18 de junio de 2016     Número 105

Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER

Suplemento Informativo de La Jornada

El carnaval de los pueblos
que invade la ciudad

Janina Cid de Jesús  UATx


Camada Zeltzin; la cuadrilla baila en el zócalo de la ciudad de Tlaxcala, 2012
foto: Janina Cid de Jesús

El sonar de las castañuelas marca el cambio con que han de moverse las plumas que adornan los penachos de los hombres y el vuelo de la falda en las mujeres. Es el mediodía y el sol ya está por todo lo alto; los danzantes llevan largo rato bailando sobre un piso adoquinado en el centro de la cuidad, están sudorosos. El público, sentado en las pequeñas gradas, los mira con gran emoción. Es el mes de febrero, fecha esperada por gran parte de la población tlaxcalteca. El carnaval ha llegado a los distintos puntos de la cuidad. Una vez más Tlaxcala se viste de gala para recibir a los visitantes que gustan de formar parte de la celebración anual.

La festividad inicia con un desfile que se realiza los días previos a la Semana Santa, es ahí cuando los meses dedicados al ensayo de la coreografía rinden su fruto: decenas de camadas correspondientes a otros municipios del estado de Tlaxcala turnan su presentación en el escenario principal que se emplaza frente al Palacio de Gobierno, en la capital del estado. El centro de la ciudad se transforma durante ese evento festivo: sus calles aledañas son cerradas a la circulación vehicular para convertirse en explanadas alternativas y permitir el libre andar de los espectadores, que aun siendo numerosos, no forman multitudes ruidosas ni alteran el orden público. Las audiencias no sobrepasan la línea del espectador frente al espectáculo, permanecen silentes, casi conmovidas frente al acto expresivo que ocurre ante a sus ojos: penachos de todos los volúmenes y alturas posibles; faldas a los tobillos, a las rodillas o arriba de ellas; máscaras caucásicas o de rasgos africanos, con lunares cerca del bigote o enmarcando la mirada, con o sin diente de oro en su sonrisa; zapatos de piso o de tacón, botas lustradas o tenis; disfraces de seres demoniacos o parodia de algún personaje público o político.

Durante el carnaval en Tlaxcala, los grupos de danzantes, o camadas, se distinguen entre sí –por la hechura e íconos bordados en sus trajes, sus penachos, los zapatos que calzan o la agilidad con que se mueven–, pero todos ellos hacen algo similar: inician su presentación con la pareja principal al frente, que, luego de caminar alrededor de la pista de baile, se coloca al centro para dirigir la coreografía grupal, larga y repetitiva que ejecutan durante al menos una hora, hasta que se agoten los turnos de presentación por camada, o hasta que caiga la noche. Otro rasgo de esta festividad regional es que, pese a ser un carnaval, no se encuentran a simple vista vestigios de la permisividad lasciva ni el despilfarro que suele caracterizar a los carnavales alrededor del mundo.

Cabe destacar una de las principales costumbres en el estado de Tlaxcala: su folklórico carnaval lleno de color y armonía. Inicia el viernes anterior al miércoles de ceniza, con el tormento del traga-fuegos, que consiste en quemar un muñeco representativo del mal humor. Son muchos los eventos del carnaval en Tlaxcala, pero los más atractivos son las danzas de los huehues (viejos), llamados así de manera genérica; son artistas populares que dedican su vida a conservar la bella tradición. Las camadas suman entre 20 y 40 huehues que, de acuerdo con la región y con sus danzas y atuendos, reciben un nombre específico.

La versión oficial sobre el origen del carnaval de Tlaxcala refiere una sátira que los indígenas tlaxcaltecas desarrollaron a manera de desahogo y venganza en contra de los ricos hacendados españoles para los que trabajaban desde la época colonial, quienes prohibían la participación indígena en sus eventos festivos particulares. Esta versión es promovida por las instituciones estatales como las secretarías de Educación y de Turismo de Tlaxcala, y es la que se da a conocer en los folletos turísticos, las escuelas y las páginas de internet que promueven el carnaval año con año.

En las localidades donde sólo hay una cuadrilla, los danzantes se integran a la danza por gusto o simpatía a ella. Cuando se cuenta con más de dos camadas, éstas se integran por individuos que pertenecen a un mismo barrio o sección en la población. La camada suele adoptar como suyo el nombre de la localidad a la que pertenece, por ejemplo Xalpa y Atotonilco. Otras camadas se denominan de una manera especial, tal es el caso de Zeltzin, de Santana Chiautempan, que toma su nombre de la lengua náhuatl y que significa la “primera” o los “número uno”, haciendo alusión a las raíces prehispánicas de la localidad.


Los temascales de San Isidro
buen suceso: cultura y medicina
de un pueblo tlaxcalteca

Alejandro T. Romero Contreras* y Genoveva Villalobos** *CIRA-UAEM **JB-UNAM

La comunidad náhuatl de San Isidro Buen Suceso, de menos de diez mil habitantes, está situada en la falda occidental del volcán Matlacuéyetl o Malinche, hacia el sureste del estado de Tlaxcala. Dista 35 kilómetros de la capital y su corta extensión, de 3.5 kilómetros cuadrados, presenta un paisaje accidentado con lomeríos, cerros y barrancas, donde sus más de dos mil 700 metros sobre el nivel medio del mar le proporcionan a la comunidad un ambiente con alto contenido de humedad y frescura, así como vientos y sol abrasador. En este pueblo “antes vivía puro mexicano del idioma náhuatl, vivían aquí en su bosque, en la cacería, se dedicaban al carbón, a puro jalar el burrito para otros lugares. Y la mujer en el campo a donde fuera siempre con su cononete en el rebozo o con el ayate del carbón, jalando, como siempre hemos ido, jalando”, dice Doña Ocotlana Arce.

Este paisaje, que gozan y sufren los pobladores de San Isidro, cambia junto con su entorno a lo largo del año. Cambia cuando el pueblo festeja a su santo patrono, San Isidro; también en tiempos de elecciones, cuando propaganda tapiza. Y cambia cuando se construye una nueva casa o se revisten las calles de lujoso adoquín. Pero la transformación física más notable y efímera ocurre cada fin de semana, cuando la comunidad se cubre de una bruma oscura y densa con olor a madera quemada, producida por los hogares encendidos de los numerosos temascales.

La historia de la población de San Isidro es como el fin de semana, nada es transparente ni claro. Como si estuviera cubierta por el manto de humo y vapor procedente de los temascales, sólo se dejan entrever suaves siluetas de historia y cultura cual fantasmas que deambulan de un lugar a otro.

A decir de sus ancianos, la comunidad nació en la segunda década del siglo XX. El nombre original del pueblo era San Isidro Buen Surco y luego cambió a San Isidro Buen Suceso. Las tierras donde habita la gente fueron compradas paulatinamente a los ranchos de Santa María y de Nuestro Señor Jesús, por lo cual todas son propiedad privada. Allí nunca llegó la revolución agraria. Los habitantes de San Isidro se autonombran “mexicopa”, para diferenciarse de sus vecinos, los pobladores de San Miguel Canoa, conocidos como “mazame”, y de los de San Pablo del Monte, a quienes les dicen “coaxepos”.

Es común que el baño de temascal se tome en fin de semana, y de preferencia el sábado. Pasado el mediodía, se enciende la hornilla del temascal, y entonces el pueblo de San Isidro comienza a adquirir un extraño y delicioso aroma a leña quemada y un aire de misterio por la bruma oscura que lo encierra.

La hornilla del temascal es encendida sobre todo por las mujeres; las niñas ayudan acarreando trozos de leña y también están al pendiente de que no se apague la lumbre. Una vez caliente y listo el baño, entran al cuartito por cohortes de edad. Los primeros en bañarse son los niños más pequeños, quienes son atendidos por su mamá. Juegan dentro del temascal y son los que más tiempo tardan en salir, allí conviven y estrechan los lazos afectivos entre hermanitos y como familia; “es como en la hora de la comida, pero más divertido”, dicen los pequeños cocones.

También es común ver grupos de amigos varones entrar juntos al baño, llevan comida y refrescos. En ese orden, continúan las mujeres ancianas ayudadas de alguna nieta; al terminar ellas, entran las mujeres solteras, casi siempre en bloques de dos o tres. Al anochecer, sobre todo los domingos, el temascal se convierte en el lecho amoroso para los matrimonios, quienes guardan con el temascal una relación de intimidad y secreto.

El uso del temascal también está supeditado a alguna enfermedad o procedimiento terapéutico, y varía según el padecimiento que se tenga. El uso medicinal del temascal, su frecuencia de uso, tiempo de estancia y ejercicios en su interior están relacionados con otras prácticas para curar, tales como dietas y cuidados pre y pos baño, es decir, el uso del temascal es siempre parte de un tratamiento largo y complejo, nunca se usa como remedio exclusivo y único. Es en este contexto que las prácticas medicinales del temascal se deben reconocer y apreciar.

Otro hecho cultural es la relación del temascal en San Isidro con la agricultura, la cual recibe en sus tierras los abonos procedentes de la composta hecha con los desechos de origen animal, sobras y desperdicio de comidas, revueltos con la ceniza procedente de los temascales. También es de notar cómo el humo procedente del temascal, al estar cerca de los graneros o tzencatls donde se guarda el maíz, penetra en ellos y actúa como plaguicida y conservador de los granos al fumigar o ahuyentar insectos dañinos.

Finalmente, si bien los hombres son quienes conservan los conocimientos técnicos de la construcción de los temascales y de su buen funcionamiento, son las mujeres las que mantienen en mayor medida los conocimientos medicinales y terapéuticos. Es decir, para la conservación, el funcionamiento y éxito del uso del temascal es necesaria la colaboración de ambos como familia y como cultura. El temascal se adapta así a una forma integral de vida campesina y producción en San Isidro, guardando y conservando uno de los grandes legados, el baño de vapor mexicano.

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