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El crítico emancipado
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Fotograma de la cinta Melancolía, de Lars von Trier, que aparece en la portada del libro El cine actual, confines temáticos, de Jorge Ayala Blanco
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n El cine actual, confines temáticos (UNAM, 2014), nueva aventu- ra intelectual de Jorge Ayala Blanco, se reúnen 350 críticas, vistas y analizadas en un lapso de tres años. El metódico crítico de cine organiza el contenido en nueve apartados temáticos y lanza una interrogante sólo en apariencia sencilla: ¿de qué manera el cine actual intuye, aborda y expone los temas que le interesan, cómo los sacude, subvierte, remodela y transforma desde su concepción original hasta el producto que finalmente llega a las pantallas? Y en el prólogo del libro señala la pertinencia de esa inquietud: A estas alturas del derrumbe y la desaparición de los valores estéticos, lo menos relevante es si te gustó o no la película. Lo que importa es cómo fundamentas tu gusto y tu emoción, cómo los argumentas, cómo los demuestras. Lo importante es lo que viste en la película y cómo lo expresas. Cómo te han afectado los confines temáticos, cada confín temático en particular. El juicio evaluador va implícito en el tono, en los conceptos manejados, en los adjetivos, en el extrañamiento.

Ayala Blanco, quien durante largos periodos encauzó su labor crítica por dos rutas distintas y aparentemente opuestas, casi excluyentes entre sí, la del llamado cine popular y la de una cinefilia exquisita, concentrando su interés actual en la segunda categoría, conoce mejor que nadie que no existe un solo público para todas las películas ni tampoco una película particular para todos los públicos. Que tarde o temprano el crítico que en principio contemplaba llegar a todos los lectores posibles, e incidir en categorías muy variadas de espectadores potenciales, termina dirigiéndose, en su medio de elección, a un lector muy específico, un lector diríase cautivo, que será a la postre su interlocutor virtual, su receptor privilegiado.

Jorge Ayala Blanco es, de modo pleno, un crítico de cine y un gran maestro, el formador de varias generaciones de cinéfilos. O en palabras del sociólogo francés Jacques Rancière: un maestro emancipador y un crítico emancipado. Si dejamos de lado sus legendarias fobias (que muchos podemos también tener, pero que a muy poca gente interesan), y concentramos nuestra atención en sus múltiples filias (tan deliciosamente compartibles), la virtud cardinal del crítico Ayala Blanco es su disponibilidad para ser un interlocutor abierto y generoso, un maestro del entusiasmo cotidiano.

Apunta Rancière: Emancipar al alumno es enseñarle a usar su propia inteligencia, ya que el maestro no les enseña a sus alumnos su saber, sino les pide que se aventuren en la selva de las cosas y los signos, que digan lo que han visto y lo que piensan de lo que han visto, que lo verifiquen y lo hagan verificar. Lo que ese maestro ignora, en definitiva, es la desigualdad de las inteligencias (El espectador emancipado, 2008).

Cabe suponer que algo similar debe practicar Ayala Blanco en sus clases, si nos atenemos a la calidad de esas lecciones informales que son siempre sus pláticas con los amigos. Y a esa virtud de maestro emancipador que con tanta justeza define Rancière, cabe añadir la virtud del crítico emancipado, esa categoría a la que él pertenece y que describe de esta manera: “El espectador emancipado (en especial el crítico) sólo participa en la performance fílmica rehaciéndola a su manera, sustituyéndose por ejemplo a la energía vital que se supone ésta debe transmitir para hacer de ella una pura imagen y asociar esa pura imagen a una historia que ha leído o soñado, vivido o inventado”.

En estos días en que buena parte de la crítica de cine padece en México los embates de la censura más velada que pueda uno imaginar, y que consiste en reducir o suprimir los espacios reservados a ese oficio en diarios y revistas, a doblegar el ejercicio crítico orillándolo a la rutina de recomendaciones al vapor, o a descalificaciones sumarias sin mayores elementos de análisis, la noción de crítico emancipado adquiere una relevancia inusitada.

No se trata ya sólo de emancipar la imaginación al momento de ver una película, y ofrecer luego a los lectores una recreación literaria y crítica de lo visto, sino de romper con los yugos de un mercantilismo voraz que hace de muchos medios meras vitrinas de la cultura más elemental de la distracción y el entretenimiento.

Jorge Ayala Blanco ha debido apostar, con la resolución de siempre y obligado también por las circunstancias, por resguardar y mantener viva su labor crítica en ese espacio que es el mundo de los libros, y que sólo por el momento parece un poco más confiable. Paralelamente ha optado por difundir sus escritos a través de su blog de cinefilia exquisita o de la página de Face-book que han diseñado para él sus seguidores más fieles. Su estrategia de supervivencia crítica señala lo que bien pudiera ser en un futuro cercano una opción para cualquier otro periodista de cine interesado en rechazar la docilidad impuesta.

Twitter: @Carlos.Bonfil1