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El segundo nivel de la Escuelita Zapatista
L

os estudiantes de la Escuelita Zapatista que esperan pasar al segundo nivel tuvieron acceso a un video de más de tres horas de duración, en el que se muestra, en una parte significativa, la historia menos conocida del EZLN: la de los años previos al levantamiento de 1994. Este memorable documento fílmico, que ofrece una lección extraordinaria de cómo organizarse en las condiciones más adversas, se inicia con una introducción del subcomandante insurgente Moisés, actual vocero de esa organización político-militar, a la que siguen alrededor de 30 intervenciones de los y las responsables locales, provenientes de los cinco caracoles zapatistas.

En estos testimonios se dan a conocer, de viva voz y en las varias lenguas de los pueblos, las vicisitudes del trabajo clandestino desde los años cruciales de 1983 y 1984; el lento y tortuoso proceso de toma de conciencia, explicando eso de las 13 demandas, la explotación, el capitalismo, el imperialismo, el Estado burgués, la crítica y la autocrítica; se habla de los primeros reclutamientos, de las formas de comunicación en el sigilo y la discreción, reuniéndose en la milpa o en el cafetal, en la montaña, evitando las carreteras transitadas, caminando por las brechas (picadas), de noche, muchas veces lloviendo, aguantando hambre, lodo, frío y calor, todo por la lucha.

Se detallan las normas de seguridad para no delatar la presencia de la organización en ciernes, incluyendo la compartimentación con familias, vecinos y amigos, quemando los apuntes para que el enemigo no supiera de nosotros; rememoran los sacrificios y afanes de los primeros militantes, de las iniciales deserciones y traiciones de los rajados, así como de los compas que siguen firmes en la lucha; se describen las tareas de los responsables locales y regionales a lo largo de los años, así como los sacrificios y las condiciones en que tiene lugar la preparación militar de los insurgentes y milicianos. Se buscaban los lugares seguros para los entrenamientos y, paralelamente, los propios militantes compraban sus armas, machetes, botas, hamacas, uniformes y baterías; se hacían reservas, pues no sabían cuánto tiempo duraría la guerra. Se puso una panadería, una sastrería, más tarde, una radio. Para esto se cooperaban entre las bases de apoyo y se hacían trabajos colectivos; se asumía la rebelión como una gran tarea de todos y todas, mientras los insurgentes daban entrenamiento a los milicianos y, en medio de todo este ajetreo, que finalmente llevó al levantamiento de 1994, había tiempo para levantarse el ánimo, sobre todo al darse cuenta de que cada día eran más los convencidos, de que había concentraciones de miles, con quienes se integraban los pelotones, batallones y regimientos de lo que sería el Ejército Zapatista de Liberación Nacional. Con los voceros zonales y regionales se integró el Comité Revolucionario Indígena. En todos estos esfuerzos organizativos se seguía el método del compañerismo y la unidad, la información y formación, la economía de recursos destinados a la movilización. Cuando llegaban los insurgentes armados y uniformados a un poblado, se hacían fiestas de bienvenida con marimba y baile.

En las exposiciones se identifican valores y cualidades de los eventuales miembros de la organización, esto es, se escogía a quien hablaba bien, mostraba puntualidad, disciplina y cumplimiento de los trabajos, sin adicciones, con una conducta intachable y, sobre todo, que no tuvieran contacto con el gobierno y los finqueros. De éstos, se eligió a los mejores para ser responsables locales y regionales. En estos años se van forjando los principios básicos de la organización: no rendirse, no venderse, no claudicar, no engañar a las bases.

Resulta muy aleccionador lo referente al trabajo de las mujeres en la organización guerrillera: sus primeras incorporaciones a las tareas periféricas en el inicio, y su paso hacia cargos y quehaceres de mayor responsabilidad, incluyendo los relacionadas directamente con la guerra que se preparaba, esto es, como milicianas e insurgentas. En la consulta de 1993 para decidir el inicio de la guerra, ellas también firmaron el acuerdo, prepararon el alimento para milicianos y milicianas que marcharon al frente; incluso, se da a conocer una acción militar en una pista de aterrizaje de aviones, en la que las mujeres derribaron la antena y expropiaron un radiotransmisor. Ahora, con mucho orgullo, afirman que han aprendido mucho: que son agentas, comisariadas, parteras y promotoras de salud, responsables de educación, integrantes de los gobiernos autónomos, comandantas y, sobre todo, seres humanos autosuficientes con derechos respaldados por la Ley Revolucionaria de las Mujeres. Sostienen que la lucha nunca va a terminar porque el pinche mal gobierno siempre nos va a traicionar.

También es interesante escuchar los relatos de cómo el EZLN combinó las formas de lucha antes del levantamiento, con organizaciones abiertas que respondían a su comandancia, una de las cuales derribó la estatua de Mazariegos el 12 de octubre de 1992, en lo que fue la airada protesta de los pueblos indígenas en contra de la celebración de la invasión de nuestro continente y, paralelamente, un ensayo general de la toma de San Cristóbal de las Casas en 1994.

Se trasluce el cariño y el orgullo por la organización, por la historia que sus protagonistas van desenredando, cada quien a su modo, desde su vivencia particular y en sus formas propias de expresión oral. Afirman que nunca se darán por vencidos, que los zapatistas, a 20 años de la declaración de guerra, tienen sus gobiernos autónomos, sin depender del mal gobierno, y que este futuro que están construyendo es para siempre.

Concluyen señalando que el curso del segundo nivel de la Escuelita Zapatista lo prepararon con mucho amor, y a partir de un compromiso con el pueblo de México, con los millones de mexicanos y mexicanas, a quienes entregan esta semilla de organización y resistencia.