Opinión
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Hermanos en armas
A

nte el aviso de que el presidente de la República iba a realizar un anuncio importante para enfrentar la crítica situación nacional, en los sectores más conservadores surgió la expectativa de que, en su calidad de galeno, Peña Nieto expediría una receta para curar providencialmente y de un solo golpe los males que nos aquejan y que, para alentar la sanación, le cortaría la cabeza a uno o más miembros de su gabinete. A esa gente siempre le gusta ver la sangre de otros.

Al no suceder así, ipso facto, se propagó la desilusión. Les cuesta aceptar que la enfermedad viene de lejos: por lo menos uno o dos sexenios y, en algunos sentidos, mucho más. Hay quien asegura que la insurrección en los caminos del sur se remonta a principios del siglo XIX.

Ahora bien. En tal problemática no resulta ajeno, entre muchas cosas, la confusa –digámoslo así– elección federal de 2006, cuando mucha gente percibió que, por la vía legal, no podría sobrevenir una renovación en la cúpula del poder en México. Y, por si fuera poco, para remachar el clavo, el Ejército Nacional, que había estado siempre en lo suyo, fue incorporado a la vida cotidiana de los mexicanos. Para amedrentar a los disidentes y no se les ocurriera una protesta mayor.

Bien lo dice Luis Hernández Navarro en su libro Hermanos en armas, de reciente aparición: la manipulación de aquellos sufragios provocó que mucha gente se sumara a una dinámica de movilización anticonstitucional y de resistencia civil pacífica.

No cabe la menor duda de que, si alguien de la cúpula del poder mexicano puede acumular más culpa de todo lo que está sucediendo ahora es Felipe Calderón (FeCal, se le decía de cariño).

Pero cabe insistir en que el mal presente resulta sumamente complejo y reclama actuar con prudencia, atingencia y sabiendo de qué se trata. Por eso me permito sugerir muy atentamente a todo aquel que tenga mucho o poco que ver con lo que ahora se empieza a llamar el proceso pacificador, que lea con cuidado el libro de referencia que aborda, con mucho conocimiento de causa, el tema de los policías comunitarios y las llamadas autodefensas, principalmente en los estados de Guerrero y Michoacán.

Se trata de un libro que se ha hecho con un gran conocimiento de causa y, además, partiendo de un enorme respeto de las formas de vida y los problemas autóctonos derivados de la agresión constante de que son víctimas los habitantes de aquella Tierra Caliente, a menudo abandonada a sus propias fuerzas, por parte de grupos urbanos o con buenas afiliaciones en el poder estatal y federal.

Bien claro lo deja Hernández Navarro: no es un problema indígena. Se trata de un gran problema humano debido mayormente a hombres civilizados que, de una manera o de otra, han tendido una red que aprisiona el desarrollo tranquilo de aquellas comunidades que, gracias a tan malas experiencias, lo único que quisieran es que los dejen en paz.

No diré que eso sea todo, pues por otras razones, también muy complejas, la problemática de Guerrero y el crimen de Ayotzinapa se han convertido en bandera de muchas otras causas justas o injustas, tal vez porque todo el país ha sido cultivado con mucho esmero durante los años recientes para que se esparza en él la desobediencia y la insurrección.