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¿La democracia en crisis? Anotaciones
D

esde antes de que la crisis financiera estallara a escala global, ya era evidente que en México se vivía una situación que no autorizaba a dar por definitivamente ganada la democracia, que tantos sacrificios había significado para varias generaciones. La alternancia, supremo logro de la transición, logró redistribuir el poder y canceló en la cúspide el monopolio de un solo partido, pero al mismo tiempo debilitó al Estado, al ponerlo al servicio de los grandes intereses particulares, como pedía la élite. El pluralismo, es cierto, se asentó en el Congreso, en las instancias estatales y municipales de gobierno, e incluso se abrieron las compuertas para reconocer los usos y costumbres en las elecciones comunitarias indígenas. Especial contribución a esos cambios hicieron las instituciones electorales autónomas, no sujetas a la lógica de la competencia partidista o las directivas del gobierno de turno.

En el momento estelar, la victoria de Vicente Fox dio alas al optimismo democrático, pero también a ilusiones desmedidas acerca de la nueva normalidad alcanzada, erróneamente fundadas en la creencia de que se podía mirar adelante sin alinear el régimen político emergente con las necesidades acumuladas de una sociedad cuya voz, inexistente en el mundo laboral o en la determinación de los llamados programas sociales, o no se escuchaba o permanecía en silencio.

La dimensión político electoral avasalló otros asuntos críticos que marcan con fuego el atraso nacional. Las grandes fallas no provenían sólo de los partidos que entonces hicieron su agosto, sino del gobierno, incapaz de darle rumbo a la nave en aguas revueltas. Los panistas al mando tenían más intereses que proyectos de cambio. La frivolidad presidencial desnaturalizó la política y cualquier empeño reformador que trascendiera la mercadotecnia; la guerra posterior declarada por Calderón hundió al país en el pantano de la violencia y la degradación moral. Las viejas lacras del sistema, como la impunidad y la corrupción florecieron bajo el seudohumanismo blanquiazul. La delincuencia organizada se filtró capilarmente en la seguridad, la justicia, los medios, la política.

Sin visión de Estado, los panistas ignoraron que México era, y es, un país con terribles problemas de desigualdad estructural, con el agravante añadido de que los temas de la justicia social y la integración nacional, inscritos como fines del Estado, se habían diluido bajo el peso de las doctrinas que sin pudor reclamaron como suyas. Vista como la única alternativa posible, la visión gubernamental preparó el desastre que hoy nos amenaza, y no sólo en la economía. Fueron sus alianzas y sus miedos los que permitieron el retorno del viejo partido revolucionario institucional, reciclado por un viraje ideológico respaldado ahora por las corrientes de poder real, que no dudaron en manifestar su mayor desencanto con la democracia y sus instituciones. Todo contra el populismo.

2. Es ahora, al calor de esta crisis multifacética, cuando podemos medir cuánto daño le hicieron a México los intentos bipartidistas al tratar de reducir las opciones sacrificando a la izquierda en el aciago 2006. Ni el PAN ni el PRI comprendieron que el lopezobradorismo era un signo, la expresión de masas de ese malestar profundo antes de explotar, no un simple cachavotos en el juego de la democracia formal. Para proteger sus intereses quisieron ahogarlo en la cuna, sin lograrlo.

López Obrador volvió en 2012 sin perder votantes, aunque ya era obvio que la unidad de las izquierdas, la idea de frente amplio, se había fracturado en el camino, con lo cual su fuerza sufriría inevitablemente. Pero la crisis de la política y de los políticos, alentada desde los medios, estaba instalada. La izquierda se perdió en su laberinto y se asentó, como un nuevo rico, en el confort recién adquirido, sin encarar la construcción de un planteamiento estratégico capaz de aunar fuerzas, de asegurar la continuidad poniendo en el primer plano la hipótesis implícita en las primeras consignas –por el bien de todos, primero los pobres–, que obliga, ciertamente, a redefinir el proyecto de nación.

Las elecciones de 2006 y 2012 probaron que hay en la sociedad una fuerza ciudadana capaz de expresarse en las urnas, a pesar de los poderes facticos que la rechazan, pero la izquierda no aprendió la lección y siguió en lo suyo: entre el oportunismo y la autocomplacencia se optó por un oposicionismo nominal, de corto recorrido, más sustentado en la emoción que en el convencimiento de que las cosas deben y pueden cambiarse si se actúa para darle nuevos contenidos a la democracia, con realismo y compromiso, con sentido histórico, sin aceptar como última palabra la caricatura formalista que los partidos del orden nos ofrecen o, peor, la aceptación implícita de las razones de sus mandantes.

Otros, en lugar de dar la batalla por nuevas formas de actuación sin desechar la necesidad de fortalecer la organización política, han sido omisos al cuestionar la idea de que la verdadera lucha se da al margen de la disputa por los votos, sea mediante la evolución comunitaria de unas nuevas relaciones sociales o sea mediante la confrontación directa con el Estado. El desencanto con la democracia los lleva a ubicar por principio a todos los partidos, a sus militantes y dirigentes, en el campo enemigo, pues ven en esa fórmula, el partido y los mecanismos de representación, la causa de la crisis.

Dicha postura que es, sin duda, expresión de la gravedad de la situación, llama la atención de muchos ciudadanos que, al no hallar ofertas creíbles, prefieren no votar, aunque esta no puede ser la propuesta de futuro impulsada por una izquierda dispuesta a superar la parálisis actual mirando más allá de la coyuntura en las necesidades populares y en el replanteamiento estratégico de los problemas nacionales.

PD. Alejandro Encinas, como antes lo hicieron Cuauhtémoc Cárdenas y otros fundadores del PRD, ha renunciado al partido pero no a la izquierda. En su despedida invita a la reflexión y el diálogo, a pensar en el país que queremos; a la convergencia, no a la unanimidad.