Opinión
Ver día anteriorDomingo 14 de agosto de 2016Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Lucha por la libertad
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Fotograma de la película más reciente del director Gary Ross
E

stados alterados. La cinta más reciente de Gary Ross, Lucha por la libertad, título convencional con que se elige remplazar en México al original inglés Free States of Jones, rescata un episodio poco conocido de la Guerra de Secesión en Estados Unidos relacionado con la insurrección de Newton Knight (Matthew McConaughey), granjero blanco en el condado de Jones en el estado de Misisipi, en contra de las fuerzas confederadas, por considerar que detrás del conflicto racial que pretendía perpetuar los privilegios esclavistas, se escondía en realidad una aguda desigualdad social que afectaba por igual a campesinos blancos pobres y a los esclavos negros.

Basada en hechos reales, la película acude a imágenes de archivo para dar un barniz documental al relato dramatizado, e incluso opta por algo más arriesgado: transportar la acción, en la última parte de la cinta, hasta los años 40 del siglo pasado para mostrar en un litigio de tribunal la persistencia e irracionalidad del prejuicio racista. Lo que comienza por una protesta de Knight en contra de un sistema que exentaba del servicio militar a los terratenientes acaudalados poseedores de veinte esclavos (la llamada Ley de los 20 negros), enviando a la carnicería bélica a los hombres blancos más desfavorecidos, muy pronto se convierte en una cruzada antiesclavista. En el medio muy intolerante de la confederación secesionista, sugiere la película, al combatiente rebelde que interpreta McConaughey –un renegado racial por antonomasia– no se le condenó tanto por participar en una revuelta campesina en busca de una mayor igualdad social, como por incurrir en el agravio mayúsculo de solidarizarse moralmente con la raza negra, formar una familia con una ex esclava, y ser el origen de una descendencia mestiza, misma que por largo tiempo seguirá siendo perseguida y condenada en los juzgados sureños donde la esclavitud había sido formalmente abolida.

El señalamiento de una polarización racial tan arraigada y vigente décadas después de la guerra fratricida, y la peregrina sugerencia de su evidente reactivación en la presente era de Donald Trump, ha sido motivo suficiente para una recepción hostil de la película de Gary Ross en los medios conservadores estadunidenses. Detrás de lo que pareciera un rutinario filme de aventuras, con Newton Knight como un carismático antihéroe con un credo liberal muy providencial y un pequeño ejército de seguidores blancos y negros, menesterosos todos, movidos por la indignación y el apetito de revancha, arriesgando los primeros la cárcel y los segundos la horca, a lo que en realidad invita Lucha por la libertad es a una discusión sobre el legado muy vivo y los saldos desastrosos de una vieja tradición racista.

Al espectador no se le escatiman, desde la primera secuencia, los aspectos más brutales de una guerra sanguinolenta (cuerpos mutilados y vísceras expuestas, y los sanatorios improvisados donde campean la desolación y la desesperanza); viene luego el relato heroico de la resistencia de una minoría que crece y se fortalece al abrigo de los pantanos inaccesibles para la tropa de los confederados. Una estrategia de guerrilla desconcierta y enloquece al ejército superior que se siente prematuramente derrotado desde dos frentes en apariencia distintos, el adversario exterior que avanza incontenible anunciando, con Lincoln en el poder, sus primeras victorias, y ese insidioso enemigo interno que tiene como líder y profeta a la figura casi legendaria de Newton Knight, acompañado de un cómplice negro, para un énfasis mayor, llamado Moses. Cuando la emancipación de los esclavos parece conquistada, y el sur más tradicionalista se repliega en el rencor que sobreviene a la derrota militar, los negros recién liberados advierten, desilusionados, cómo persisten la desigualdad y el sometimiento racial bajo otros nombres. Al esclavo se le llama ahora aprendiz y así se le compra o se le secuestra, a conveniencia de los nuevos amos. Este paisaje social y este clima de desencanto la película lo presenta de modo elocuente. Si bien Gary Ross, realizador también de cintas comerciales como Pleasantville y Los juegos del hambre, no hila muy fino en su dramatización histórica, o en el diseño de los personajes secundarios, muy esquemáticos algunos, harto convencionales otros, lo que sí cabe destacar es la recreación del territorio exuberante y cenagoso en que se desarrolla la acción de los sublevados, y la fotografía de Benoît Delhomme y la actuación de McConaughey como sus aciertos cardinales.

Twitter: @Carlos.Bonfil1