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La oscura narradora del horror de Vichy
L

a misteriosa Françoise: así llaman ahora los escritores franceses a la joven librera judía nacida en Polonia que escribió un libro igualmente misterioso sobre su huida de los nazis, las fuerzas de Pétain y la milicia en la Francia de Vichy después de 1940, y sobre su desesperado y exitoso intento de escapar de los trenes que deportaban a los judíos a Auschwitz y refugiarse en Suiza.

Describir el libro como poderoso es un insulto a Françoise Frenkel. Su prosa, abrupta y estremecedora, es delicada al mismo tiempo: crueldad y belleza combinada en apenas 250 páginas, la malignidad de la Alemania nazi –tanto su efecto canceroso como las reacciones heroicas en una Francia a punto de ser ocupada–, un terror constante soplando en la espalda.

Es fácil comparar el libro de Frenkel con la épica tolstoiana jamás completada de la ocupación alemana escrita por Irène Némirovsky, judía nacida en Rusia que, a diferencia de Frenkel, fue enviada a morir en Auschwitz en 1942. Su Suite francesa está hoy impresa en muchas lenguas y reconocida como una obra maestra de la literatura del siglo XX. Por desgracia, el emocionante y doloroso relato de las peripecias de Frenkel –ya los franceses lo llaman la Fuite Française (la huida francesa)–, pasó los 70 años anteriores en la oscuridad, tan misterioso como la vida de la autora.

Se sabe que murió en Niza el 18 de enero de 1975, pero no existen fotografías ni cartas. Sólo permanece su libro, que ella tituló Rien où poser sa tête (Ni un lugar donde posar la cabeza), publicado primero en una minúscula edición en Ginebra en septiembre de 1945 –sólo recibió una breve reseña en una publicación feminista suiza del año siguiente– y apenas redescubierto en un ático del sur de Francia en 2010.

Los nuevos editores del libro, Gallimard de París, señalan que no pueden siquiera rastrear herederos legítimos de Frenkel. Pero mucho más misteriosa es la completa ausencia en esas páginas de su marido, Simon Raichenstein, quien fue detenido en una redada de la policía francesa en París en 1942, enviado al campo de Drancy el 24 de ese mes y muerto en Auschwitz el 19 de agosto de ese año. El libro cubre ese periodo con gran detalle, pero no hay mención de él.

Una semana exacta después del asesinato de Simon –del que Frenkel no pudo enterarse en ese momento, aunque sin duda supo de su arresto el mes anterior–, ella describe casi con desenfado su vida precaria de judía perseguida en Niza: El 26 de julio, como de costumbre, hacía mis compras de víveres. Pese a ser tan temprano hacía calor, pero me asombró ver tan poca gente en el mercado. Cuando terminé, fui a mi hotel sin hacer ruido, pero al dar vuelta a la esquina de mi casa levanté la vista como de costumbre para saludar a mi vecina vienesa. Esa mañana no estaba allí. En un balcón del tercer piso vi a un paisano polaco, el señor Sigismond. Con los dos brazos me hizo una señal de advertencia. Creí que se hacía el gracioso, pero pronto me di cuenta de que se dirigía a mí.

Frenkel sigue la dirección que indican las manos, da vuelta en la siguiente esquina y encuentra a la policía de Vichy y camiones. “Luego llegaron policías empujando o sosteniendo en brazos a hombres, mujeres y niños. ‘¿Qué pasa?’, pregunté al chofer de una camioneta. ‘Están escogiendo a los judíos’, dijeron varias voces al mismo tiempo.” Frenkel se aleja, caminando mecánicamente hacia el mar; luego se sienta en una banca frente al Mediterráneo con su cesto de comida a sus pies, hundida en sus pensamientos. Incluso regresa a la peligrosa calle llena de gendarmes –los lectores deben contener el aliento– y la asalta una sensación de desquiciado heroísmo y absoluto fracaso a la vez. “Por un momento sentí la tentación de correr hacia la multitud y gritar: ‘¡Llévenme a mí también, soy una de ellos!’ Una sensación de intensa felicidad me inundó ante este pensamiento de solidaridad y abnegación. Pero la fría lógica se impuso. ¿De qué serviría semejante sacrificio? ¿Qué cambiaría? ¿Qué beneficio tendría? El instinto de conservación me dominó. La amargura de esa verdad pesa mucho sobre mí en este instante y seguirá haciéndolo hasta el fin de mis días.”

¿Escribía Frenkel tres años después, cuando debió haber sabido del destino de Simon, para absolverse de la muerte de su marido? A menudo se refiere a su familia, algunos de cuyos miembros estaban en la Bélgica ocupada, pero nunca específicamente a Simon.

Desde las primeras páginas, cuando Françoise, entonces de 32 años, abre una librería francesa en Berlín, después de la Primera Guerra Mundial, sabemos que Simon está con ella. También sabemos que en noviembre de 1933, 10 meses después de que Hitler llegó al poder en Alemania, Simon se exilió en Francia y dejó a su esposa a enfrentar sola las cada vez más opresivas restricciones de los nazis en los seis años siguientes. Ella misma huyó a París unos días antes de que estallara la Segunda Guerra Mundial. Una vez más, no hay una palabra sobre Simon en su libro. Ella debió verlo en París. Antes de que el ejército alemán llegara a la ciudad, en 1940, ella vuelve a escapar, esta vez al sur de Francia. ¿Viajó Simon con ella, sólo para regresar –fatalmente– a París ocupada por los alemanes? Una vez más, no sabemos, y tal vez nunca sabremos.

Patrick Modiano, premio Nobel de Literatura que escribió el prólogo a la nueva edición de Rien où poser sa tête, ha dicho que si Françoise Frenkel no hubiera existido, él habría escrito una novela sobre ella. La singularidad de su libro, dijo, residía en que la autora no podía ser identificada con precisión. Prefiero no saber qué aspecto tenía Françoise Frenkel, ni los sucesos de su vida después de la guerra, ni la fecha de su muerte, dijo. Así su libro vivirá conmigo para siempre, como la carta de una persona desconocida, una pieza olvidada de correo que se recibe por error, al parecer, pero que uno estaba quizá destinado a recibir.

Es una reacción romántica al libro, pero me temo que no es razonable. En el mundo disparatado de los negadores del Holocausto, no es difícil ver cómo los antisemitas podrían sacar partido del escaso conocimiento sobre la vida de Frenkel. Sin embargo, los hechos básicos de su precaria existencia en la Francia de Vichy son accesibles: el hotel Arche de Noe, en el que vivió (y se ocultó) de febrero de 1941 al 26 de agosto de 1942 –el día que el señor Sigismund le salvó la vida al hacerle la señal de advertencia– aún existe (ahora se llama La Roserie); su casa de seguridad en el 12 de la rue Saint-Philippe (Marius, Salon de Coiffure) aparece impresa en el directorio telefónico de 1941. Y tenemos el documento del gobierno alemán de 1959 que muestra que, en el Berlín de posguerra, ella recibió 4 mil 500 marcos alemanes en compensación por su propiedad personal en París, saqueada por la Gestapo en 1942 (el documento de decomiso de la Gestapo, gracias a la característica minuciosidad teutona, estaba también en archivo y fue recuperado).

Pero su propio relato bellamente escrito de su temor y su ingenio en la Francia de Vichy es prueba suficiente de la veracidad de su libro, de su existencia, su dolor y el miedo a la traición que le quemaba las entrañas. Françoise Frenkel lucha contra un mundo de burocracia fascista; su salvoconducto francés –concedido en 1939, en parte por sus servicios a la literatura francesa en el Berlín anterior a la guerra– es invalidado por el régimen de Vichy, y ella arranca a la policía nuevos documentos de identidad que no mencionan –al principio– su judaísmo. Tres veces intenta llegar a Suiza, es capturada por los franceses –también hay personal militar alemán en la frontera– y sólo consigue abrirse paso hacia Suiza bajo fuego, rueda por una colina, entre la nieve y el temor, hasta caer en brazos de un joven soldado suizo; su visa suiza aún es válida… por poco.

Cualquier árabe que haya soportado la tortura de la burocracia dictatorial en Medio Oriente debe entender el terrible interrogatorio de Frenkel –la arrogancia y ocasional amabilidad de los oficiales franceses– al buscar otros documentos de identidad para mantenerse viva y libre. Y los refugiados que hoy arriesgan la vida en el mar Egeo para llegar a Europa comprenderían sin duda su alivio al yacer en la nieve junto a la alambrada de la frontera y escuchar decir al soldado suizo: Levántese, madame, no está herida. Vea, está en Suiza.

Frenkel nunca desespera de la humanidad. Escribe con piedad y disgusto acerca de los franceses que la traicionarían, y con amor y calidez de la gente de Saboya, decidida a salvarla. Una pareja dueña de un restaurante arriesga la vida varias veces para protegerla y arrancarla de las manos de las autoridades de Vichy. Resulta notable que al ser capturada y llevada ante un tribunal francés por intentar cruzar a Suiza –la ironía, claro, es que se habrían alegrado de verla cruzar la frontera en camino a Auschwitz–, Frenkel escribe con agonía no sobre sí misma, sino sobre un judío que enfrenta al mismo juez.

El hombre fue capturado en el camino a Suiza: mató a su esposa en un pacto suicida cuando los arrestaron, pero sólo pudo herirse a sí mismo. Sin embargo, cuando la policía francesa intentó llevarlo al hospital más cercano, el alcalde local se negó a que un judío fuera tratado por las autoridades médicas de la ciudad. Fue llevado en carreta muchos kilómetros más para recibir tratamiento. Los abogados persuadieron al juez de que el pobre ya había sufrido bastante y fue liberado.

Y entre ese tormento, Frenkel escribe sobre la brillantez de la nieve, el resplandor del sol entre los árboles del sur de Francia y la magnificencia de las murallas medievales y las calles de aldeas remotas donde busca refugio. Hay momentos en que los párrafos del libro podrían servir en una moderna guía de turistas de la campiña de Niza, Annecy y Avignon. Pero el terror de la deportación se alza como un manto sobre los judíos que se esconden en la Francia de Vichy.

Al continuar las redadas de judíos, Frenkel escribe: “El número de los que huían se redujo mucho. Cansados por la dura prueba, debilitados por su largo ocultamiento y por la apatía que el mismo indujo en ellos, los refugiados perdieron toda su energía. Evitar el arresto se volvió una empresa tan ingente que ya no parecía valer la pena. Se resignaron a esperar pasivamente su destino, renunciando tanto a sus planes como a la esperanza. Unos cuantos valientes –sobre todo los jóvenes– prefirieron confrontar por sus propios medios el peligro que los aguardaba. Partían llevando armas o –en caso de fracasar– suficiente veneno para matarse si los arrestaban”.

No es extraño que el libro de Frenkel sea a la vez apasionado y amargo: también es un recuento literario de la locura humana, escrito por una mujer que amó la literatura francesa toda su vida. Estudió en la Sorbona, estuvo de interna en una librería francesa y luego decidió dedicar sus años a leer y vender libros franceses. Recuerda que entre los visitantes a su librería en Berlín estaban Henri Barbusse, Colette, André Gide y André Maurois.

Es probable que estuviera familiarizada con las primeras novelas de Irène Némirovsky, pero, como Suite Française apenas fue leída por primera vez en manuscrito por Denise, la hija de Némirovsky, en 1975, no podría haber conocido su obra más importante.

Némirovsky fue deportada a Auschwitz y murió en la cámara de gas el 17 de agosto de 1942, dos días antes de que Simon, el marido de Frenkel, fuera ejecutado en el mismo campo de exterminio. El esposo de Némirovsky murió en Auschwitz menos de dos meses después. Sus pequeñas hijas, Denise y Elizabeth, sobrevivieron ocultas por un profesor francés local. En Suite Française, una francesa se enamora por breve tiempo de un soldado alemán. Ningún sentimiento semejante aparece en el libro de Frenkel.

No mucho después de la publicación de Suite Française, escribí acerca de ese libro extraordinario en The Independent: “Némirovsky quería que fuese una versión moderna de La guerra y la paz”. Y hace nueve años recibí una gentil carta de su hija Denise Epstein, ya mayor. Permítame presentarme, escribió. Soy la hija de Irène Némirovsky y quería agradecerle haber hablado tan bien de mi madre. Denise reprendió a un funcionario de la embajada francesa en Beirut que, aunque parezca increíble, me había llamado la atención por escribir sobre el trato dado por los franceses a los judíos durante la Segunda Guerra Mundial.

“Este libro (Suite Française) causó sin duda cierto despertar de conciencias, pero… me doy cuenta de que la memoria se diluye con facilidad y eso abre la puerta a otras masacres de inocentes, cualquiera que sea su origen… Ahora tengo 77 años y sin embargo vivo cada día con el peso de ese pasado en los hombros, suavizado por la felicidad de ver revivir la memoria de mis padres, y, así como ellos, espero que reviva la de todos aquellos de los que ya nadie habla.”

Creo que Denise hubiera querido leer el libro de Françoise Frenkel, pero falleció hace casi tres años. Rien où poser sa tête es el contrapunto a la brillantez de su madre.

© The Independent

Traducción: Jorge Anaya