Opinión
Ver día anteriorSábado 27 de diciembre de 2014Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Navidad en París y México
L

as fiestas navideñas se viven de manera diferente en París y en México. Cierto, hay muchas semejanzas, pero, como alguna vez discutieron el pintor Antonio Saura y el escritor Jacques Bellefroid, a propósito de André Malraux y un sistema de analogías del cual abusa, las diferencias son más importantes para conocer y comprender la identidad original, única, irremplazable de los seres y las cosas.

En Francia no existen las posadas que en México celebramos días antes de Navidad. La piñata es desconocida en París. En esta ciudad, la explosión del núcleo familiar, las familias recompuestas o monoparentales hacen cada año más rara la cena navideña donde se reunían abuelos, padres, hijos, nietos. Sin embargo, la tradición de la misa de medianoche sigue vigente: imposible entrar a Notre-Dame a medianoche. La catedral está repleta de católicos practicantes y, sobre todo, de turistas, quienes se instalan desde la tarde en su interior. La fila en las afueras es kilométrica y desalienta a cualquiera, pues ni siquiera se sabe si se podrá entrar a la iglesia.

Aunque los nacimientos eran parte de la tradición francesa, el árbol de Navidad se ha vuelto el símbolo más expandido de la fiesta. Como un pino se liga menos que un nacimiento al espíritu de la religión, esto satisface a todos, laicos o creyentes.

Este año se desencadenó una polémica a propósito de los nacimientos. Todo comenzó cuando un alcalde permitió la instalación de un nacimiento en el interior de la alcaldía. No era excepcional el asunto, ni era la primera vez que se instalaba un nacimiento en un edifico público. Pero la ley de 1905 sobre la separación de la Iglesia y el Estado prohíbe toda representación religiosa en los edificios públicos. Así, en nombre del laicismo, hubo protestas contra la instalación del nacimiento, donde se representa el portal de Belén con las figuras de la Virgen María, San José, los Reyes Magos y los animales que les sirven de transporte: elefante, camello y caballo, además de un asno y un buey. Por su parte, los partidarios del nacimiento respondieron que se trataba más bien de una tradición cultural que religiosa. Los franceses, quienes están siempre al borde de la guerra civil, al menos desde la revolución de 1789, se apoderaron del acto para querellarse con fuerza.

Se trataba de presionar al alcalde para obligarlo a desmantelar el nacimiento, arguyendo los principios de un Estado laico. El debate tomó visos políticos y proporciones desmesuradas para un asunto banal frente al desempleo, la crisis económica y tantos otros conflictos más graves en Francia.

¿Libertad de expresión o de exhibición de signos distintivos de una religión? El principio de la laicidad es, a veces, fuente de conflictos en un país con numerosas religiones. Y, ¿por qué no cambiar el calendario universal que fecha los años a partir del nacimiento de Cristo?

Esta y otras polémicas alrededor sobre todo de los recientes escándalos políticos, de alcoba o de corrupción, no distrajeron a los franceses de la celebración navideña. Los niños en Francia esperan los regalos del Père Noël y los adultos se regalan entre ellos en un intercambio de obsequios.

Los comerciantes se frotan las manos. Finalmente es, sobre todo, su fiesta: ¿no es el periodo de las mejores ventas del año?

Tal vez el fenómeno más característico de la actualidad es el desarrollo en Internet de un nuevo mercado. Los niños intercambian o revenden, desde la mañana de Navidad, al saltar de la cama, los regalos que acaban de abrir, con tanta emoción y gritos de alegría. El cinismo de estos jóvenes marchantes, tan modernos, avejenta de golpe la imagen patriarcal del Père Noël, vuelto viejito sin poder dar crédito a sus ojos.

Pero, la diferencia más neta entre París y México es ésta: foie-gras y ostiones en su concha o bacalao y romeritos. Aquí termina la polémica, creyente o ateo, de izquierda o de derecha, las tradiciones gastronómicas son las más sólidas de todas.