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Gabo no contado
U

n gran amigo llamado Fidel

Hay un pensamiento del escritor caribeño sobre su relación con Fidel Castro que yo le escuché y publiqué en algunas notas en el diario El Mundo de Medellín, a propósito de fechas significativas para el régimen cubano:

Me precio y enorgullezco de ser su amigo personal, desde hace bastantes años. Es un hombre íntegro, valiente, honrado. Al igual que él conozco los aciertos y las equivocaciones del régimen cubano, sus problemas y dificultades. Como amigo que soy de Fidel le he dicho lo que muchos no se atreven, le he indicado mi opinión sobre distintos aspectos de la revolución. Fidel jamás me perdonaría lo contrario, yo no soy incondicional de nadie, ni de García Márquez siquiera, sólo de mis convicciones y principios.

De vieja data fue la relación del escritor con Cuba, como él lo comentó en muchas oportunidades. Quedó inserta en esa conexión su estadía en Nueva York como corresponsal de Prensa Latina, la agencia cubana de comunicación, donde su experiencia periodística fue un tanto convulsiva, tanto por la presión de los exiliados cubanos como por los llamados dogmáticos, según llama su biógrafo Gerald Martín a los de línea dura que exigían más adjetivos revolucionarios en los textos redactados por el colombiano.

Sólo años después reconocería esa carga periodística. Cuando ya había decidido ir a México a buscar un mejor futuro profesional, Gabo expuso las diferencias con los directivos de la agencia en cuanto a la pauta editorial que deseaban marcar en plena Guerra Fría. Se sintió incómodo, sin autonomía. Fue el primer roce con el sistema castrista, más allá de que siempre prefirió la cautela sobre el tema.

Un día le pregunté al maestro por qué su incondicionalidad con Fidel Castro y su régimen. Él respondió: Yo soy incondicional en la amistad hacia Fidel. Siento admiración, respeto, gratitud como latinoamericano, porque ha intentado una nueva vía, porque quiere hacer un gobierno que beneficie a la mayor parte de la población. Además, agregó que no era comunista y por eso fue crítico con el régimen soviético. Fidel es como un hermano, como un amigo. Yo no pretendo cambiarlo. Hay partes de la doctrina que funcionan y son para el bien de su pueblo y los logros en materias sociales son maravillosos y no se pueden negar. Hay otras con las que discrepo, pero ese terreno no lo discuto. De hecho, cuando ambos se insertaron en el terreno de las diferencias políticas tuvieron discusiones de voz alzada.

Cuba era para Gabo su lugar de descanso, porque así como el novelista escribió en México, donde verdaderamente descansaba era en la isla. Siempre escogía la época de Navidad y de Año Nuevo para estar en esa zona del Caribe; quizás por un clima no tan caliente, de una brisa suave, de relajo, de charangas, de fiestas en los pueblos aledaños. Una época donde podía ver con más tranquilidad a su amigo, por su agenda. La revolución empezó el 1 de enero de 1959, y siempre en las celebraciones importantes había un gran discurso del líder castrista de cinco, ocho horas, donde Gabo asistía a escucharlo en las primeras filas como un invitado especial.

(...)

Estuve en dos jornadas con el autor en sus vacaciones caribeñas: la Navidad y el Año Nuevo de 1984, con ocasión de los 25 años de la Revolución y, cinco años después, en la celebración de los 30 años de la toma del poder. Cuando llegué por primera vez lo primero que me advirtió fue: De día eres periodista, pero en la noche cuando estés en esta casa o en eventos especiales eres mi amigo, en consecuencia no puedes llevar ni grabadora ni cámaras de fotos. Está prohibido.

Frente a una advertencia tan perentoria ni se me ocurrió hacerlo, entonces me tocó presenciar varios asuntos de interés sólo con el registro de mis anotaciones, que todavía guardo como un tesoro. Se suponía que podía llegar el Comandante a la casa de los Gabos, así que siempre se adelantaba un cuerpo de seis u ocho hombres vestidos de militares de verde oliva, con detectores de metales. En el caso del líder barbudo era un trámite recurrente por el fantasma de los atentados. Gabo se reía mientras revisaban todos los rincones de la casa. Luego se iban, aunque algunos de ellos se quedaban afuera de punto fijo.

Una media hora más tarde se aparecía Fidel de verde oliva, con botas negras. Un hombre alto que se bajaba de un Jeep de un carro viejo blanco. Entraba sin saludar y le hablaba a Mercedes: Está muy tarde, no hemos comido, cierto. Un hombre simpático que se acordaba del apellido de las personas, con el cariño y cordialidad del Caribe.

(...)

Estábamos Mercedes, el médico, el biógrafo, mi esposa y yo. Una escena jodida para enfrentar, por lo que quise romper el hielo.

–Comandante, me lo imagino hace 30 años...

Bastó ese abrebocas para que él se pusiera de pie y empezara un discurso.

–Chico, hace 30 años te voy a contar que estábamos en la Sierra Maestra...

Relató toda la historia y otros sucesos íntimos de sus días en el campo de batalla. Se acordaba de los nombres, de los apellidos, de los pueblos. Actuaba como un cuentero de la política, un caudillo. El Nobel entró en ese momento y Fidel no lo vio. Llegó en silencio para no interrumpir el alegato. Siguió oyendo y le hizo dos o tres preguntas a una alocución de varias horas. Estaba encantado rememorando, y sentí mucha nostalgia de no tener una grabadora.

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Gabriel García Márquez (1927-2014), imagen incluida en el libro Gabo no contadoFoto Darío Arizmendi Posada

En el epílogo, Gabo le preguntó a su amigo cuestiones sustanciales.

–Oye, Fidel, ¿de qué te arrepientes de la revolución?

–De dos o tres cosas. El primer gran error y que me echó el mundo encima fue el paredón, fusilar presos. No lo debería haber hecho. La segunda fue haber sacado la inversión extranjera, porque en estos países pobres como los de nosotros no podemos darnos el lujo de alejarla, hay que tenerla, regularla, sobre todo con el bloqueo al que sigue sometida Cuba.

La medida estadunidense formaba parte de la explicación de dónde venía el castrismo de Gabo: su solidaridad y repudio total al bloqueo. Él sostenía que el problema de este pueblo cubano no era tan complejo, pues el número de habitantes no era significativo. Decía que si no hubiera bloqueo sería una revolución distinta, de otro color. Habría propiedad privada y la gente no la estaría pasando tan mal por la escasez. Esto sin bloqueo al otro día estaría lleno de turismo, sentenciaba.

–La tercera –agregó Fidel en una especie de cuña radial–: la exportación de la revolución fue un error. Teníamos un departamento llamado América que sembraba la revolución en otros países y nos equivocamos, fue un error interferir en los asuntos de otros lados, cada país tiene una realidad diferente. Invertimos muchos recursos, energía, que no teníamos. Y fracasamos.

Si eso fue un 30 de diciembre, al otro día volamos a Santiago de Cuba, donde el Comandante elaboró un discurso de cinco o seis horas ante una plaza repleta de seguidores, en un balcón de una edificación que todavía existe. Me di cuenta de que Fidel era como el papá de todos, un tipo que enfrentó a la potencia número uno del mundo a noventa millas de distancia.

En una de esas sesiones largas, quizás la misma de la noche de tragos cuando se explayó sobre la exportación de la revolución, me increpó: “Arizmendi, por ejemplo, tú sabes una cosa: el Che Guevara estuvo en el Tolima, fue guerrillero con las FARC en las montañas, porque lo preparamos allá unos meses. En Cuba no se podía por la geografía. Él quería meterse a la guerra de guerrillas para liberar a Bolivia y a Argentina”.

Pocos saben ese detalle del revolucionario argentino en las cordilleras de Colombia que terminó en Angola, en África, con el movimiento de liberación. En esa parte del discurso Gabo lo frenó –la incondicionalidad del escritor no era tal–, y le demostró que tenía serias discrepancias y muchos interrogantes, como por ejemplo frente al destino fatal del ícono de la boina negra.

–¿Tú por qué no hiciste desistir al Che de esa aventura, con salud precaria, con muchas enfermedades para mandarlo a una selva en Bolivia? Era la muerte segura. Yo no entiendo por qué no lo impediste...

–Tú no me puedes hacer esa acusación –se levantó Fidel–, como si yo fuera el responsable de la suerte final del Che. Es injusto. Aquí a todos les consta de cuántas veces le rogué. Hay cartas que tiene la esposa en La Habana donde puede dar fe de todo lo que le dijimos, de que su papel era como ideólogo, en el fomento de la revolución. Yo se lo rogué, se lo imploré. Yo sabía que no lo iba a volver a ver, porque en Bolivia la geografía era muy difícil.

–Yo respeto esto, pero tú tenías que ser consciente, ponerlo preso, pero no entiendo cómo lo dejaste ir –dijo Gabo.

El colombiano estaba muy molesto por el destino fatal del Che en las selvas bolivianas, en octubre de 1967. Rápidamente los ánimos se bajaron ante la intervención de las señoras, y se pasó a otros asuntos menos profundos con algunos brindis. Hablaron de varios temas, incluso discutían con Gabo sobre autores, cine y procesos de producción de economías al otro lado de la Cortina de Hierro.

Lo malo es que al otro día, el autor de libros célebres me preguntó con voz cómplice: ¿Grabaste lo de anoche? Yo lo miré con cara de sorpresa y le dije que no, por la advertencia previa de esas veladas nocturnas, donde uno estaba en calidad de amigo. ¿No eres periodista?, me desafió y supongo que me dio una lección para toda la vida.

Casi 10 meses después del fallecimiento del Premio Nobel de Literatura 1982, Gabriel García Márquez, se publica en México el libro Gabo no contado, del periodista colombiano Darío Arizmendi, quien tuvo una amistad de 30 años con el autor de Cien años de soledad. Muchos son los momentos que compartieron a lo largo de esas tres décadas y que Arizmendí registró de manera minuciosa hasta dar forma a este volumen publicado por el sello Aguilar, en el que se incluye buen número de fotografías inéditas y otras publicadas en otros medios de comunicación. El libro, que primero apareció en Colombia, se divide en seis capítulos: La última entrevista, Gabo íntimo, El periódico frustrado, La parranda en la nieve, México y Colombia, y El comandante y Gabo, apartado del cual hoy, con autorización de Penguin Random House Grupo Editorial, ofrecemos un fragmento a los lectores de La Jornada