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La ira contra el sistema político podría romper el consenso de Washington: analistas

Sanders y Trump sacuden la contienda en EU impulsados por el desencanto

La gran mayoría no se han beneficiado de políticas económicas y sociales en los últimos 30 años

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Donald Trump y y Bernie Sanders, precandidatos republicano y demócrata, respectivamente, coinciden en su oposición a los tratados de libre comercio, a la guerra en Irak, y critican un sistema político corrupto que obedece a intereses poderosos. Por supuesto, difieren en sus análisis y propuestas: Sanders (imagen derecha) denuncia el abandono de los trabajadores, el racismo institucional y la injusticia económica, mientras el multimillonario emplea su retórica antimigrante y antimusulmana para prometer un regreso a la supuesta grandeza de Estados UnidosFoto Ap
Corresponsal
Periódico La Jornada
Viernes 19 de febrero de 2016, p. 22

Nueva York.

El consenso de Washington, el proyecto neoliberal impuesto sobre el mundo desde los años 80, también fue aplicado dentro de Estados Unidos y la rebelión en su contra que se ha expresado de varias maneras desde Sudámerica hasta partes de África, Grecia, España e Inglaterra ahora se manifiesta en la pugna electoral estadunidense a través de las campañas de los dos precandidatos presidenciales insurgentes Bernie Sanders y Donald Trump.

La cúpula de ambos partidos está alarmada –al igual que sus patrones empresariales– por esta expresión, la cual surge de un hartazgo profundo con el establishment, ya que la gran mayoría de los estadunidenses no se ha beneficiado con las políticas económicas y sociales de los últimos 30 años. Un tercio de los estadunidenses viven en la pobreza, o están al borde de ella, mientras la concentración de la riqueza en el famoso 1 por ciento más rico se ha incrementado a niveles no vistos desde poco antes de la gran depresión.

Algunos de los pensadores más reconocidos –desde los economistas premio Nobel Joseph Stiglitz y Paul Krugman, intelectuales como Noam Chomsky y Gore Vidal, hasta multimillonarios como Warren Buffett, periodistas legendarios como Bill Moyers y hasta el ex presidente Jimmy Carter– han señalado durante los últimos años que Estados Unidos se parece cada vez más a una oligarquía o una plutocracia. Todo fruto de políticas neoliberales en esencia, promovidas por gobiernos de ambos partidos nacionales, impulsadas desde tiempos de Ronald Reagan y aceleradas por Bill Clinton, George W. Bush, Barack Obama.

Las consecuencias socioeconómicas del consenso neoliberal aquí son parecidas en términos relativos a las bien conocidas en países latinoamericanos y alimentan respuestas populares expresadas a través de los dos precandidatos insurgentes que, por ahora, están haciendo temblar al establishment político y económico del país.

Es así como de repente un proclamado socialista democrático, el senador Bernie Sanders, y un populista derechista, el multimillonario Donald Trump, han sacudido esta contienda electoral. Algunas de sus bases son las mismas, sobre todo la clase trabajadora blanca, que ha visto esfumarse todo lo que pensaba que su país había prometido: empleos estables con ingresos de clase media y una vida mejor que la de la generación pasada, y aún mejor para la siguiente, el sueño americano.

Ambos precandidatos coinciden en su oposición a los tratados de libre comercio, a la guerra en Irak, en su defensa de programas como el seguro social, y sus críticas a un sistema político corrupto que obedece a intereses poderosos. Por supuesto, difieren en sus análisis y propuestas de todo esto: Sanders denuncia el abandono de los trabajadores, el racismo institucional –sobre todo en el sistema judicial– y la injusticia económica, mientras Trump emplea su retórica antimigrantes, antimusulmana y posiciones nativistas para prometer un regreso a la supuesta grandeza de Estados Unidos.

Los dos son impulsados por una ola de ira y desencanto popular con ambos partidos, los políticos en general y el consenso a fondo sobre las políticas económicas de esa cúpula política.

En días recientes, algunos analistas contemporáneos influyentes han empezado a señalar que esta contienda electoral no sólo se trata de lo que representa cada precandidato, sino de algo más profundo: un cuestionamiento, y hasta rechazo, general del consenso político y económico de las últimas tres décadas.

Thomas Piketty, el ahora mundialmente famoso economista francés, escribió esta semana que al observar el éxito increíble de Sanders, sobre todo entre jóvenes, estamos atestiguando el fin del ciclo político-ideológico abierto con la victoria de Ronald Reagan en las elecciones de 1980.

Piketty, en un artículo publicado en Le Monde, resume los marcos de la política económica estadunidense; resalta que con la elección de Ronald Reagan se reformó el sistema tributario progresista establecido desde los años 30 para beneficiar a los ricos y se congeló el salario mínimo, todo lo cual los demócratas Bill Clinton y Barack Obama no retaron, lo cual detonó una explosión de desigualdad junto con salarios increíblemente altos para aquellos que podían conseguirlos, como un estancamiento de ingresos para la mayoría de Estados Unidos.

Piketty afirma que el éxito de Sanders hoy día muestra que buena parte de Estados Unidos está cansada de la creciente desigualdad y los llamados cambios políticos, y tiene la intención de resucitar tanto una agenda progresista como la tradición estadunidense de la igualdad, y señala que Hillary Clinton parece estar defendiendo el statu quo, sólo otra heredera más del régimen político Reagan-Clinton-Obama.

El extraordinario observador estadunidense Thomas Frank considera que el rechazo de amplias bases a Clinton no es a ella en sí, sino a toda la cúpula del Partido Demócrata, el cual abandonó las políticas del New Deal durante el periodo en que su esposo ocupó la Casa Blanca. Recuerda, en un artículo en The Guardian, que Bill Clinton declaró obsoletas las políticas de Franklin Roosevelt y se dedicó a promover acuerdos de libre comercio (incluido el TLCAN) en contra del movimiento obrero, promulgó en ley el desmantelamiento de parte del estado de bienestar social y realizó favores singulares al sector financiero, el enemigo histórico del New Deal.

Frank agrega que ese consenso clintoniano es en parte responsable de la creciente desigualdad. Más aún, subraya que hace años el Partido Demócrata buscó sustituir al Republicano como el partido de Wall Street y de otros sectores dinámicos de la economía. Frank concluye que “cambiar lo que representa el Partido Demócrata podría al final requerir nada menos de lo que cierto tipo de Vermont está llamando una ‘revolución política’”.

James Surowiecki, quien escribe sobre asuntos económicos en The New Yorker, resalta que Sanders y Trump están canalizando un disgusto profundo con tres décadas de política económica estadunidense. Agregó que aun si ninguno de ellos gana la nominación, la ansiedad básica a la cual responden está aquí para quedarse.

La insurgencia no llevará a una revolución, pero sí puede que marque un fin al existente orden partidario, que rompa el consenso de Washington dentro de este país y abra un panorama político incierto que potencialmente lleve a cambios en este régimen.

Piketty concluye que ante el fenómeno de la expresión progresista en torno de Sanders, estamos lejos de las profecías sombrías sobre el fin de la historia. Pero vale subrayar también que la sombra de un triunfo de una derecha populista lleve a un cambio no tan bienvenido.