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La mayoría padece su drama sin buscar ayuda emocional

Familiares de las víctimas viven una situación enloquecedora: especialista
 
Periódico La Jornada
Domingo 31 de agosto de 2014, p. 4

Sin ninguna certeza sobre el destino de su ser querido, sin un cuerpo al cual llorarle y por lo tanto sin poder cerrar un ciclo de duelo, los familiares de las víctimas de desaparición viven una situación enloquecedora que va mermándolos poco a poco no sólo a nivel personal, sino también como familias, y que en última instancia –y de forma invisible– está provocando graves rupturas del tejido social.

Lo anterior lo aseguró Ana Gladys Vargas, directora de vinculación de la organización Tech Palewi, quien señaló que la inmensa mayoría de los parientes de los desaparecidos viven este drama sin buscar ayuda emocional, en gran parte porque consideran que hacerlo le quita tiempo a la tarea fundamental de buscar a sus seres queridos, y también porque buscar su propio bienestar lo consideran como una especie de traición.

En entrevista con La Jornada, a propósito del Día Internacional de las Víctimas de Desaparición Forzada –que se conmemoró ayer–, la tanatóloga indicó que si de por sí la violencia le arranca a quienes la padecen la confianza y la seguridad, en el caso de la desaparición forzada ocurre un fenómeno todavía más complejo.

No hay certeza de muerte, pero sí del sufrimiento del ser querido, y como el proceso judicial tarda mucho en iniciar, se vuelve un duelo sicotizante. No lo vive igual un padre o una madre que un tío o un hermano, pero toda la familia vive una situación enloquecedora, que casi seguramente dará lugar a un duelo complicado, extremadamente largo y desgastante, afirmó la especialista.

Las características que hacen aún más difícil la pérdida en el caso de la desaparición, abundó, es que no existe la llamada prueba de realidad, es decir, no hay un cadáver que le permita a la familia iniciar y concluir un duelo sano.

No hay rituales luctuosos, velorios, misas, rosarios, con todo el cobijo social que viene con eso. Hay muchas preguntas y pocas respuestas, y eso genera una gran incertidumbre ante la figura de alguien desconocido, cruel y poderoso ante el que estamos indefensos. Hay pensamientos constantes de que puede volver a pasar, dijo.

Además de lo anterior, subrayó Vargas, los familiares de la persona desaparecida empiezan a desarrollar una especie de culpa de vivir: no puede –o no debe– haber momentos de alegría o tranquilidad, cuando tu ser querido puede estar sufriendo en ese mismo instante.

“No me siento a recibir ayuda, porque lo que tengo que hacer es buscar desesperadamente a mi ser querido. Además, está la exigencia social de que aceptes que ya está muerto o la condena de que eso le pasó porque ‘en algo estaba metido’. A todo eso se suma la impunidad y la indefensión ante lo que hacen las autoridades”, añadió.

A nivel macro, indicó, este fenómeno provoca que haya regiones completas terriblemente afectadas, con una profunda desolación, con un sentimiento de impotencia colectiva, depresión y vacío. Se pierde una solidaridad esencial y eso habla de una grave afectación al tejido social. Vemos niños deprimidos y enojados, que no juegan, y eso va generando adultos con violencia y rabia.

Por todo ello, manifestó Vargas, es urgente buscar a esos padres y madres para ayudarlos, formar cuadros especializados que los busquen para atenderlos, pero sabiendo que la tranquilidad interna no vendrá hasta que no haya un mínimo de verdad y justicia. Todo eso requiere voluntad política y recursos, y eso es justo lo que no hay en este país.