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El escritor colombiano presenta su novela más reciente, El año del verano que nunca llegó

Más que entretener, la literatura explora el corazón: Ospina

Su oficio es una forma de supervivencia humana, donde la ficción es el nervio más profundo, sostiene

Dice que seguimos preguntando lo mismo que Shelley o Byron, pero con más angustia, porque estamos a las puertas del nacimiento de robots creados para no dejarse desprogramar

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Sobre la falta de grandes propósitos de la humanidad, el también poeta y ensayista afirma que la naturaleza misma, que era nuestro lugar de reserva, de sacralidad, se va volviendo una sórdida bodega de recursosFoto Jesús Villaseca
 
Periódico La Jornada
Lunes 17 de agosto de 2015, p. 6

Para el escritor William Ospina (Tolima, Colombia 1954), la literatura se ha nutrido constantemente de los miedos. Más que una rama especializada del entretenimiento, la literatura es una manera de explorar el corazón de los seres humanos, y la ficción el nervio más profundo de la realidad, asegura.

Ospina acaba de publicar su novela El año del verano que nunca llegó, en el que se adentra en la historia de los escritores románticos Lord Byron, Percy Bysshe Shelley, Mary Shelley y John William Polidori, entre otros, quienes se reunieron en 1816 en la Villa Diodati, en Suiza, de donde surgieron personajes como Frankenstein.

En entrevista, afirma que siempre ha sentido inclinación hacia la poesía romántica, por lo que fue fascinante escribir la novela, en la que confluyen su interés por los conflictos entre la razón y la pasión en la era romántica, y su fascinación por la ciencia ficción, el cambio climático, la ingeniería genética y la robótica.

En mí han estado desde hace mucho tiempo las preguntas: ¿qué estamos haciendo por la naturaleza? ¿Seremos capaces de mantener nuestra aventura humana sin destruir el mundo que habitamos?, cuenta el autor del libro editado por Random House, el cual reúne varios hechos literarios.

Ospina, quien para escribir El año del verano que nunca llegó se guió por la intuición, señala que a veces se hacen novelas que muestran la mezcla entre realidad y escritura, y que muchos miedos de la vida cotidiana fueron engendrados por la literatura.

Percibo que las preguntas de nuestra época son aquellas que comprometen el racionalismo, la ilustración, el romanticismo; que lo que hoy son pesadillas fueron fábulas que soñaron nuestros mayores hace unos siglos. Que la historia de la creatura que se rebela contra su creador, que podemos ver ahora en una película, es la historia de Frankenstein o de Prometeo, que asume ropajes nuevos; seguimos interrogándonos las mismas cosas y tal vez con más angustia, porque estamos a las puertas del nacimiento de robots programados para no dejarse desprogramar, explica el escritor, premio Rómulo Gallegos 2009.

En su novela, Ospina relaciona la erupción del volcán Tambora, en Indonesia, con el romanticismo y la revolución industrial, pues considera que la literatura no es un adorno, sino un instrumento profundo de supervivencia de la humanidad.

Recordó a autores como Thomas Mann, James Joyce, Robert Musil y Marcel Proust, quienes se dedicaron a tejer la filigrana de la vida cotidiana, porque la labor del arte en ese momento era devolvernos la memoria perdida, recuperar ese mundo que ya había sido destruido por la guerra.

El autor de numerosos libros de poesía y ensayo asevera que vivimos una era de desintegraciones. Sostiene que aunque en estos momentos no existe una guerra mundial, sí hay una violencia instalada de manera eficaz. “La violencia se apodera del mundo y asume la forma atroz de los fundamentalismos, de las mafias; de manera más secreta está en la corrupción que corroe a las instituciones en todos los países.

La violencia es tan poderosa como la guerra, pero mucho más insidiosa, más sutil, y exige de nosotros respuestas más sutiles también.

Para Ospina el monstruo que impera en la actualidad es “el nihilismo, es decir, nada importa nada, nada vale nada. No hay sueños altos de una humanidad generosa, no hay grandes propósitos, no hay grandes verdades y no hay cosas sagradas, divinas.

Todo está ahí, hecho para convertirse en objeto de pequeñas codicias y de pequeños saqueos; la naturaleza misma, que era nuestro lugar de reserva, de sacralidad, se va volviendo una sórdida bodega de recursos.

El año del verano que nunca llegó, de William Ospina, se presentó hace unos días en la librería Mauricio Achar, que se ubica en Miguel Ángel de Quevedo, Coyoacán.