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Cuba: un duelo que es también una esperanza
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illones de cubanos desfilaron rindiendo homenaje a Fidel Castro. Sin las manifestaciones de histeria que se vieron en el multitudinario entierro de Néstor Kirchner, sin los muertos por asfixia ni las muestras terribles de atraso que marcaron el entierro de Stalin en Moscú.

Las autoridades dieron a Fidel un solemne funeral oficial con los más altos jefes militares presentes para destacar el papel del ejército como garante frente a Donald Trump, pero también del orden interno. Quienes llenaron La Habana se movieron en ese contexto, pero no como simples asistentes a una ceremonia histórica, sino con conciencia profunda de su papel de protagonistas. Los trabajadores y el pueblo cubanos se plantan así frente a Trump y sus amenazas, pero también frente al porvenir de la isla.

Las interminables filas de personas de todo tipo reflejan en sus rostros congoja, preocupación, firmeza y gravedad ante la desaparición de un hombre que llenó los pasados 60 años de la vida cubana y ante las posibles consecuencias de los cambios que se avecinan. Pero su presencia, así como el grito ¡Yo soy Fidel! de cientos de miles, quiere decir aquí estamos nuevamente, como en 1962, dispuestos a todo.

La inmensa mayoría de quienes desfilaron en un largo duelo nacieron o se formaron después de la entrada de los revolucionarios en La Habana, en 1959. Son hijos de la revolución democrática antimperialista y antibatistiana y participaron en los esfuerzos heroicos por empezar a construir el socialismo a pocos kilómetros del imperio.

Ellos son demostración viva de que el consenso que tuvo Fidel Castro –y el que en parte conservan sus continuadores– no deriva de su conducción económica en muchos aspectos voluntarista o errónea, sino que hunde sus raíces en la tendencia histórica cubana que une a José Martí con Eduardo Chibás y culmina en Fidel, el antimperialismo con profundo contenido social.

Eso hace de esta manifestación luctuosa algo realmente grande y esperanzador. Porque cualesquiera sean las dificultades que los cubanos deberán enfrentar en lo inmediato, han decidido por su propia cuenta salir a la calle y pesar con su presencia. Esta manifestación multitudinaria, calmada y vigorosa, será muy tenida en cuenta en Washington y también por las diversas oposiciones en Cuba. El ocultamiento por los grandes medios de comunicación de todo el mundo de estas enormes manifestaciones de duelo y de homenaje revela el temor de que los pueblos se reconozcan en los cubanos.

La muerte de Fidel Castro es la desaparición de un símbolo irremplazable y de un freno político y moral a las posibles concesiones excesivas al capitalismo mundial y a Estados Unidos, que el gobierno de Cuba podría verse tentado a hacer ante las dificultades.

El aumento del precio del barril como consecuencia de las medidas de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) seguramente dará un poco de oxígeno a Venezuela. Pero el subsidio petrolero de ésta a Cuba de todas maneras será menor y mayor será la factura que Cuba deberá pagar en el mercado mundial para importar el combustible faltante. Los ingresos provenientes del envío de médicos, por ejemplo a Brasil, tienden también a reducirse, al igual que los créditos de los países emergentes, al mismo tiempo que el turismo internacional sufre los efectos de la contracción de los ingresos y se agravan los costos materiales del recalentamiento global.

En el Partido Comunista mismo y en la burocracia existe hace rato una corriente partidaria de una transición entendida como evolución hacia el libre mercado. O sea, hacia la transformación del capitalismo de Estado cubano, donde el plan y el control estatal tienen un papel importante, para abrir paso a las trasnacionales y el capital financiero, que son los únicos que pueden invertir en Cuba. La Iglesia católica y sus publicaciones dan hoy un eje a esta tendencia reformista a lo cangrejo. Los sucesores de Fidel, más ligados que éste en el pasado al llamado modelo soviético, esperan ilusoriamente aplicar el modelo chino, es decir, un capitalismo basado en salarios bajísimos y controlado por un partido único que dirige el Estado mediante una gran burocracia.

Pero el capitalismo chino tiene detrás de sí una gran cultura, una tradición larguísima y cuenta con una reserva de mano de obra de cientos de millones de artesanos y campesinos altamente calificados. Cuba tiene en cambio menos de 12 millones de habitantes predominantemente urbanos y cuenta con escasos campesinos experimentados y con poquísimos medios técnicos para sustituir los brazos en la agricultura y no depender de las importaciones. Además, a diferencia de los años 60, la revolución no se extiende ya por América Latina donde hasta los gobiernos progresistas han sido derrotados en los principales países.

Cuba, por tanto, cuenta sobre todo con la resistencia antimperialista de la inmensa mayoría de sus habitantes, que tienen una cultura muy superior a la de antes de la revolución y gran creatividad. Esa fuerza calma se expresó en el acompañamiento a los restos de Fidel Castro.

Es cierto que el pesar no es una fuerza activa, pero la unanimidad de ese sentimiento refuerza la moral popular, y el recuerdo de los mejores momentos del revolucionario muerto activará la resistencia a la burocracia y a quienes quieran dar marcha atrás excesiva.

La única vía para Cuba es la participación masiva de la población en todas las decisiones, el control obrero en las empresas contra el despilfarro y la corrupción, imponer la creación de medios de información que digan la verdad, por dura que ésta sea, que consideren a los cubanos adultos y conscientes, ciudadanos y no súbditos.

Para enfrentar las dificultades que vendrán se necesitará un pueblo adulto. Para ganar a la juventud despolitizada hay que apelar a su movilización y creatividad. El pueblo cubano ha sido y es capaz de hazañas. Él garantizará su independencia y su futuro.