18 de julio de 2015     Número 94

Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER

Suplemento Informativo de La Jornada

Puebla - Sonora

Contratistas y enganchadores: viejas y nuevas formas de intermediación

Kim Sánchez Saldaña Universidad Autónoma del Estado de México


FOTO: Joseph Sorrentino

Enrique trabaja para un contratista que ofrece cuadrillas de jornaleros a las empresas sonorenses productoras de uva de mesa, para tareas que demandan mucho trabajo por periodos muy cortos, como la cosecha. Como él, decenas de cuadrilleros organizan verdaderos batallones de jornaleros eficientes en todo el país, que viajan en autobuses, llegan a trabajar unas pocas semanas y luego regresan a sus pueblos, sin generar obligaciones contractuales a los empresarios.

El pago a destajo logra con eficacia altos rendimientos y agotadores esfuerzos, pero el trabajo puede parecer atractivo debido a las condiciones de desempleo y escasez de fuentes de ingreso para muchos hogares rurales y campesinos.

¿Cómo funciona este sistema para suministrar trabajadores en los lugares y tiempos precisos? Enrique nos explica:

“El contratista se encarga de ponerse en contacto con los patrones de allá, con los dueños. En cuanto ya está la fruta, él nos habla: ‘¿Sabes qué? Ya queremos la gente’, y ya nos avisa a nosotros para irnos para allá […] Ya nada más les digo [a los interesados]: para tal fecha nos vamos a ir y nos vamos a reunir para tal parte. Casi la mayoría de gente ya sabe dónde cargamos... Ahí llega toda la gente, a algunos yo voy y algunos que no tienen en qué moverse, hay veces que yo llevo una camionetita, consigo una camionetita, para ir a traerlos para moverlos al lugar donde van a salir.”


FOTO: Joseph Sorrentino

Enrique tiene 37 años y vive en un pequeño pueblo en el suroeste de Puebla, en una región que se ha convertido en un centro de concentración de jornaleros, que llegan desde distintos estados cercanos (Guerrero, Morelos y Puebla) para ir a cosechar uva, con estrictos estándares de calidad. Desde que tenía 20 años ha ido a Sonora, temporada tras temporada; primero como jornalero, con el tiempo, aprendió a “invitar” a sus paisanos, primer requisito para ser cuadrillero. Ahora recluta el equivalente a dos camiones –80 trabajadores- y allá en los campos agrícolas será su supervisor, lo que significa que por cada caja que éstos cosechen, él recibirá una comisión.

Agenda Urbana

Evento: Encuentro Regional Norte-Golfo por la Defensa del Agua y el Territorio Frente a los Proyectos de Muerte. Organiza: Varias organizaciones. Fecha y lugar: 20 y 21 de junio de 2015. Comunidad Emiliano Zapata de Papantla, Veracruz. Informes: [email protected] gmail.com / Twitter y Facebook: Corazón en Defensa del Territorio.


Evento: Foro en Defensa del agua y la Vida. Organiza: Varias organizaciones. Fecha, lugar y hora: 28 de junio de 2015, foro “Auditorio de Contla”, Calle Dolores Betancour s/n Contla Tlatlauquitepec, Puebla.


SUNÚ - Documental sobre uno de los mayores tesoros del mundo - https://vimeo. com/129924444


WEB - http://valoralcampesino. org/

El empleo temporal agrícola de los jornaleros depende, por lo regular, de un enganchador o equivalente, pues su contratación rara vez se da de manera directa con el productor. “Los cabos”, en la zafra azucarera, fueron las figuras más conocidas. Hoy en día, además de la caña, en los cultivos que tienen como común denominador el trabajo intensivo manual, han surgido otras figuras similares que cumplen tareas logísticas diversas, desde enganchar en los pueblos y contratar los autobuses que transportarán a los jornaleros hasta fiscalizar el trabajo en los surcos.

En los grandes polos de atracción de jornaleros –como Sinaloa, Sonora o Jalisco- estos intermediarios laborales forman complejas estructuras piramidales: en la cúspide está el contratista y en la base sus ayudantes que reclutan a los trabajadores, cada uno de ellos obteniendo un ingreso que se extrae del salario del jornalero. Esta organización permite a las empresas solucionar fluctuantes necesidades en la demanda de trabajo, pero también que la relación laboral sea poco transparente y que los empresarios eludan sus responsabilidades. Los reclamos de los trabajadores, cuando los hay, se concentran no en los patrones, sino en los intermediarios, pues cumplen su función como “amortiguadores” de esas demandas. No obstante, a la vez, contratistas y mayordomos son quienes ejercen las medidas coercitivas dentro y fuera de los surcos; más aún, no es raro que algunos de ellos engañen a los trabajadores para lograr sus objetivos, como expresa este jornalero oaxaqueño, que por ello decidió “fugarse” del campamento al que lo llevaron:

“En el campo que yo llegué cultivan pepino, chile y todo. Me jugaron porque me dijeron que ‘Te vamos a pagar bien y buena comida’, y no es cierto porque cuando llegamos aquí nos daban cinco tortillitas o un plato de frijol y pues no nos llenaba, la verdad” (J, Sonora, 2013).

Hay que decir, también, y los propios trabajadores reconocen, que prestan diversos servicios al ayudar a los jornaleros a insertarse en un medio ajeno al suyo. Una cuadrillera, veterana, menciona:

“[…] Si tengo 25 de aquí de Las Tinas, el día que nos vamos a ir, yo busco transporte que los transporte, yo los pago. Allá si una gente se enferma, yo lo tengo que llevar para curar… o sea, siempre cuida uno que no les vaya a pasar algo porque ya es una responsabilidad que llevamos con ellos […] nosotros tenemos que mirar la manera porque su familia aquí sabe que nosotros nos lo llevamos”.

De cualquier manera, si anteriormente algunos especialistas creían que la modernización del medio rural desplazaría los sistemas de enganche de antaño y sus prácticas informales, hoy en día, el crecimiento de dinámicas regiones agroindustriales, desde donde exportan productos frescos al mercado mundial, ha creado condiciones favorables para que viejas y nuevas formas de intermediación se multipliquen en diversos escenarios del campo mexicano.


España

Temporeras inmigrantes en los
campos andaluces: las cadenas
globales de la desigualdad

Alicia Reigada Universidad de Sevilla

Se decía que llegaba la agricultura moderna a Andalucía. La que dejaría atrás el paro y el éxodo rural que marcaron la crisis de la agricultura tradicional. La que convertiría a Andalucía en la California de Europa. Pero esa agricultura intensiva, que de forma rápida se expandió en los años 70’s y 80’s del pasado siglo, no trajo toda la riqueza y prosperidad que prometía. Los cultivos de fresas de Huelva y hortalizas de Almería trasladaron, también, la explotación laboral y las duras condiciones de vida ya observadas tiempo atrás en los campos californianos.

El siglo XXI nos revela la otra cara de la globalización agroalimentaria. Convertidos en los principales exportadores de toda Europa, se olvida que tras las innovaciones tecnológicas y el aumento de la productividad se halla el trabajo –y las vidas- de los pequeños agricultores y jornaleros. Una agricultura que en Andalucía, a diferencia de otros lugares del mundo, se sigue apoyando en pequeñas explotaciones que se sostienen, a su vez, en el trabajo migrante.

Elisa, inmigrante ecuatoriana asentada en los campos de Almería, lleva más de cinco años trabajando en los almacenes de manipulación y envasado. Como el resto, su almacén no entiende de convenio, del pago de horas extras ni sindicatos. Los meses de verano, cuando la temporada agrícola toca a su fin, se emplea como trabajadora doméstica interna, al cuidado de una persona mayor, en la misma localidad en la que trabaja empacando hortalizas. Este año ha sido despedida del almacén porque le dicen que no hay trabajo, que se nota la crisis. En su empleo como interna, sin horarios ni contrato, cobra 600 euros al mes. Lleva cinco años sin viajar a Ecuador y sin ver a sus hijos.

Katarina llegó a los campos de fresas de Huelva hace más de una década, cuando dejó su Polonia natal para incorporarse al programa de trabajadoras agrícolas de temporada, implantado en 2001 en este cultivo. Bajo lo que se presentaba como el modelo ideal de la inmigración ordenada, fueron contratadas miles de mujeres procedentes de Europa del Este, primero, y de Marruecos poco después. En los años más activos del programa se llegó a contratar una media de 35 mil temporeras inmigrantes en los campos de fresas, hasta que a partir de 2009, ante la actual crisis económica, el gobierno comenzó a frenar el programa para dar salida a la mano de obra nacional.

Que sean mujeres, de mediana edad, casadas y/o con hijos han sido los criterios seguidos para seleccionar bajo estas políticas lo que se considera el perfil de la trabajadora idónea. “Las mujeres dan menos problemas que los hombres, tú manejas mejor 70 mujeres que 70 hombres […]. Son más humildes, creo yo, se lleva mejor”, señala un agricultor. “Una persona de 35 años y con una familia viene a ganar dinero, no se plantea otra cosa. [El que estén casadas o tengan hijos] te da facilidad a la hora del regreso, que tienen un arraigo en su lugar, tienen una familia... Por lo tanto tienes la garantía del regreso y tienes la garantía del trabajo”, plantea un técnico de una organización agraria.

Lo que para ellos son ventajas, para las trabajadoras inmigrantes supone una vida dura llena de dolor. Así lo expresan las palabras de Mirela, una trabajadora rumana que vive, junto con otras nueve compañeras, en un pequeño alojamiento en la finca, a varios kilómetros de los pueblos: “Es muy difícil que una madre como soy yo [como todas, añade su compañera], sí, como todas, todas tienen niños en Rumanía, tienen familia, y es muy difícil. Yo trabajo aquí, mi marido en Rumanía, cuando él viene a trabajar aquí yo marcho a Rumanía... El gobierno de España no quiere trabajar con familias. Nosotros queremos trabajar con nuestro marido, patrón es el que no quiere”.

Y esos eran los requisitos que cumplía Katarina: ser mujer, de mediana edad y con dos hijos en Polonia. Pero su experiencia nos recuerda que las estrategias de las mujeres inmigrantes no tienen por qué responder a los intereses y las expectativas de la patronal y del gobierno. Katarina es una de esas temporeras que, cansada de una vida nómada, no sólo no retornó, sino que reagrupó a sus dos hijos. Antes de desplazarse a la fresa emigró durante dos años a Alemania, donde cuidaba a una mujer anciana. Aunque las condiciones laborales en ese país eran mejores, dejó el trabajo “porque allí 24 horas, no tenía ni un día para salir, unas horas para hacer compra para mí y ya está. Sábado y domingo 24 horas con ella”.

La historia de Elisa, Mirela y Katarina es la historia de vida de muchas temporeras inmigrantes que llegan a los campos de Andalucía. De aquellas trabajadoras que hallan en la emigración una vía, al tiempo de esperanza y de dolor, para mantener a sus familias e iniciar nuevos proyectos de vida. Para poder cuidar y alimentar a los suyos pasan, paradójicamente, a cuidar y producir alimentos para otros. Con su trabajo sostienen las cadenas globales agrícolas, pero también, las cadenas globales de cuidados. Las cadenas globales de la desigualdad.


España

Los trabajadores en
los viñedos españoles

Martha Judith Sánchez*, Inmaculada Serra**, Francisco Torres** y Elena Gadea
*Instituto de Investigaciones Sociales, UNAM y Universidad de Valencia **Universidad de Valencia ***Universidad de Murcia

La elaboración y el consumo de vino han estado presentes en la vida y en la historia de los habitantes de España; el pan y el vino eran parte de su dieta. Ese consumo se enmarcaba en una agricultura familiar donde las familias tenían campos de cereales, hortalizas y sus viñas, y en forma conjunta se cultivaban.

Todos se apoyaban para vendimiar; “el primo, el hermano, el sobrino, se juntaba la familia, vendimiaban todos juntos en familia, era casi una fiesta, más que un trabajo, se trabajaba, pero era una fiesta, una fiesta impresionante” (RD-5). También se recurría a jornaleros, pero de forma muy puntual. Igualmente, para la elaboración del vino, el trabajo era colectivo, sea familiar o con las cooperativas del pueblo.

Con el auge en el consumo del vino a nivel mundial, la creciente competencia en un mercado global muy selectivo y con las políticas encaminadas a apoyar la producción y el posicionamiento del vino español en ese mercado, las prácticas anteriores han sufrido grandes transformaciones. Ha habido un proceso de reestructuración productiva en el cultivo, la vendimia, elaboración y comercialización, que ha generado grandes transformaciones. Entre otras, el trabajo familiar en el campo ha quedado en el pasado. Ahora los migrantes que, residiendo o no en el lugar, son quienes se encargan de dichas labores.

Las formas concretas que han adoptado estas transformaciones varían en las diferentes regiones de España. Los vinos de Ribera de Duero, por ejemplo, han alcanzado una fama importante, cuentan con bodegas de gran prestigio y constituyen una zona consolidada en el mercado mundial. La forma de trabajo en cooperativas ha quedado en el pasado. Por su parte, la región de Utiel y Requena tiene una importante venta de vino a granel, una creciente  producción de vinos embotellados y de calidad y aparece como una zona emergente en el mercado global. En Utiel-Requena siguen siendo importantes las cooperativas.

En ambas zonas se ha generado un mercado de trabajo dual y segmentado, donde el sector secundario está compuesto por los trabajadores migrantes.

Migrantes de diversos orígenes nacionales llegaron al país, principalmente desde la década de los 90’s. A partir del 2000 lo hicieron mediante programas de trabajadores temporales (“contratación en origen”). A pesar de las diferencias entre las dos zonas mencionadas, ambas comparten la forma en que se contrata y gestiona la mano de obra. En los dos lugares ha habido procesos de reemplazo étnico. Los trabajadores españoles “payos” y gitanos fueron sustituidos por marroquíes, inicialmente, y luego por latinoamericanos, rumanos o búlgaros.

Cabe decir que desde hace 500 años hay gitanos en España, distinguiéndose entre los españoles “payos”, no gitanos, y los españoles gitanos.

Con la conclusión de los programas y el asentamiento de algunos de esos migrantes, el mercado de trabajo se ha diversificado y ha fomentado la creación de nuevas estrategias. Son los migrantes asentados los que han podido ingresar a un empleo más estable en el campo: con empleo casi todo el año, con uno o varios patrones. Por otro lado, la demanda extraordinaria de la vendimia se cubre con los migrantes que acuden puntualmente a la zona y mediante aquellos que se solicitan a las Empresas de Trabajo Temporal (ETT). Ese mercado de trabajo segmentado y en creciente competencia por lograr un empleo ha creado condiciones de mayor vulnerabilidad y precariedad para los trabajadores y una mayor violación de sus condiciones laborales.

La crisis actual en España no ha generado una vuelta importante al campo de parte de los españoles. Bajos sueldos y penosas condiciones hacen que sólo en situaciones desesperadas y coyunturales ese trabajo represente una alternativa de empleo para los nacionales. Un grupo de jóvenes españoles comentaba: “Es la primera vez [que trabajamos en la vendimia] y es muy duro. Llevamos tres días, desde el lunes. [Somos] de Valladolid, estábamos en paro… Es duro esto, muy duro… Es una miseria… ya nos vamos”.

*Proyecto “La expansión de zonas vitivinícolas y el trabajo inmigrante. Estudio comparativo en tres países: Estados Unidos y España Portugal”, Instituto de Investigaciones Sociales-UNAM. Investigación Científica Básica Conacyt 182648.

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