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En Fuera de lugar, del argentino Martín Kohan, lo monstruoso se toca con lo normal

La literatura debe desestabilizar órdenes y sentidos narrativos

El tema, de pedofilia, intentaba intranquilizar, perturbar; ¿quién lee para sacar un mensaje aleccionador?, cuestiona

Aunque se incluye en el género negro, el libro se salta las reglas

 
Periódico La Jornada
Domingo 18 de septiembre de 2016, p. 2

Existe un tipo de literatura que desconcierta, que descoloca al lector y lo saca de ese lugar cómodo en el que sabe que la historia se desarrollará sin sobresaltos. La novela Fuera de lugar, del escritor argentino Martín Kohan, es así. No es una obra de denuncia sobre la pedofilia; es hablar de esa zona en que lo monstruoso se toca con la normalidad. Eso es lo perturbador.

El libro, publicado por Anagrama, trata de un grupo de hombres y una mujer que toma fotografías de niños para el mercado pedófilo de Europa del Este, en una época en la que Internet apenas estaba llegando. Esos hombres y esa mujer actúan con la mente tranquila, pensando que no hacen mal a los nenes porque no los tocan. Son personas comunes y corrientes, no hay estereotipos, no hay justificación sicológica, como suele ocurrir en otras novelas en las que quien comete el crimen, por ejemplo, sufrió abusos cuando era niño. Y, por supuesto, el final queda fuera de toda clasificación, lo mismo que la novela que, aunque se encuentra dentro de la colección del género negro, se salta las reglas.

El pasaje del Estado

Creo, dice el autor en entrevista, que podría clasificarse como tal “por la resolución de la relación entre el crimen y la investigación, o el delito y la ley, en la que no se cuenta con el Estado, que es como el pasaje fundamental del género policial al negro; ese detective o investigador que está fuera de la policía y compite con ella para ver quién resuelve mejor el caso.

“Fuera de lugar está sobre la base de la ausencia del Estado. Los hechos suceden, tanto lo que pasa con los niños como el suicidio que ocurre en un momento determinado; un asesinato en otro momento de la novela, sin la más mínima perspectiva de que el Estado vaya a intervenir. No se espera nada de la policía ni del Estado, y cuando ésta aparece en un momento, lo hace para controlar donde no hay nada que controlar, investigar donde no hay nada que investigar, a hacerse presente donde no hace falta para nada.

“No creo que Fuera de lugar encuadre en el género tradicional de la novela negra. Creo que en todo caso hay una relaboración o un desvío de la tradición del género. Es un libro que inquieta, que no va hacia ese lugar cómodo que los lectores prevén en un relato de ficción. Busco un lector descolocado por lo que está leyendo, inquieto, perturbado, y no ya por el tema que puede ser el peor de los temas posibles, el más escalofriante o el más intimatorio, y si construyes una narración que administre el mal, que lo señale como mal, que lo castigue como mal, que lo impugne como mal; el efecto es de tranquilidad para el lector.

“Buscaba exactamente lo contrario: intranquilizar, perturbar, descolocar, incomodar, que el lector no termine de acomodarse al mundo, y no porque aparezcan niños o pedófilos, porque –insisto– si uno construye una novela con abusadores, y esos personajes son decididamente monstruosos y son netamente aberrantes y la historia es contada por un narrador que se horroriza por lo que está apareciendo y lo condena y lo juzga y lo sanciona, no importa qué tan terrible sea lo que se narra. El efecto de esa narración es de sosiego, las cosas son puestas en su lugar y esa lectura es una lectura calma.”

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Kohan es profesor de teoría literaria y ganador del Premio Herralde de Novela 2007Foto Yazmín Ortega Cortés

En Fuera de lugar “no hay nada de denuncia, ¿porque qué se puede denunciar? ¿Que lo que hacen los personajes está mal? ¡Pero claro que está mal! ¿Que es espantoso? ¡Claro que es espantoso! Pero habría sido una novela de dos renglones.

“No es una novela de mensaje, no es para sacar conclusiones aleccionantes, porque –insisto– la conclusión alecciona, me lleva un renglón y medio. Y al revés, digo que sería problemático que lleve 200 páginas establecer si abusar de niños está mal: nos lleva un renglón decirlo porque nos resulta categóricamente mal. Luego, por supuesto, hay mucho para hacer una investigación de tipo sociológico, sicológico de por qué ocurre esto; esas investigaciones se hacen, pero esta es una ficción, es una novela.

No pienso la literatura en clave de denuncia; no la pienso en una tradición de novela de mensaje, ¿quién lee para sacar un mensaje aleccionador? No es así como yo la pienso; pienso a la literatura por su posibilidad de desestabilizar sentidos, esto me interesan mucho más al escribir, y al leer, las novelas que desestabilizan certezas. Aquí esperaríamos que los hechos monstruosos sean ejecutados por personajes monstruosos, pero construí otros no exactamente así, o cuya monstruosidad está perfectamente integrada a una media de normalidad y de cotidianidad que ejecutan hechos que el lector no deja de percibir como horribles, y lo hacen con una tranquilidad de conciencia absoluta.

Kohan, profesor de teoría literaria y ganador del Premio Herralde de Novela en 2007, deja el final abierto, demasiado abierto, porque no era justo para el lector darle sosiego.

Y esto tiene que ver con lo que le interesa de la literatura: “Pienso y me interesa una literatura que desestabilice los órdenes del sentido, desestabilizando modos narrativos, nuestra relación con el lenguaje, y por tanto, me interesa una literatura que perturba nuestras certezas. La literatura de mensaje funda certezas o las ratifica; en una literatura de este tipo el que escribe sabe la certeza que tiene al concluir la misma que tenía antes de empezar, y muy a menudo el que lee llega a una certeza que ya tenía.

“A mí me interesa mucho más cuando esas certezas se exploran. Transcurren mucho mejor cuando uno las interroga, acomoda, acecha, rodea. Creo en la literatura porque desestabiliza las frases hechas, aun cuando las utilice –fuera de lugar es una frase hecha–, pero las emplea para desestabilizarlas; hacer surgir de las palabras sentidos, resonancias, que no habíamos advertido, altera nuestro orden del sentido desde una palabra que nos parece nueva, hasta toda una manera de concebir un mundo o una subjetividad, un proceder o una moral.

Esa desestabilización no es una destrucción, es algo que nos pone a pensar todo de nuevo todo el tiempo. Ese estímulo es para mí invalorable y lo encuentro en la literatura como en pocos casos.