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¿La Fiesta en Paz?

La tauromaquia, reflejo y termómetro de donde está inmersa

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Toros bravos con edad y trapío y toreros con personalidad y espíritu de competencia, fueron las columnas que sostuvieron una tauromaquia atractiva y apasionanteFoto Ángel Sainos
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un país prendido con alfileres, con poca sustentación y firmeza, sin compasión por sí mismo, no sólo en el sentido de condolerse o de padecer con, sino de manejar el compás, de fijar dirección y mantener paso y rumbo, inevitablemente corresponde una fiesta de toros con alfileres, al garete, extraviada, a la deriva, no por su esencia sino por la irreverencia de sus actores ante la deidad táurica y su último representante, el toro de lidia auténticamente bravo.

En otros tiempos la originalidad de la fiesta de los toros residía en su ética, antes que en su estética, pues obligaba al hombre a desafiar libremente, con inteligencia, valor, un trapo y una espada, no con una ametralladora de oferta, como en Estados Unidos, las fuerzas ciegas del animal y en ese emocionante desafío intentar combinar la técnica de la lidia con la belleza de una expresión corporal en las suertes.

Desechada la bravura –por criadores, toreros, promotores, autoridades, crítica y públicos–, la tauromaquia se volvió entonces remedo sanguinolento y monótono, con muy eventuales cornadas que ponen en peligro la vida o de plano la quitan. Morir atropellado por un auto o una bicicleta o saliendo de la regadera, no es la búsqueda deliberada y libre, heroica, gratuita y soberbia, de enfrentar la amenaza de un toro bravo, habida cuenta que la muerte, de una manera u otra, es condición inevitable y ordinaria de todo organismo vivo en el planeta, lo maltraten, lo mimen, lo acribillen o se harte.

Panem et circenses, el pan y circo de la antigua Roma, desde entonces obligación de todo sistema político que juega a la democracia y se pretende más o menos habilidoso para mantenerse en el poder, no propiciando la justicia y la dignidad del pueblo, sino facilitando a éste los mínimos para su subsistencia y los máximos para su distracción, devino a mediados del siglo XIX y buena parte del XX pan y toros, precisamente por el enorme auge que alcanzó el espectáculo, sostenido en dos sólidas columnas: la bravura de diferentes encastes y el vivo interés por diferentes personalidades toreras compitiendo. A ello agréguese que los espectáculos de masas escaseaban y que hasta la segunda mitad del pasado siglo apareció la televisión como secretaría sin cartera y aliada incondicional del régimen, y se tendrán otros elementos que inciden en la pérdida gradual de atractivo de la otrora apasionante fiesta brava.

Hoy, a manera de pan, desempleo, escasez de escuelas y universidades, ineptitud, cinismo, megafraudes probados pero impunes, remate petrolero, asesinatos cotidianos, desapariciones e inseguridad, ciudades y poblaciones en estado de sitio o toque de queda virtuales. A manera de circo, ausencia de éstos, pues en su humanismo de opereta el acrobático Partido Verde Ecolopriista logró que los animales desaparezcan del espectáculo circense y regresen no a su hábitat natural–¿quién paga el regreso de tigres a Siberia y de elefantes a África?–, sino a donde, si bien les va, los alimenten hasta su muerte narcos sensitivos, potentados caritativos o zoológicos aburridos.

Más circos están a cargo de una irresponsable programación televisiva y radiofónica en un país urgido de capacitación y conciencia cívica cotidiana, una ineficaz pero millonaria organización deportiva, una incompetente selección nacional de futbol, ah, y una autorregulada fiesta brava sin bravura y, salvo confirmadoras excepciones, sin toreros con personalidad. No durarán mucho estos panes y estos circos.