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Argentina: los diputados-taxis
C

omo habíamos previsto, la primera minoría en la Cámara de Diputados (compuesta por 118 bancas, es decir, 98 kirchneristas más sus aliados) se está disolviendo como nieve al sol. Esta semana, 14 legisladores formaron un bloque justicialista separado del Frente para la Victoria kirchnerista y, junto con cuatro gobernadores y decenas de alcaldes del FpV, y unos seis diputados justicialistas disidentes, venden al menudeo su voto y apoyo político a Mauricio Macri a cambio de fondos nacionales. Estos diputados-taxis, que bajan la banderita que ostentan en cuanto les ofrecen un pago, expresan ahora la existencia en el peronismo, desde sus orígenes, de una tendencia conservadora, neoliberal, clericalfascista que también integró Macri en su formación con Carlos Menem, el Salinas de Gortari del Plata.

Por eso, los 18 diputados-taxis del justicialismo no tendrán problemas en sumar sus votos a los 85 macristas y en relegar al FpV al papel de segunda minoría (85 más 18, o sea 103, contra 100). Seguramente el bloque actual del kirchnerismo seguirá disgregándose y el FpV correrá el riesgo de perder la mayoría absoluta de que dispone en la Cámara de Senadores.

La unidad organizativa del aparato estatal peronista (presidencia, gobernadores, senadores, diputados y alcaldes) dependió siempre exclusivamente de las prebendas y los apoyos económicos arbitrarios que otorgaba el primer (o primera) clientelista del país a los barones-mendigos que, a su vez, viven del clientelismo y de lo que les dejan sus feudos.

El peronismo, ni con Perón ni mucho menos después de él, con la forma del kirchnerismo, tuvo doctrina o un corpus de ideas comunes. Se construyó en los dos primeros gobiernos de Perón (1946-1955), mediante la alianza entre un sector de militares nacionalistas de derecha, conservadores, dirigentes socialistas, sindicalistas revolucionarios y anarquistas que le dieron a un coronel, hasta entonces desconocido (Perón), un puente hacia el movimiento obrero que le permitiría contrarrestar la presión de los sectores dominantes y de la expresión de éstos en las fuerzas armadas. Esta alianza militar-sindical tenía como objetivo construir una Argentina capitalista libre de dependencias y, desde el Estado, formar una burguesía nacional independiente de la oligarquía y del imperialismo.

Perón utilizó un movimiento obrero que tenía ideología y dirección capitalista, pero lo temía, se opuso siempre a las huelgas y, cuando tuvo que optar entre armar a los obreros y llamar a los soldados a la insubordinación o escapar del país, prefirió la fuga a poner en peligro el sistema y, como resultado de esa opción de clase, Argentina padeció larguísimas dictaduras militares antiobreras y asesinas. Para controlar desde el exilio una resistencia obrera que se radicalizaba y él no dirigía, recurrió a un partido –el Justicialista– burocrático, derechista y corrupto, que los trabajadores peronistas jamás reconocieron y en varias ocasiones ni siquiera apoyaron con su voto. La inmensa mayoría de los millonarios dirigentes sindicales justicialistas, tal como los líderes de ese partido, sirvieron a todos los patrones y están dispuestos a seguir haciéndolo.

Perón y sus sucesores se basaron siempre en la convicción de que la política es responsabilidad de los vértices estatales, y desde allí desciende como gracia de quienes deciden, los cuales, como Luis IV, proclaman el Estado soy yo, al igual que los neoliberales. Ésa es la razón por la cual existen vasos comunicantes entre la derecha peronista (como Macri y el alcalde de Buenos Aires, Horacio Rodríguez L.), los diputados-taxis y los gobernadores kirchneristas del Opus Dei, también explica la fuga hacia el macrismo de los ex primeros ministros de Cristina Fernández de Kirchner, Alberto Fernández y Sergio Massa, así como el reclutamiento de su vicepresidente, Amado Boudou, en la derecha que apoyó a la dictadura.

La derecha que responde a las grandes trasnacionales y la nacional y popular que quiere defender las ganancias capitalistas, pero se apoya más bien en el mercado interno y en la media industria nacional, comparten los mismos valores y aborrecen la lucha de clases, cuando quienes se movilizan son los trabajadores, mientras apoyan la ofensiva clasista mundial del capitalismo contra éstos. Por lo tanto, nada podrá impedir que el kirchnerismo siga dando tránsfugas al macrismo. Sobre todo cuando en el aparato kirchnerista no se ha hecho la menor crítica por la preparación perfecta del desastre que sufrió, no emite ningún balance ni explicación. La ex presidente –tan locuaz siempre– ahora calla y no encuentra otra forma de resistir que reforzar el Partido Justicialista ha sido un retroceso histórico del progresismo y se inclina hacia la derecha burocrática, corrupta e impotente.

Eso crea desmoralización y deja a los trabajadores kirchneristas y a los sectores pobres de las clases medias huérfanos de dirección y de objetivos políticos. También plantea a la izquierda la necesidad de construir un plan de lucha que no sea solamente defensivo, que refuerce la autorganización y la confianza en sí mismos de las víctimas de la feroz ofensiva de los grandes capitalistas y de su gobierno macrista, y conduzca al derribamiento de éste. O sea, un plan político-sindical que desarrolle la solidaridad y la creatividad obrera, que pase por encima de la burocracia sindical, que es un instrumento del Estado capitalista.

Las consignas en el orden del día son unión en la lucha, autorganización, democracia sindical, pluralismo político, pero sin acallar las diferencias ni dejar de lado la responsabilidad del kirchnerismo en el triunfo de Macri y en esta ofensiva del capital. Si en el curso de las próximas luchas los dirigentes kirchneristas resucitasen, según sea lo que propongan, podrán golpear juntos al macrismo, pero a condición de marchar separados.