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¿La Fiesta en Paz?

La torería de Sergio Flores y la tauridad del toro Gibraltar

Otra del caprichoso Pablo Hermoso

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La sólida tauromaquia del tlaxcalteca Sergio Flores ha sido poco valorada por las empresas, que siguen invirtiendo en figuras que apenas interesanFoto tomada de Internet
H

ay países de asombro y de autoasombro y entre estos últimos se encuentra el nuestro, capaz de admirar aquello que le resulta prodigioso luego de haberlo tenido delante por siglos, décadas o años, pero inoportunamente ocultado porque a unos cuantos no les alcanza su percepción o los rebasan sus intereses y a otros muchos porque no les queda capacidad de exigencia.

Un caso reciente fue el descubrimiento por la mayoría del público de la Plaza México del enorme potencial torero del joven tlaxcalteca Sergio Israel Flores García –Apizaco, 17 de abril de 1991–, triunfador en las principales plazas de México, España, Francia y Sudamérica, cosido a cornadas, porque el hombre, sabiendo torear muy bien, no es dado a especular y menos a dar ni darse coba, y a quien en la decimoséptima corrida de la Plaza México le tocó en suerte el noble y alegre toro Gibraltar de la ganadería de Xajay, con trapío y trasmisión, pero que en la llamada suerte de varas recibió apenas, ojo, un efímero ojal a manera de puyazo, con lo que ni siquiera se pudo constatar su pelea cabal en el caballo, acudiendo de largo, recargando en el peto y metiendo los riñones en la reunión. Quizá por ello en la muleta acabó tan emotivo.

Salvo ese detalle de no pelear en varas, de ninguna manera pequeño, el toro acusó una repetidora, clara, noble y alegre embestida desde que saltó a la arena hasta que regresó a los corrales tras de que el juez le perdonara la vida a petición de un público extasiado por la impecable labor del torero ante aquel gozoso animal. Se dio pues la tauromagia, la emoción multiplicadora en el tendido frente a la interioridad recíproca entre dos individuos... tras muchas tardes de soportar el público basura cobrada como bravura, jueces manirrotos, carteles de trámite y premiaciones pueblerinas, todo de espaldas a la tradición y a la afición, que simplemente se abstuvo de asistir a otro fallido serial.

Ahora, cuidado con suponer que la cuerda gozosa de Gibraltar, su fijeza, repetitividad y son en las embestidas permitían un juego fácil de entra y sal, así carecieran de la codiciosa furia de, por ejemplo, aquel Regalao del hierro de Javier Molina, que por poco mata a Flores en la plaza de Las Ventas, aún de novillero. Luego su triunfal alternativa en Bayona, Francia, con toros de Joselito, el 2 de septiembre de 2012, cortándole las orejas al del doctorado, con El Juli de padrino y Miguel Ángel Perera, de testigo.

Un valor espartano, sin aspavientos y sin memoria del calvario que ha sido su corta carrera, más una clara inteligencia, un sólido concepto de la lidia y una elegancia sobria, permitieron a Sergio Flores aprovechar las embestidas de Gibraltar en suaves verónicas primero y en vistoso quite después, para con la muleta dictar una cátedra de colocación, distancia, temple, ligazón y estructuración, tan armonizados y precisos como aquella tauridad que encontró quien la toreara sin molestarla, mandando y acariciando a la vez. Y cuando un toro se entrega, es muy difícil que no se entregue el público. Lo cierto es que esa gozosa acometida, no dócil ni pasadora, habría exhibido las carencias técnicas de no pocos toreros, famosos o modestos, dominadores o de pellizco.

No obstante sus cualidades, por inexcusables motivos Sergio Flores no ha tenido la suficiente valoración por parte de las empresas taurinas de México, habida cuenta de que los intereses de la fiesta en el país no buscan programar confrontaciones entre los buenos toreros de nuevo cuño ni de éstos con los consagrados, con el propósito de contar con una baraja más atractiva, apasionante y competitiva. Pero en el negocio taurino nadie tiene visión de futuro, sólo un falso positivismo que ya perdió el rumbo mientras la bravura se volvió excepción confirmadora.

Ahorcado con el mecate de la dependencia y como resultado de su añeja falta de capacidad de negociación con las figuras importadas –pásenle a lo barrido, perdonen el tiradero y llévense lo que les guste–, el Cecetla o Centro de Capacitación para Empresarios Taurinos de Lento Aprendizaje, antes Plaza México, por enésima vez incluyó en el Derecho de Apartado al rejoneador Pablo Hermoso de Mendoza, todavía lo anunció para el espectacular cierre de la temporada 2014-15 este domingo, y acabó viendo cómo el arbitrario caballista tranquilamente los mandaba al carajo, como si no hubiera un contrato ni voluntad de hacerlo cumplir, mientras el público se quedaba, por enésima vez, con un palmo de narices. Es el síndrome de Luis Miguel. Las figuras importadas saben de sobra los niveles de legalidad y de defensa del público que hay en México, por lo que su informalidad no tiene consecuencias, trátese de cantantes, diestros impuntuales o tiovivos conquistadores. Ai la llevan, cecetlos.