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A la mitad del foro

Desastre del desconcierto

D

e la Europa del milagro, de la esperanza recuperada con la reunificación de Alemania y la visión de Estado de Francia bajo el gobierno de François Mitterrand; de la Unión Europea que parecía cerrar las compuertas del infierno de las guerras y las incesantes invasiones, nos llega la imagen viva del pasado, ajeno a toda visión de pecado original o ambiciones territoriales: el andar angustioso de las multitudes nómadas; la sombra de los desplazados al concluir la Segunda Guerra Mundial, de la huida de los pueblos de la órbita soviética al volver los tanques libertadores como símbolo de la inutilidad del aislamiento de la realidad. Y ahora en la cinta instantánea y constante de la comunicación digital, la invasión de los nómadas que huyen de la guerra y del hambre.

Son ilegales en tránsito a la Alemania que pareciera ofrecer alivio sin recurrir a los campos de concentración, tanto da que fueran los ingleses en el África o los del nazismo con el que Auschwitz trastornó y trastrocó la racionalidad para dejarnos la pesadilla de la culpa de los sobrevivientes y la vileza del ayuntamiento del mal y la virtud. Miles, decenas de miles se hacen a la mar, navegan el desierto, en busca de refugio, de la esperanza de dejar atrás las matanzas de guerras en las que se confunden las furias dogmáticas del siglo XI y la avaricia de la acumulación de capital, del poder que está en las riquezas del subsuelo y no únicamente en la visión maoísta de la mira de un fusil. O de los misiles que cruzan los cielos del Oriente Medio, el de la estrella de Belén y los astros cuyos movimientos estudiaban los sabios desde Al Andaluz hasta Bagdad.

Son los mismos nómadas de siempre. Los que huyen del hambre o de la guerra. Son como los mexicanos y los centroamericanos que se atreven, que cruzan el territorio salvaje y violento de nuestra impunidad criminal, de la corrupción, el desprecio de los de arriba: y que ocasionalmente encuentran el milagro de la solidaridad en el pan que les ofrecen mujeres como las veracruzanas que en estos días recibirán el homenaje oficial que nunca tendrá tanto valor como el reconocimiento de los hermanos que extendían las manos desde los carros del ferrocarril al que subían para acercarse a la frontera norte, al sueño de trabajo digno y salario suficiente como para enviar algo a casa. Tanto que ya supera el monto de dólares que nos llegan de la venta del petróleo.

Y no porque el régimen celebre los primeros contratos petroleros con empresas privadas; el festejo del dinero que no tiene patria, según los cuentos del capitalismo para menores de edad, narrados por los que acumulan el capital y no pierden nunca, ni en el negocio de riesgos que es la exploración y explotación del petróleo. Del norte al que aspiran llegar nuestros nómadas, llegan noticias del desconcierto y la desconfianza a los que se refirió abiertamente Enrique Peña Nieto en el mensaje al vacío que gracias a la transición democrática suple al Informe a la nación, reducido a escrito entregado en los corredores del Congreso de la Unión. Ni un paso atrás. Salvo que hubiera otro vuelco y la segunda alternancia fuera fugaz.

Sepan cuantos... La reforma energética es una reforma constitucional que requirió el voto de mayoría calificada, de 66 por ciento de los legisladores presentes en la hora de votar, del voto igualmente mayoritario de los congresos locales de los estados de la República. Y hubo ambos en la reforma cuyos primeros frutos, pequeños, se diría que insignificantes, alentaron al secretario de Energía, Pedro Joaquín Coldwell, a cantar la palinodia a los veneros de petróleo que nos escrituró el diablo: Con la firma de estos contratos se vuelve patente la participación de empresas privadas luego de casi ocho décadas. Eso y el añadido de inversión y experiencia de los herederos de El Águila y de Dohenny el cruel. Pero el desconcierto que viene del otro lado es por el miedo a que la Fed, la banca central de Estados Unidos, aumente las tasas de interés, aunque el alza la paguen los pobres de allá, que son cada vez más.

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Las Patronas, mujeres veracruzanas que desde hace 20 años ofrecen comida a migrantes que viajan en La Bestia, fueron nominadas al Premio Princesa de Asturias, que ganó la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios, por su labor en ÁfricaFoto La Jornada

Habría que dejar eso para otra ocasión. Más propicia que la hora del éxodo del Medio Oriente y la marcha multitudinaria de la miseria nómada que todo arriesga y es declarada ilegal por el gobierno de Hungría, de la tierra de la que huyeron miles, decenas de miles en 1956 y 1957 que vieron el regreso, amenazante esta vez, de los tanques soviéticos que los habían liberado del yugo nazi. No hay ser humano que sea ilegal, dijo algún sabio en estos amargos días. Alemania y Francia acuerdan presentar una iniciativa que imponga a todos los integrantes de la Unión Europea una cuota de esos seres humanos. Ha de ser, tendrá que ser, tanto para los que huyen de la guerra como para los que huyen de la miseria, del hambre y la desesperanza.

Al otro lado del río Bravo, Donald Trump, el ignaro multimillonario de las quiebras como instrumento capitalizador, se alinea entre los aspirantes del Partido Republicano a la candidatura presidencial y grita el exabrupto de la estulticia: Todos son ilegales; los mexicanos, el gobierno mexicano, asegura, envían a la tierra de la libertad a violadores y asesinos. Aunque los nacidos en Estados Unidos de América son ciudadanos norteamericanos, dicen allá, por ese solo hecho; a Donald Trump, el comprador de talentos, le han dicho sus expertos juristas que no es así. ¿Para qué perder el tiempo con el Ius solis y Ius sanguinis? Lo dice uno de los triunfadores en la expoliación, en la acumulación de capital: la desigualdad es la desigualdad.

Y añade la sabiduría Trump que los del gobierno de México son muy listos, más listos que los gobernantes de allá. Lo que nos trae de nuevo a las vueltas a la noria; al desconcierto y la desconfianza. Vengan de allá o sean producto netamente nacional, resultado de la distancia entre gobernantes y los ciudadanos que les dieron el voto, el mandato; consecuencia de la pasmosa levedad con la que se atendió a asuntos tan graves como el crimen de lesa humanidad de Ayotzinapa; resultado de la frivolidad inicial con la que se intentó dar respuesta a las denuncias de las casas producto de conflictos de intereses, del acuerdo amistoso, cómplice dirán los endemoniados de las redes de comunicación social, entre funcionarios y contratistas.

O el ser muy listos, demasiado listos, en la integración o desintegración de una política de comunicación social, que minimiza la información en espots y reduce a la prensa escrita a reproductor de notas rojas como notas políticas; al festín de la prensa del corazón, de imágenes de belleza y riqueza impolutas. En el manifiesto de medio sexenio, Enrique Peña Nieto expuso claramente que se ha generado desconfianza del pueblo en los gobernantes. Lo grave es que el desconcierto genera también desconfianza en las instituciones. El nuestro es un régimen presidencialista. No es un mal endémico.

Hoy, en la Unión Europea, fuente y origen de la racionalidad, del gobierno parlamentario, de las luces que dieron paso a la revolución de libertad, igualdad, fraternidad: el éxodo; la fuga desesperada de pueblos nómadas; el horror de imágenes que han movido a tantos a la solidaridad nos obliga a reconocer nuestro propio deambular de la miseria, del hambre, del miedo. A enfrentar y resolver la desigualdad. O a la marcha sonámbula de suicidas.

Francis Bacon nos recuerda en De Imperio: Timón de Atenas, conocido como el Misántropo, anunció que ya que iba a cortar un árbol de su jardín en el que muchos se habían colgado, los presuntos suicidas deberían usarlo de inmediato.