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Adiós, CFE

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l 11 de octubre de 2009, al igual que otros millones de individuos del Distrito Federal, el estado de México, Morelos, Puebla e Hidalgo, quedé huérfano en tanto que consumidor de energía eléctrica y un poco más empobrecido en tanto que ciudadano mexicano. Ese día Felipe Calderón nos dejó sin una empresa que nos surtiera de electricidad y nos quitó una entidad pública que valía miles de millones de pesos y cuyas propiedades fueron objeto de las raterías del grupo gobernante: tengo fotos tomadas ese mismo octubre de camiones y remolques de Luz y Fuerza del Centro (LyFC) con los logotipos recién arrancados y puestos al servicio de Gas Natural para cavar zanjas mal hechas y peor rellenadas en el sufrido asfalto de mi barrio. De paso, el calderonato pretendió eliminar a un sindicato histórico, el Mexicano de Electricistas (SME), y a un gremio que representa un capital humano incalculable en términos de experiencia laboral. En las semanas y en los meses que siguieron los habitantes del centro del país padecimos innumerables desastres personales por la incapacidad de la Comisión Federal de Electricidad de atender una infraestructura y una clientela colosal. En muchos puntos de la ciudad de México –y supongo que en el resto del territorio hasta entonces cubierto por LyFC– los apagones pasaron de unas horas al mes a unas horas al día. Me pregunto si alguien ha hecho la cuenta de las pérdidas sufridas en ese periodo por carnicerías, pollerías, paleterías, misceláneas, imprentas, despachos de contabilidad y consultorios odontológicos, entre otros pequeños negocios que llevaron la peor parte de aquella forzada irrupción en sus vidas de una empresa de clase mundial cuyos pedazos hoy se disputan algunos de los zopilotes energéticos a los que Calderón y Peña Nieto han entregado el territorio.

En mi caso, las pésimas condiciones del suministro eléctrico provocaron, además de los contratiempos normales de los cortes, daños por exceso de voltaje en reguladores, computadora y lámparas.

Con la valiosa asesoría del SME, y junto a otros miles de ciudadanos, presenté ante la Procuraduría Federal del Consumidor (Profeco) un recurso de inconformidad contra la CFE. Hasta la fecha –casi cuatro años después– no ha sido atendido. Pero en enero de 2009 me llegó un recibo de esa empresa en el que mi consumo del bimestre anterior se cuadruplicaba por arte de magia. Así siguieron llegando los papelitos de borde verde y así siguen llegando hasta la fecha. No los he pagado, por supuesto, porque nunca he firmado un contrato con ese corporativo, porque son excesivos y porque éste nunca se ha dignado atender mi queja ante Profeco por los daños que las violentas variaciones de voltaje provocaron en mi casa. Hasta inicios de este año esperé a que la CFE hiciera algo más que enviarme facturas disparatadas y se dignara a dar alguna respuesta a mi recurso de inconformidad ante Profeco. Contaba, además, con el amparo de la Ley Federal de Protección al Consumidor, la cual establece en su artículo 113 que tratándose de bienes o servicios de prestación o suministro periódicos tales como energía eléctrica, gas o telecomunicaciones, el solo inicio del procedimiento conciliatorio suspenderá cualquier facultad del proveedor de interrumpir o suspender unilateralmente el cumplimiento de sus obligaciones en tanto concluya dicho procedimiento.

A principios de este año se presentó a mi domicilio un empleado de CFE con una orden de corte. Llamé por teléfono a la policía, llegó una patrulla y los agentes hicieron el favor de explicarle con amabilidad al enviado de la corporación que no podía suspender el servicio. Pero dos meses más tarde se estacionó frente a mi casa un camión de la compañía, en el que viajaba un efectivo policial del estado de México, vestido de negro y armado hasta los dientes y, sin aviso previo, cortaron el cable de alimentación de mi casa. Unos compañeros del SME se apresuraron a auxiliarme y reinstalaron la electricidad, pero desde entonces viví en la zozobra y empecé a idear mi independencia eléctrica basada en la generación de energía con módulos fotovoltaicos.

Acudí a varias firmas de consultoría que encontré en Internet y algunas de ellas, tras un cuidadoso interrogatorio sobre el consumo y las horas de uso de todos y cada uno de mis aparatos, me enviaron presupuestos de varios cientos de miles de pesos. Exploré la posibilidad de instalar un generador de gas LP y hallé que la inversión y el consumo de combustible daban una cifra estratosférica y que, además, sería una instalación muy contaminante. Resignado a exprimirme el seso, busqué y devoré cuanto texto hallé en la red acerca de instalaciones solares, a entender la diferencia entre voltios, watts, amperios, entre conexiones en serie y en paralelo y entre inversores de onda sinusoidal pura y de onda sinusoidal modificada, así como a esclarecer qué fierros necesitaba, de qué capacidades y en qué cantidad. Concluí que requería de varios páneles fotovoltaicos, un controlador de carga, un inversor y un banco de baterías. Los primeros generan electricidad directa a partir de la luz solar, el segundo toma esa energía y carga las baterías, éstas la almacenan y se la entregan al inversor, el cual convierte la corriente directa (como la del sistema eléctrico de los coches) en la corriente alterna que alimenta a los aparatos domésticos. Finalmente, busqué los precios más accesibles, di con un importador que vive en Tijuana, le pedí una cotización, me pareció razonable y de un tarjetazo compré todo lo necesario.

Por otra parte busqué entre integrantes del SME a alguien dispuesto a realizar la instalación, conocí a unos electricistas muy capaces y entre ellos y yo nos dimos a la tarea de electrificar la casa con energía solar. El viernes pasado los compañeros terminaron de instalar el equipo y antier, martes, día nublado y lluvioso, bajamos el interruptor de la red pública y subimos los del sistema fotovoltaico. Y no pasó nada.

O, mejor dicho, pasó de todo: el refrigerador refrigeró, los focos alumbraron, el microondas calentó la comida, el tostador tostó, la lavadora lavó, la plancha planchó, los ventiladores ventilaron, la licuadora licuó, el DVD reprodujo una película y la computadora blogueó, tuiteó y fesibuqueó como lo ha hecho siempre. Mi independencia energética estaba consumada.

Se los cuento fácil, pero fueron días, noches, semanas y meses de dudas, incertidumbres, incomodidades, gastos de más, cálculos de menos y travesías por las tierras áridas de la ignorancia. He llegado a la conclusión de que, con el abaratamiento de costos de los páneles y otros equipos necesarios, cualquiera puede lograr su independencia energética por un costo, dependiendo de necesidades específicas, de entre 30 mil y 80 mil pesos, que es lo que cuesta un coche usado de los que ya no circularán los sábados. Ahora empieza la tarea de compartir la experiencia, de socializar lo que aprendí para que otras personas se ahorren tiempo, dinero y sinsabores y, en la medida de lo posible, de organizar grupos que puedan comprar el equipo a precios de mayoreo y contratar instaladores en escala. Para eso se ha creado una página de Facebook y ésta es la dirección, por si alguien ocupa.

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