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A la mitad del foro

Monja, casada, virgen y mártir

C

omo en los culebrones de ensueño color de rosa. En Hacienda y en el Banco de México se adelantan a las buenas nuevas, inesperadas, contrarias a las que ahí mismo lamentaban una y otra vez. En cada ocasión, a cada paso, los ajustes a lo previsto, la reducción implacable a las ya de por sí penosas cifras anunciadas de crecimiento económico. Del PIB en años bisiestos. Del contraste aterrador de la distribución de la riqueza nacional, creada por todos, dice el lugar común de los economistas y los demagogos de toda laya. Pero concentrada en menos del uno por ciento de la población, que capitaliza más del 90 por ciento y deja el resto para los que se acuestan sin cenar.

Y aunque Enrique Peña Nieto, en jaque, según el inefable politólogo Vicente Fox, recorre el país y entra en contacto físico y lírico con las multitudes de los de abajo, mientras la dependencia a cargo de Rosario Robles presume de haber cumplido ya dos años el compromiso contraído de dar de comer al hambriento –más de 4 millones de mexicanos, dicen, ya tienen que comer y con que salir poco a poco, muy poco a poco, pero liberarse del yugo del hambre–, los empleos y los salarios no crecen, no han llegado las inversiones multimillonarios atraídas por las reformas del momento de México. Y a los veneros del petróleo se los vuelve a llevar el diablo. Se acabó lo que se daba. No nos afectará el desplome del crudo, decía Luis Videgaray. Pero el barril que se vendía a ciento treinta y tantos dólares llegó a ofrecerse a menos de cuarenta.

No hacía falta estar parado en la Torre de Pisa para comprobar que caen a la misma velocidad los ingresos del oro negro y los del fisco magro y menguante de la austeridad. Por eso el lamento a dúo en Hacienda y la banca central. Agustín Carstens es Humpty Dumpty, y aunque sus palabras quieran decir lo que él quiera que quieran decir, se cayó, y ni todo el gabinete ni todos los guardias del estado reducido a fisuras pudieron ni podrán restaurar lo roto. Algún humorista hizo las cuentas de los dólares de la exportación petrolera que ingresaron a las arcas nacionales en los años de la incontinencia verbal del ajedrecista Fox, en el sexenio de la guerra de Felipillo santo y la higuera que da moras: son más o menos tantos como los que costó el Plan Marshall a Estados Unidos para rehacer la economía, reconstruir la Europa destruida en la Segunda Guerra Mundial.

¿Y qué hicimos aquí en los años de bonanza petrolera? ¿Dónde están las grandes obras de infraestructura y las patentes de ciencia y tecnología indispensables para enfrentar la revolución tecnológica del siglo XXI? Las cuentas oficiales son las del gran capitán: gasto corriente, misas, picos, palos y azadones... miles y miles de millones. Ah, también creció la población y, exponencialmente, la pobreza. Y la concentración del capital que nos vino a recordar la obra de Thomas Piketty. Ni modo ni manera, dijo Pánfilo Natera. Siempre hay un pobre más pobre, o uno más perjudicado por las pócimas de la corrupción en la hora de concentrar el capital en menos manos. Necesitamos restablecer la confianza, decía Videgaray. Eso es a muy largo plazo en la vida real. Pero en el mundo del capitalismo financiero libre de regulación alguna, la lectura de las cifras equivale a la del vuelo de las aves a cargo de augures romanos.

Creció la economía mexicana 2.1 por ciento en 2014, reporta el Inegi. Menos del 3.9 pronosticado por Hacienda, y menos todavía del que fue quedando después de cada recorte anunciado. ¿De qué se ríen, señores ministros? Lo nuestro, insuficiente, dolorosamente distante del crecimiento del PIB necesario para generar empleo para los mexicanos del boom poblacional y dar de comer a los millones de hambrientos. El 2.1 por ciento de las sonrisas es mayor al de América Latina y el Caribe que fue de 1.2 por ciento; al 1.4 por ciento de Sudáfrica; al 0.6 de Rusia, y al pavoroso 0.1 por ciento que se dio en Brasil. Tres del afamado BRIC. La corrupción en Petrobras desnuda la angustia del Brasil exportador de petróleo, soya y minerales, afectado por el menor desarrollo programado por China y el accionar geopolítico de Arabia Saudita, de la OPEP, que decidió no reducir la producción hasta hacer incosteable la explotación del shale, y ensombrece los logros de Lula y la política de gasto social que sacó a millones del infierno del hambre.

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Ante los despidos que se avecinan en Pemex, el dirigente del sindicato, Carlos Romero Deschamps, prefiere callarFoto Carlos Ramos Mamahua

Ahí duele. Luis Videgaray se olvidó de la confianza que necesitan recuperar, guardó la tijeras y a puertas cerradas diría a los consejeros de Banamex: Confirma que la economía se está acelerando y tiene mejores perspectivas hacia adelante (sic). Los recortes siguen. Dicho en lenguaje llano, despidos de trabajadores de Pemex en todas las áreas. Despido derivado de la reforma energética, que es muy lamentable y es la parte más dolorosa de esta realidad, dijo Pedro Joaquín Coldwell, secretario de Energía, en el primer Foro Nacional del Petróleo, organizado por la Coparmex. Por la patronal. Despidos progresivos y los líderes del sindicato en la hamaca. Ahí se acomodaron el día que el gobierno de Peña Nieto dio a conocer que habrá baraja nueva y le quitaron al sindicato los siete asientos que eran suyos en el consejo de Petróleos Mexicanos.

Carlos Romero Deschamps, senador de la República, guardó silencio. No sería por prudencia ni por miedo a los cargos de corrupción que le hacen en los extremos de la derecha y la izquierda que se confunden en los altos círculos empresariales y patronales donde saben que hacen falta dos para el tango de la corrupción. Pero eso no los priva de señalar con índice de fuego al sindicato. El petróleo es el mejor negocio del mundo. Enrique Peña Nieto conoce su valor geopolítico; sabe que es él quien ha perdido la confianza y que ésta no se recupera con malabarismos financieros. El Poder Ejecutivo se deposita en un solo individuo... Y no hay pacto que valga si excluye a los mandantes.

Cuando se iniciaron los debates en torno a la reforma energética se impusieron en el Congreso los acuerdos políticos, sin exigir el voto en favor que tendría un costo impagable para los partidos que se dicen de izquierda. Y para no pocos legisladores del PRI, restos nostálgicos del nacionalismo revolucionario. No hubo unanimidad, imposible en la fragilidad de las instituciones demolidas. Hubo notables artículos y estudios sólidos de círculos universitarios que argumentaron contra la reforma energética; abundancia de acusaciones de traición, de entreguismo, de privatizar el patrimonio nacional. Presencias como la de Cuauhtémoc Cárdenas; ausencias como la de Andrés Manuel López Obrador en los actos colectivos.

Y un vacío inexplicable. No hubo, no tengo en la memoria, manifestaciones masivas y constantes en protesta por la reforma reaccionaria que dijeron reflejaba el accionar original de Lázaro Cárdenas, del gran expropiador. Quizás creyeron suficientes unas concentraciones en el Zócalo y la presencia nocturna a la puertas de San Lázaro. Pero en la era de las comunicaciones globales fuimos testigos de imponentes movimientos de masas en Grecia, España, Escocia, Francia, Egipto. Y en Brasil, donde millones que dejaron atrás el hambre demandaron escuelas, hospitales, trabajo y salario digno.

Y en México, ¿dónde estaban las multitudes conducidas por dirigentes para quienes el nacionalismo no es excluyente, la lucha de clases no ha desaparecido y el sindicalismo no es instrumento de complicidades corruptas?

Vino el caos anarquizante. Y el vacío de una íntima tristeza reaccionaria. Como en los culebrones de antaño, la confianza es monja, casada, virgen y mártir.