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A la mitad del foro

El Senado tiene la palabra

S

e oían pasos al aproximarse el 2 de octubre. Pasos de politécnicos, como para sacudir la desmemoria de los que no olvidan la matanza de Tlatelolco, pero desdeñan la chispa que encendió el fuego en la Voca 5, y la nocturna incursión del ejército mexicano en Zacatenco. Pasos del Poli, ecos de la violencia desatada por el autoritarismo atado a los dictados de la guerra fría y a los resentimientos tiberianos que le impedían hacer política. Hubo quien los oyera. Pero todavía hay quienes no quieren oír más que los disparos a mansalva y los patéticos pretextos de quienes invocan la corresponsabilidad del gobierno federal en la hora de contar cadáveres y fingir que se busca a los desaparecidos.

Ordenada y vigorosa fue la marcha de los estudiantes del Politécnico que rechazaban las reformas y exigían el inmediato despido de la directora del instituto fundado por Lázaro Cárdenas, no sólo para educar a los hijos de obreros y campesinos, sino para formar los profesionales que demandaba la industrialización del país: La técnica al servicio de la patria, se dijo desde las horas visionarias de Juan de Dios Bátiz. En Iguala, las autoridades municipales bailaban en la plaza pública y los estudiantes de la Escuela Normal de Ayotzinapa que se apoderaron de tres autobuses, huían de los policías que disparaban a matar. Otra vez, otra más. La violencia criminal del gobierno produjo seis muertos, 17 heridos y más de 30 desaparecidos.

Los matarifes cambiaban de uniforme de policías a ropajes y pasamontañas negros. Desde el primer enfrentamiento tronaron los fusiles; tiraban al aire, dirían algunos horas más tarde; los normalistas respondieron a pedradas y lograron escapar. Finalmente, una patrulla los interceptó: Disparaban a matar. Y mataron. Decenas de estudiantes fueron detenidos: Los bajaron del autobús y los tumbaron en el suelo; luego se los llevaron. Yo lo vi. Voz de testigo y sobreviviente. En la madrugada del sábado 27 de septiembre, sicarios y pretorianos dispararon contra estudiantes y maestros de la Ceteg: muertos y heridos, lo de siempre. En Iguala, en las instalaciones del forense, encontraron a tres de sus compañeros. A uno de ellos, Julio César Mondragón, le habían desollado la cara y vaciado las cuencas de los ojos, cuando todavía estaba vivo.

¿Qué clase de policía, qué clase de persona puede hacer algo así?, dice uno de los dirigentes de la normal, según la crónica de Arturo Cano en La Jornada del 2 de octubre. ¡No se olvida! ¿Cómo olvidar la deshumanización de un joven padre, de rostro amable, quien tenía apenas un mes de haber ingresado a la escuela normal de Ayotzinapa. El edil que bailaba, pidió licencia y huyó. El ya dos veces gobernador de Guerrero, Ángel Aguirre, es reincidente: Es la segunda matanza de estudiantes, el segundo crimen de estado, en su segundo mandato. El primero lo obtuvo al pedir licencia Rubén Figueroa, hijo, el compadre de Ernesto Zedillo, a quien tuvo que informar cuántos muertos hubo en Aguas Blancas.

Hoy milita en el PRD. Y Jesús Zambrano ha declarado que hay gobernabilidad en Guerrero. Será porque en el recuento de muertos y la búsqueda de los desaparecidos Aguirre ha ofrecido recompensa millonaria a quien le informe. O porque al estallar la violencia respondió a quienes cuestionaron su apatía que él no era responsable, que en todo caso, era corresponsable el gobierno federal. Hay 22 policías arrestados en Acapulco; ni un solo sicario ha sido detenido. Otros asesinatos subrayan la gobernabilidad guerrerense: en Acapulco mataron de un tiro a un dirigente panista que comía en el Mirador de la Quebrada. En la montaña los muertos cuentan a sus muertos. Tanta eficiencia debió motivar la inmediata, seca, tensa respuesta de Enrique Peña Nieto, presidente de la República: ¡Que cumpla su obligación el gobierno local!

A querer o no, cambió el país; los pasos de la marcha de estudiantes politécnicos no condujeron a una emboscada, no hubo conjura de matarifes para resolver el dilema con candentes balas. Miguel Ángel Osorio Chong respondió a la terca realidad: decidió hacer política. El presidente Peña Nieto no tiene que pedir o aceptar la solicitud de licencia de Ángel Aguirre, la fuga hacia adelante del compadre Rubén Figueroa. Desde que la reforma de Jesús Reyes Heroles obliga a convocar al Congreso de la Unión a periodo extraordinario, si está en funciones la Permanente, el Senado no ha resuelto que se han dado las circunstancias para declarar desparecidos los poderes de estado alguno. El cinismo venció al imperio de la ley: los incapaces de gobernar, culpables o no de delitos y crímenes, solicitaban licencia y volvían cada año a solicitarla.

Eso era antes de las dos alternancias que han trastocado el cesarismo y la sumisión de gobernadores de islas Baratarias. La transición en presente perpetuo produjo la alternancia en el Poder Ejecutivo de la Unión; el sistema plural de partidos dio paso a una auténtica separación de poderes. La segunda alternancia impuso el cambio de método, la obligación de gobernar con eficiencia y con el acuerdo de voluntades en lugar del artificial y artificioso consenso. Pacto o no, el acuerdo permitió llevar a cabo las reformas y proyectos de los partidos participantes; avance en lo legislativo hacia el cambio de régimen que la mayoría dice favorecer.

Ángel Aguirre hace gala de cercanía con el gobierno de Enrique Peña Nieto, visitante frecuente al estado víctima de desastres naturales y de matanzas criminales. Ante todo, que cumpla su obligación el gobierno local, respondió ya Peña Nieto. Y eso impone reconocer la responsabilidad de quien acepta ser gobernador de un estado de la Federación, El Senado tiene la palabra. El compromiso de llevar a tribuna la resolución de reconocer desparecidos los poderes del estado de Guerrero. No basta el cultivo yucateco de Emilio Gamboa; la responsabilidad de Miguel Barbosa trasciende lo protocolario: Hasta el momento no hemos sido capaces de dar el gran paso para combatir la corrupción, dijo el senador poblano del PRD.

Y lo dijo ante el presidente Peña Nieto: Esta es la reforma estructural que falta y que el país en verdad necesita. Con toda solemnidad, aseguró el presidente del Senado: Seguimos con atención y preocupación los recientes acontecimientos en Tlatlaya y en Guerrero. Resulta indispensable que se aclaren los hechos y se finquen responsabilidades. El combate a la delincuencia no puede incluir la violación de los derechos humanos. Es tiempo de reconocer el valor de la palabra. Y respetarla. El llamado de atención a los muertos en Tlatlaya, a la investigación a cargo de la Procuraduría General de la República, así como de los tribunales militares, resalta la respuesta pronta y decidida de Jesús Murillo Karam, procurador en vías de fiscal de la nación.

El Senado tiene la palabra. Los chuchos son dueños y señores del PRD. Tienen vía libre para elegir presidente y secretario general del partido a Carlos Navarrete y Héctor Bautista. Así, ¿qué objeto tiene defender a ultranza al de Guerrero? Y si en Oaxaca hay vacío de poder, cómo van a resolver el ánimo autodestructivo en Morelos, donde Graco Ramírez culpa al mensajero y se declara dispuesto a someterse a un referendo: ¿tendría validez legal para revocar el mandato?

No se equivocaron los del Poli al pedir que no se aplaudiera a Miguel Ángel Osorio Chong, quien simplemente cumplía su obligación. De eso se trata, de subirse al templete sin camisa y no perder el piso. Los hay que se marean trepados en un ladrillo.