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Las estupideces de Trump sobre el cambio climático
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ace casi un año, el 12 de diciembre, representantes de 195 países acordaron en París un protocolo mundial contra el cambio climático por el que se comprometieron, entre otras cosas, a evitar que la temperatura media global aumente a dos grados en 2100. Las reglas del protocolo estipulan que, cuando 55 por ciento de los países y los responsables del 55 por ciento de las emisiones totales de dióxido de carbono ratificaran el acuerdo, entraría en vigor 30 días más tarde. El 5 de octubre pasado, la mayoría de socios de la Unión Europea lo ratificaron y ya lo han hecho más de 80 países responsables de 70 por ciento de las emisiones de dióxido de carbono. Entre ellos China y Estados Unidos, los gigantes de la contaminación. Pero faltan que lo suscriban Rusia, España y Japón.

Pero este avance, con todo y sus bemoles, pasó desapercibido pues los medios estuvieron ocupados en analizar la elección presidencial en Estados Unidos. Y apenas estos días se ocupan de la reciente Cumbre del Clima celebrada en Marrakesh (la COP 22), donde se debían fijar, entre otras cosas, los planes de reducción de las emisiones y la transparencia que debe tener cada país al informar sobre ellas. Y, además, los mecanismos financieros por medio de los cuales los países ricos darán al mundo en vías de desarrollo 100 mil millones de dólares anuales a partir de 2020 para paliar los problemas derivados del calentamiento global.

Pero la COP 22 transcurrió en medio de la incertidumbre por el triunfo de Donald Trump, que siempre ha negado que el cambio climático se deba a la acción humana. Durante su campaña electoral repitió que era un invento de los científicos para obtener dinero para sus investigaciones. O de China. Más graves aún son las consecuencias que puede tener la presencia de Trump en la Casa Blanca cuando la Organización de las Naciones Unidas (ONU) revela que las emisiones en 2030 pasarán de 12 mil millones de toneladas a 14 mil, por encima de lo necesario para mantener el calentamiento global dentro de los objetivos fijados. Y por eso pide a los ciudadanos, empresas y gobiernos sumarse a la tarea de aumentar la conciencia de una acción urgente y adoptar soluciones inmediatas.

No está de más recordar que el apoyo del presidente Obama fue determinante, junto con el de China, para llegar a un acuerdo sobre el clima en París. En su reciente visita a Alemania, nuevamente insistió en la necesidad de apoyar los esfuerzos comunes para frenar el calentamiento global. Trump, por el contrario, ha dicho que su país no lo cumplirá y evitará que el dinero de los estadunidenses vaya a reforzar los programas contra el cambio climático definidos por la ONU. Trump es un acérrimo defensor de la energía basada en los hidrocarburos y muy poco partidario de seguir la política de Obama de impulsar las energías renovables. A su favor se agrega el descubrimiento reciente de un gigantesco yacimiento de petróleo en Texas.

Pero al prometer retirar a su país de los acuerdos internacionales sobre el clima una vez que ocupe la Casa Blanca, lo único que muestra Trump es su supina ignorancia. En el caso de abandonar el Acuerdo de París, bueno es aclarar que para que surta efecto se requieren por lo menos cuatro años, tal como se asentó en la capital francesa en diciembre pasado. Pero lo que sí podría hacer sin tanto problema es abandonar la Convención Marco acordada por la ONU en 1994 sobre el Cambio Climático, lo que automáticamente permitiría a Estados Unidos incumplir el Acuerdo de París.

Caminar a contracorriente de la comunidad internacional, las organizaciones ambientalistas y hasta los empresarios que ven en la lucha contra el cambio climático un filón de buenos negocios, también significa ignorar lo que pasa en Estados Unidos: que ese fenómeno ya se deja sentir en su propio territorio y millones reconocen la necesidad de cambiar el derrochador modelo energético actual. Estados como California (el más importante en términos económicos) se sumó ya a la tarea de variar el rumbo. Igual que las ciudades más importantes. A ello se agrega el mensaje derivado de la Cumbre de Marrakesh: la lucha contra el cambio climático es irreversible. Lo malo es que Trump siempre va en sentido contrario al sentido común.