de la paciencia constitucional de los críticos: Si dura más allá de las 10 y media, es autocomplaciente. Este Hamlet comienza a las 7 de la noche y se prolonga hasta las 11. Muy lento, se puede decir.

De la callada desesperación a la rabieta del sarcasmo

Durante el duelo climático del héroe con Laertes, por ejemplo, escuchamos a Bob Dylan cantando su hermosa tonada Not Dark Yet: “There’s not even room to be anywhere./ It’s not dark yet, but it’s getting there” (No hay espacio siquiera para estar en algún lugar./ Aún no oscurece, pero está llegando). Me encanta esa canción y adoro esa escena. Espero no ser un incorregible filisteo si encuentro esa conjunción aquí menos punzante que un glorificado ¿la pescaste?

Scott es un Hamlet maravillosamente conmovedor, que ve primero al fantasma en las pantallas de circuito cerrado de los guardias de seguridad daneses y queda preso del dolor. Su acento irlandés es perfecto para el papel, al igual que esa extraña calidad élfica que lo hace sensible y áspero a la vez, delicado y un tanto demoniaco.

Nunca había escuchado un Hamlet que nos lleve del susurrar de hojas de la callada desesperación (el verso de la quintaesencia del polvo se disuelve en un pianissimo de inconcebible suavidad) a la rabieta del sarcasmo y la burla de sí mismo.

Lo digo como cumplido a los tres cuando reporto que recibí destellos de Graham Norton y Fiona Shaw. Scott crea una débil y atormentada sensación del ¿Escandalizados? ¿Nosotros? del primero en su compenetración con el público y, de manera más ruidosa, comparte el don de la segunda para la hastiada ironía y la incredulidad.

Uno siente que se entiende con él al nivel del alma. La producción le da momentos que me llevan a fascinarme con sus manos. Cuando expresa disgusto ante la carne demasiado sólida, extiende las manos y las mira con un sentimiento de terrible enajenación, por decirlo así. Y cuando cierra con un apretón de manos su pacto con el rey actor (representado como un doble con el fantasma de su padre) acerca del parlamento adicional de La Ratonera, hay en el gesto un misterioso calor íntimo que sugiere un astuto reconocimiento subliminal, al estilo de El Mago de Oz.

La escena de la representación teatral está montada de modo que la familia real está sentada en la primera fila del Almeida y una cámara de noticiero da cuenta de sus reacciones. En close-up, el rostro de Claudio (el excelente Angus Wright) se revuelve por grados infinitesimales al observar la recreación de su crimen. En vez del usual mutis brusco, su salida es mucho más escalofriante por su pulcritud, y en este punto la producción hace una pausa –hay dos intervalos–, como si hubiese una falla técnica en la transmisión en vivo en Dinamarca, simulada para cubrir una terrible vergüenza para el nuevo rey.

Dando por momentos la impresión de un personaje de nuevo rico de uno de los libros de Just William que sufriera las alucinaciones de nevadas de una novela de John Le Carre, el soberbio Polonio de Peter Wight informa a Hamlet y a su hija mediante un micrófono en la solapa. Juliet Stevenson está fuera de sí por el miedo de que su hijo esté tan loco que en realidad la mate.

Hay una tremenda urgencia y una tardía ternura en la escena en el clóset, cuando Gertrudis despierta a la verdadera naturaleza del hombre a quien desposó de manera ruidosa, pero astuta. Cuando la producción se alarga por momentos, es como si observáramos la fascinante dilatación de una gota de gasolina en la superficie del agua corriente.

A veces se tiene la impresión de que han cortado la corriente eléctrica. Tal vez Scott estaría mejor si mostrara más agilidad, pero este es un Hamlet que no hay que perderse.

© The Independent

Traducción: Jorge Anaya