Opinión
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Fito confiesa
A

dolfo Sánchez Rebolledo, La izquierda que viví. El instante y la palabra, Configuraciones, México, 2014.

En esmerada síntesis vital, desplegada a lo largo de 611 páginas, Don Adolfo Sánchez Rebolledo, como hiciera su admirado poeta (Pablo Neruda), confiesa que ha vivido. Y vaya que lo ha hecho y lo hará, hasta el último aliento y lo que le quede, nos quede, de ánimo crítico desde el cual poner en marcha nuevas y viejas maneras e ideas de concretar el compromiso primordial con la justicia social y la democracia que, como él ha dicho y redicho, sólo puede encontrar virtuosa conjugación en un régimen político y económico distinto al actual, socialista, en vez del capitalista que se empeña en carcomer lo que le queda al mundo de sentido de solidaridad y cooperación como bases para un efectivo progreso humano.

En defensa de una utopía realizable, Fito confiesa también su fidelidad a lo mejor del humanismo y la Ilustración que asimilara en familia, bajo la guía generosa de su querido y admirado padre, el filósofo Adolfo Sánchez Vázquez. Bajo la tutoría gentil y festiva de Don Rafael Galván, con el ejemplo entrañable de Othón Salazar, siempre agitado por el buen agitador de almas y conciencias que fue el gran Natalio Vázquez Pallares, Adolfo se instaló para siempre en el Fito que hoy celebramos y del brazo y por la calle con nuestro querido Óscar González, o al paso de ganso de Paul Leduc, cruzó las avenidas ocupadas por los represores y dio cuenta detallada del despertar a mil voces que fue para él, y para muchos de nosotros, el 68. Y de ahí pa’l real.

Punto Crítico, Cuadernos Políticos y Solidaridad y la Tendencia Democrática de los electricistas; el Movimiento de Acción Popular y los encuentros y desencuentros con la izquierda que lo había visto nacer y no siempre accedía a reconocerlo en su brillantez y capacidad de análisis y síntesis; el PSUM y el PMS para aterrizar en el PRD y confrontar la incomprensión agresiva de algunos antiguos compañeros y camaradas, son algunos de los trazos maestros de una larga y enjundiosa entrega a las causas de la izquierda y el socialismo que el reclamo democrático de fin de siglo parecía capaz de conjugar en una ola renovadora de transiciones que llevara a México a un nuevo régimen de democracia avanzada. Democracia Social, como quisimos llamarla y volverla consigna histórica para la izquierda que se asomaba al nuevo siglo cargada de esperanzas, pero sin haber cursado la asignatura fundamental del recuento histórico, el diagnóstico descarnado y la autocrítica indispensable.

De la revolución y el socialismo; del origen profundo de la gesta cubana entendida como proyecto de construcción de un Estado y una nacionalidad efectivas; de los avatares sin fin que han llevado a la democracia mexicana a un punto de inflexión abrumado por la violencia criminal, la desigualdad social y la pobreza masiva; de las ideas que hay que revisar y poner de cabeza para seguir en pie. De todo eso y más nos cuenta Don Adolfo en sus bien organizadas páginas acuerpadas en siete grandes capítulos y una introducción magistral que no tiene desperdicio.

Es un aporte personal, sin duda, pero que recoge con maestría un largo tramo de nuestra historia política y social que la izquierda que queda y la que sin duda vendrá, tienen que aprender y declinar como su alfabeto primigenio. El texto no sólo lleva a sus lectores al inevitable ejercicio memorioso cargado de nostalgia y hasta de melancolía, que lo vuelve entrañable: también obliga a volver los ojos y encontrar lo que importa porque importó y no ha perdido vigencia y porque su actualidad sólo puede ser cuestionada por un cretinismo dizque liberal que reniega de lo mejor de su herencia y desfigura el de por sí vapuleado perfil de la joven democracia alcanzada.

No tiene caso entrar aquí y ahora a dirimir con nuestro héroe la caracterización de su obra. Le guste o no, lo que nos obsequia como legado es un conjunto reflexivo, y por tanto crítico, sobre el país y su izquierda, así como apuntes iniciáticos sobre el gran cambio del mundo y su globalización, así como sobre la gran catástrofe histórica y civilizatoria que ha significado el derrumbe del llamado socialismo real y el ascenso y predominio de la revolución de los ricos que ha estudiado entre nosotros Carlos Tello.

Sin abandonar por un momento su envidiable buena prosa, transparente y grácil, que hace del libro un fácil recorrido por medio siglo de política, cultura e ideas en, desde y para la izquierda, Fito encara los dilemas del tiempo y de España con vigoroso rigor a la vez que con jugosos recuerdos anecdóticos.

Recuento y memoria; antología con y sin (según él) criterios de selección y formación; historia política viva y rencuentro con momentos decisivos y cruciales, incandescentes algunos de ellos, el periplo a que nos invita Fito nos entrega una confesión mayor: sin pasión no hay acción, pero sin ideas y cultura la pasión y la acción se disuelven en la confusión, siempre al borde de la sordidez del dogmatismo o la servidumbre pasiva, incluso solícita, ante los principios y las tesis, real o supuestamente sólidas y solventes, que articulan las formas actuales de dominación y explotación. Con la crisis y las paradojas de una globalización sin rumbo estas formas, aparentemente civilizadas y domesticadas por la democracia y el Estado social, de nuevo, como en los años de entreguerras del siglo pasado, amenazan con desdoblarse en dictadura, negación militante de la cultura y agresión sin límites ni fronteras.

He aquí, sostiene Fito, como tal vez lo hubiese hecho nuestro siempre querido y recordado Tuti Pereyra, los trabajos y los días inconclusos de la izquierda que él vivió. Pero, sobre todo, la agenda puntual de la juventud de izquierda, progresista y socialista, que podrá continuar en mejor condiciones aquellos empeños memorables y no tanto, de los que este extraordinario volumen nos ofrece momentos inolvidables.

Si de tiempo hay que hablar, y hay que hacerlo y pronto para reconstruir y conquistar el futuro, este libro es y será por mucho tiempo un obligado punto de partida.

Apunte final: gracias a Fito leí y releí El perseguidor, de Julio Cortázar. Como su héroe, el nuestro podrá decir, al terminar esta celebración, arrojando su libro al sofá más cercano: Eso ya lo leí mañana