20 de junio de 2015     Número 93

Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER

Suplemento Informativo de La Jornada

Trabajo femenino*

Cada vez más, las familias enteras se están uniendo a los hombres en la vida de trabajo agrícola migrante. Este verano pasamos tiempo en las granjas locales para ver cómo las mujeres se están adaptando a su doble función de matriarcas y jornaleras agrícolas. Su trabajo significa comida en la mesa de todos, pero la pregunta para ellas es simple:
¿Vale la pena?


Susana López, en Hatch, Nuevo México FOTO: Joseph Sorrentino

Joseph Sorrentino

Durante la temporada de siembra, el día de Olga comienza a las cinco de la mañana. Hace el desayuno para su esposo e hijos, luego toma una ducha rápida mientras su marido come. “Llevo en auto a mi esposo a las 7:00 am al trabajo, vuelvo a casa por mis hijos para llevarlos, alrededor de las 7:30 am, a la escuela”. Entonces, dependiendo de la temporada, Olga dedicará hasta 12 horas al día, y seis o incluso siete días a la semana, al trabajo agrícola: la clasificación, la siembra o la cosecha de cebollas. Cuando llega a casa, puede descansar unos 30 minutos antes de comenzar sus tareas de la tarde: preparar la cena, ayudar a sus dos hijos más pequeños con la tarea, lavar la ropa y asear la casa. “De hecho, dijo, yo trabajo desde las 5 de la mañana hasta las 11 de la noche”.

Gloria Jasso, otra trabajadora agrícola, lo expresó así: “Para una jornalera, son como dos puestos de trabajo o en realidad más de dos”.

Aunque nadie puede decir exactamente cuántos trabajadores agrícolas hay en el oeste de Nueva York, las estimaciones van de 60 mil a 80 mil. La gran mayoría son mexicanos o mexico-estadounidense. Hasta hace poco, el trabajo agrícola era realizado casi exclusivamente por hombres jóvenes. Pero eso está cambiando.

“Ha habido un aumento en el número de mujeres que trabajan en las granjas en los cinco o seis años recientes”, dijo Amí Kadar, un defensor de los trabajadores agrícolas, que divide su tiempo entre Albion e Ithaca. Una encuesta realizada en 2007 por el Departamento de Trabajo encontró que, a nivel nacional, alrededor de 22 por ciento de los trabajadores agrícolas son mujeres. Kadar piensa que la proporción podría estar acercándose a 50 por ciento en algunas áreas.


Gloria Jasso en la cosecha de frambuesas, Hamlin, Nueva York
FOTO: Joseph Sorrentino

Hay varias razones. “La pobreza está empeorando en México”, explicó Kadar, “y eso está enviando una gran cantidad de mujeres al norte. Las mujeres quieren ganar dinero, también”.

Muchas mujeres también han decidido correr el riesgo de entrar a Estados Unidos (EU) para reunirse con esposos o novios que están trabajando aquí. Tradicionalmente, los hombres mexicanos trabajaban en EU por temporadas que duraban meses y luego volvían a sus pueblos durante los tiempos de baja demanda laboral en los campos. Pero los trabajadores que están ilegalmente son reacios a regresar a México, incluso en plan de visita debido a que la seguridad fronteriza se ha endurecido y eso significa que podrían no volver al país del Norte. (Es comúnmente aceptado que más de la mitad de todos los trabajadores agrícolas mexicanos están aquí en situación ilegal.)

Los hombres se quedan aquí más tiempo, a menudo años o a veces de forma permanente. De hecho, algunos pueblos de México carecen de hombres con capacidad para el trabajo. Así que las mujeres, cansadas de esperar a que vuelvan, están entrando a EU, a veces con hijos a cuestas que también llegan a trabajar.

Algunas están trabajando para enviar dinero a casa a los familiares, algo que no hubieran podido hacer con los salarios más bajos que tendrían si se hubieran quedado en México. Y más recientemente, la escalada de violencia relacionada con la guerra contra las drogas ha motivado a algunas personas a huir por seguridad.


Mujer trabajando en chile en Hatch, Nueve México FOTO: Joseph Sorrentino

Pero la razón primordial de por qué más mujeres están trabajando en granjas es la voluntad de ofrecer algo mejor a sus familias.

“Quiero ver a mis hijos crecer y estudiar”, dijo Jasso. “Que tengan mejores empleos y oportunidades. Eso no es posible en México”.

Estas mujeres están dispuestas a hacer el sacrificio, pero a menudo no saben lo grande que éste será hasta que llegan.

Curva de aprendizaje. Olga no había trabajado en una granja ni hacía mucho trabajo manual en México. Trabajó durante 13 años en una papelería, donde ganaba 800 pesos (unos 70 dólares) a la semana, o menos de cuatro mil dólares al año. Ese trabajo no le sirvió de preparación alguna para trabajar en una granja.

“Nunca había plantado nada antes”, dijo ella, “y el trabajo era tan difícil. Lloré por meses cuando vine por primera vez aquí. En mi trabajo (en México) estaba limpia. Aquí, yo trabajo en el calor, el sol, la tierra”.

Durante la temporada de siembra, Olga pasa seis u ocho horas inclinada, colocando las cebollas en la tierra. Ella a veces canta en voz bajita, para sí misma, mientras planta y trata de ayudar a los recién llegados que luchan.

“Había una mujer que plantaba y lloraba como lo hice yo antes”, dijo ella. “‘¿Cuánto tiempo llevas aquí?’, le pregunté. ‘Cuatro meses’, dijo ella. Me preguntó cuánto tiempo había estado yo aquí. ‘Cinco años’, le dije. ‘Cuando estás aquí cinco años, no lloras más’”.

Olga prefiere trabajar en la sala de clasificación de cebolla. Aunque es más fácil que laborar en los campos, el trabajo aquí también la dobla. En un día ocupado, más de 200 kilos de cebollas por hora pasarán por una banda para que Olga y otra mujer detecten, seleccionen y desechen las de mala calidad; tienen que hacer todo eso en segundos. “Mi espalda me duele, mis brazos también”, dijo. “Se me hinchan los pies y las piernas. Casi todas las mujeres tienen venas varicosas; yo también”.


Una mujer trabajando en el campo de cebolla, Nueva York FOTO: Joseph Sorrentino

Cada tipo de trabajo agrícola tiene sus desafíos. La cosecha de fresas requiere estar de rodillas todo el día. Cuando la jornalera Janet López pasa su día atando los jitomates en sus guías, las manos le quedan de color rojo, hinchadas y con ampollas. Al final de un día de trabajo, las mujeres están cansadas y sucias. “Todo lo que quiero hacer es dormir”, dijo Laura Gutiérrez López. Pero no puede. Al igual que las otras mujeres que trabajan en los campos, más trabajo les espera cuando regresan a casa.

Más trabajo en casa. En México, sobre todo en las zonas rurales, se espera a menudo que las mujeres asuman el rol tradicional de cuidado de los hijos y las tareas domésticas, incluso si están realizando otro trabajo. “Los hombres piensan: ‘yo trabajo fuera de la casa, eso es suficiente’”, dijo Gutiérrez López. “Muchas mujeres trabajan en el campo y además tienen que limpiar, cocinar y bañar a sus hijos”.

Ciertamente, esto no es universal. López y varias mujeres más dijeron que sus maridos tratan de arrimar el hombro en las tareas domésticas, por lo general haciendo un poco en la cocina, pero no siempre es posible. “Mi marido no puede ayudar porque él está trabajando 10 o 14 horas y no llegar a casa hasta tarde”, dijo Jasso. “La mayoría de los días que no come con la familia”.

AGENDA RURAL

Evento: Encuentro Regional Norte-Golfo por la Defensa del Agua y el Territorio Frente a los Proyectos de Muerte. Organiza: Varias organizaciones. Fecha y lugar: 20 y 21 de junio de 2015. Comunidad Emiliano Zapata de Papantla, Veracruz. Informes: encuentro_ [email protected] / Twitter y Facebook: Corazón en Defensa del Territorio.


Evento: Foro en Defensa del agua y la Vida. Organiza: Varias organizaciones. Fecha, lugar y hora: 28 de junio de 2015, foro “Auditorio de Contla”, Calle Dolores Betancour s/n Contla Tlatlauquitepec, Puebla.


SUNNÚ - Documental sobre uno de los mayores tesoros del mundo - https://vimeo. com/129924444


WEB -http://valoralcampesino

Todo este trabajo –en los campos y en la casa– limita las posibilidades de las mujeres de convivir con sus hijos, especialmente durante la época de cosecha, que requiere la mayor parte del tiempo en el campo. “Me siento mal, cuando me voy, están durmiendo. Luego regreso a casa y están durmiendo”, dijo Olga. “Sé que estamos ganando dinero, pero llevo días sin ver a mis hijos. Simplemente no hay tiempo… Muchas veces cuando eran pequeños me perdí cosas a causa del trabajo. Ahora son mayores y siento que pierdo todavía más”.

La ironía, por supuesto, es que las mujeres están haciendo sacrificios a favor de los niños, pero el trabajo puede dejarlas con poco tiempo o poca energía para estar con ellos.

La vida ilegal. Es difícil la vida para los que están aquí legalmente, pero los trabajadores indocumentados viven algo equivalente al arresto domiciliario.

La mayoría de las mujeres entrevistadas dijeron que los agentes encargados de hacer cumplir la ley o los de Inmigración y Aduanas (ICE) a menudo aparcan afuera de las tiendas frecuentadas por mexicanos, de lugares que los congregan y de lugares donde trabajan o viven. También, dicen, los mexicanos son detenidos sin ninguna razón. Scott Hess, alguacil del condado de Orleans, lo niega. “No veo por qué razón tendríamos que esperar afuera de una tienda”, dijo. “Y tendría que haber una razón para que agentes dejen parado un vehículo. No estamos mirándolos como un objetivo”.

Kadar, la abogada, dice que Ice ocasionalmente se estaciona cerca de las tiendas que frecuentan los mexicanos y que, ella cree, a veces esto ocurre por razones espurias. (Una llamada a la Oficina de Asuntos Públicos no fue devuelta.)

Independientemente de si esto ocurre o no, los trabajadores mexicanos indocumentados así lo perciben. Y por tanto viven con miedo.

Ana, quien decidió no dar su apellido por temor a represalias, entró a EU ilegalmente en 2006, desde Tamaulipas, uno de los estados más peligrosos de México. Las fosas comunes aparecen con regularidad aterradora allí, a consecuencia del tráfico de drogas. “Vine aquí sólo para trabajar para mi familia y ayudar a mi madre”, dijo.

Para ello, ha tenido que labrarse una vida rigurosamente restringida aquí. “Por la mañana-dijo antes de salir hacia el trabajo, primero miro las calles” para ver si un alguacil o la Patrulla Fronteriza están afuera. “Si no está ninguno, me voy. Mi marido pide a un amigo que tiene papeles que compruebe que no hay agentes en las calles, luego se va a trabajar. Creo que es más peligroso para los hombres debido a la policía. Por lo general, la policía no se fija en las mujeres. Pero con un hombre, sí lo hace”.

Cuando ella y su esposo no están trabajando, se quedan en la casa. “Esto no es vida, de verdad. No puedo salir a la calle. Mis hijos me piden llevarlos a la zona de juegos y no puedo debido a Inmigración. Nos encantaría ir al parque con ellos, jugar afuera con ellos. Pero no puedo, y eso duele. Nos hace sentir como criminales, como si fuéramos ladrones o asesinos… como una cucaracha”.

Esas palabras se tocan en el debate político en curso. Por un lado se señala que los migrantes indocumentados están violando la ley; por el otro se argumenta que están haciendo el trabajo que muy pocos ciudadanos estadounidenses están dispuestos a hacer. En cualquier caso, en virtud de que los trabajadores están aquí ilegalmente, su compromiso esencial es estar aquí. Debido a su estatus migratorio, es imposible para Ana regresar a México porque ella no podría volver a entrar a Estados Unidos. “Tengo una hija en México con dos nietos que no conozco”, dijo. “Puedo verlas por internet, pero no es lo mismo. No puedo abrazarlas. Mis padres van a morir algún día y no voy a verlos”.

*Este artículo fue originalmente publicado en Rochester Magazine, 2011.

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