Opinión
Ver día anteriorDomingo 10 de enero de 2016Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Mar de Historias

Espejos

I

C

omo empleada en el salón de baile, entre otras actividades, Dalia lleva años limpiando el baño y puliendo el mismo espejo. Al verse reflejada en él siente la tentación de analizar su imagen. Enseguida descubre nuevas huellas que el tiempo ha dejado en su cara. Desalentada, las remarca con la punta de sus dedos.

Le gustaría borrar las líneas de la frente, los párpados, el cuello y el contorno de los labios, donde forman una especie de código de barras. Comprende que su anhelo es imposible y que nunca se verá como antes, a menos de que se someta a una de esas intervenciones maravillosas que hacen desaparecer las arrugas como por arte de magia.

Lo sabe por las conversaciones de las mujeres que en los descansos de la orquesta entran al baño para retocarse el maquillaje. Dalia las ha oído decir que las operaciones de cirugía plástica no toman mucho tiempo. Uno entra al quirófano el viernes, al salir del trabajo, y el domingo vuelve a su casa bien planchadita.

II

Dalia estira la piel de los pómulos hacia arriba. Luego sienta la barbilla en el dorso de sus manos. Con que el bisturí tocara esos dos puntos ella se vería como de veinticinco años. Quitarse diez justifica cualquier sacrificio; entre otros, dejar de comprarse cosméticos y de asistir a todas las baratas.

Tiene derecho a verse bien y aspirar a que Fabián, el jefe de seguridad, vuelva a interesarse en ella. Cuando él llegó a trabajar al salón de baile, con cualquier pretexto le hacía plática y la miraba de una manera especial; pero de un tiempo a esta parte apenas la saluda, y si le habla es para pedirle algún favor o darle órdenes. No es justo ni es lo que ella quiere: acción, como dice Rebeca, la encargada del guardarropa.

Imaginarse en la cama con Fabián le acelera el pulso y le abrillanta los ojos. Como si estuviera posando ante una cámara, Dalia se humedece los labios y se ordena el cabello crespo. Ya no le gusta tenerlo así, y además están de moda las melenas alaciadas. Podría permitirse ese cambio en cualquier momento y sin demasiado gasto.

Esta mañana, al pasar frente al salón de belleza junto al supermercado, vio un anuncio: ¡Oferta de Año Nuevo! Alaciado: sesenta pesos. Uñas: ciento veinte. Hace una suma mental y considera que puede gastar esa cantidad en su persona, aunque quizá sería mejor usarla para alguna de las muchas reparaciones que hacen falta en su casa.

Dalia piensa que esa palabra –casa– resulta demasiado grande para las dos habitaciones que comparte con siete personas: dos tíos, cuatro primos y Mercedes, la vecina que llegó allí para refugiarse contra la violencia de su esposo mientras él se calmaba. De eso ha pasado un mes y la mujer sigue allí, tarareando canciones y suspirando.

Al recordar la escena Dalia siente asfixia. La sensación no es nueva. Hace mucho tiempo sueña con alquilar un cuarto donde pueda hacer lo que le dé la gana: sobarse los pies, oír la música que le gusta, quedarse en silencio o andar desnuda sin temor a que su tío Daniel la mire con sus ojos gelatinosos y supurantes.

Aunque nadie la viera, la posibilidad de estar desnuda la cohíbe. Dalia palpa sus senos y su vientre flácidos. Reconoce que también le gustaría tener otra figura. Lo ha conversado con Rebeca y ella le ha dicho que puede lograrlo sin necesidad de pasarse horas en un gimnasio. Bastará con que se anime a ponerse una de esas prendas de control que disminuyen tallas porque aplanan, levantan y separan. Rebeca le dijo que su hermana Leticia las usa y tiene a Jairo vuelto loco: a todas horas la elogia y no hay noche que no le haga los honores. La cosa va tan bien que ya hasta quiere casarse con ella.

Dalia hizo una serie de cálculos mentales que la llevaron a la pregunta inevitable: Y cuando se van a dormir, ¿cómo le hace tu hermana para que Jairo no se dé cuenta de que ella tiene una figura cuando está vestida y otra muy distinta cuando... Leticia no necesita preocuparse por eso: cuando ella y Jairo se van a la cama él casi siempre está borracho y no se da cuenta de nada.

Ahora que está decidida al cambio, Dalia considera la posibilidad de usar la ropa interior que le devuelva la figura que tenía antes. Sin embargo, por el momento le parece mucho más importante arreglarse la cara. Esa se la ve todo el mundo; en cambio, el cuerpo... De nuevo se estira la piel de los pómulos. Imaginar la expresión de Fabián cuando la vea rejuvenecida le arranca lágrimas; pero enseguida frena sus sentimientos: ¡Estoy loca!, dice, y vuelve a pulir el espejo.

Al remprender su trabajo y quedar otra vez atrapada en su reflejo, Dalia advierte lo mucho que se parece a su madre en la forma de los ojos, los labios, el cabello crespo y hasta en la manera de envejecer: tiene las mismas arrugas que ella tenía en la frente, los párpados, las comisuras de los labios. Si llega a someterse a la operación y alaciarse el cabello se borrará para siempre la semejanza con su madre.

Se abre la puerta del baño y aparece Rebeca: Mujer, ¿qué haces? Llevas horas limpiando el baño y ya empezó a llegar la gente. Apúrale para que me ayudes. En cuanto Rebeca se aleja, Dalia habla con su imagen: No tengo por qué cambiar. Si Fabián va a interesarse en mí tiene que aceptarme como soy, ¿no te parece? Desde el fondo del espejo le responde la sonrisa de su madre.