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Los cimientos
L

as reformas de todo tipo tienden a imponerse sobre unos cimientos ya existentes. Como pasa con una edificación, su estructura, el diseño y, finalmente, su funcionamiento, dependen de dichos cimientos. Así que de alguna manera surgen y se aplican en relación con un conjunto de elementos que fijan sus términos, sus límites y posibilidades.

Un caso en cuestión es el de la crisis financiera de 2008. Después de seis años, las condiciones de esa crisis no han sido superadas. En Europa la fragilidad económica y social sigue siendo el rasgo predominante: la producción apenas crece, el desempleo está aún en niveles muy elevados, la deflación está en el horizonte. La desigualdad es tema de debate abierto. Los países donde la crisis se cebó con mayor fuerza, como en Grecia o Portugal, el deterioro social persiste. España, Italia y Francia están aún en la cuerda floja.

La crisis exhibió rotundamente las profundas fallas que pueden tener los mercados y, también, las políticas públicas. Las intervenciones de los gobiernos, especialmente por la vía de los bancos centrales y de la fuerte contracción fiscal, parecen apenas contener los efectos más ostensibles al concentrarse en prevenir el colapso de los sistemas financieros. Pero distan mucho de crear condiciones para recomponer la actividad productiva, la recuperación de los ingresos de las familias y el proceso de acumulación.

Las pautas de la gestión económica se habían impuesto en el marco de los que denominó como la gran moderación. Esta era la convicción convertida en ortodoxia en la década de 1980, que sostenía que mantener la inflación en niveles bajos garantizaba menores fluctuaciones macroeconómicas y ponía las bases del crecimiento rápido y sostenible. Tal ortodoxia quedó molida. Dio lugar, en cambio, a un fuerte proceso de endeudamiento, con altos grados de especulación que desataron la crisis.

En México hubo también rasgos de este tipo, pero aquí la expresión más contundente fue y sigue siendo el estancamiento productivo, en un entorno muy desigual entre los sectores económicos, las regiones y la misma sociedad. Claro que aquí se genera riqueza en abundancia; también marginación y diferencias crecientes. El criterio esencial de la política monetaria sigue siendo la estabilidad de precios que, por cierto, tiende a desbordarse.

La estabilidad de los precios de aquella gran moderación provocó con el tiempo una mayor rentabilidad asociada con riesgos cada vez más grandes, en una manifestación del carácter de las decisiones que toman los agentes en los mercados preponderantes. Con ello se quebró también la supuesta racionalidad que sustentaba las teorías de la eficiencia de los mercados.

Los bancos centrales generaron una enorme liquidez, con tasas de interés bajas. Los bancos comerciales decidían cómo usarla. Ese fue el caso más notorio de las hipotecas chatarra; no debe olvidarse que aquí también quebraron las empresas constructoras. Esto estuvo marcado por el dinámico proceso de innovaciones financieras, cuyos principios crearon teorías, se plasmaron en las políticas monetarias y fiscales y fueron ensalzadas por analistas y políticos en todas partes.

La Reserva Federal atajó la crisis con enormes inyecciones de liquidez, las tasas de interés han sido prácticamente de cero. Y siguieron siendo los bancos los que decidían sobre su uso. Esto incluso en un entorno de nuevas regulaciones acerca de los requerimientos de capital y de las condiciones para prevenir los efectos de riesgo sistémico que representaban las instituciones más grandes. La economía no se recupera y el desempleo es resistente. La economía mexicana es dependiente de esa crisis.

En Europa, la contención fiscal predominó. Ahí las condiciones eran distintas, pues el sistema euro estaba marcado por un entramado de deudas gubernamentales. Apenas hace unos días el Banco Central Europeo ha decidido aplicar la expansión monetaria en el entorno de una presión de caída del nivel de los precios, que presagia un nuevo episodio de crisis. Los cimientos no se han alterado. El sistema financiero se ha recompuesto pero sigue siendo en esencia el mismo.

Las reformas como las que se legislaron en México recientemente muestran rasgos similares en cuanto a sus cimientos. Se llaman estructurales, pero difícilmente pueden alterar por sí mismas las condiciones que definen a la sociedad y la economía. Esas no se alteran. Pueden, sí, generar pingües negocios cuya derrama estará contenida, pues no cambian los patrones de la concentración de las beneficios.

Con la reforma hacendaria crecen los ingresos fiscales (antes del efecto adverso que puede provocar el cambio). En el terreno de la competencia, la reforma financiera no ha modificado el mercado de crédito y la estructura del sistema bancario. En las telecomunicaciones el acomodo se dio incluso antes de secarse la tinta de los documentos legales y el mercado ha sido repartido entre los principales jugadores.

El análisis del esfuerzo reformador está muy cuestionado, las expectativas de la población están envueltas en mucha incredulidad, basada sobre todo en la experiencia. En medio del entusiasmo publicitario que ha desbordado la actividad política, el mismo gobierno empieza a advertir que los resultados no serán mágicos ni rápidos. Ni el de un nuevo y flamante proyecto aeroportuario, que está signado por los cimientos de la estructura política y económica existente. Ahí están asentados el afán de cambio y la velocidad impuesta a las reformas.