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El priísmo y sus temores
E

l priísmo bien podría ser una categoría conceptual descriptiva de una amplia y compleja forma de actuar y presentar el quehacer público. Ciertamente rebasa al conjunto de los militantes del PRI como instituto que busca el poder. Es más extenso, incluso, que el numeroso grupo de los simpatizantes que lo respaldan, en casi todas las ocasiones, con su voto o participación. El priísmo, en realidad y por la turbulenta historia del ser nacional, se instala, como sustrato cultural bien arraigado, en la conciencia colectiva de buena parte de la sociedad mexicana. Sus características, bondades y vicios son de larga enumeración y no siempre que se le menciona se hará de manera justa. Se tratará, por tanto, de presentar, solamente, algunos de esos rasgos que vienen influyendo en la conformación del presente.

El priísmo, desde los orígenes de su larga trayectoria, se adhirió, con ánimo constructivo en un inicio y con desparpajo y hasta cinismo después, a la tarea de propiciar y hacer negocios a la vera del poder público. Pocas fueron las cortapisas que, para tal amalgama nociva, se introdujeron para normar dicha conducta. Y, cuando se diseñaron algunas de ellas, en la práctica, se les arrojó, casi de inmediato, al rincón de los triques molestos. Las renovaciones a la moralidad o ética pública ensayadas en el pasado cayeron en franca inoperancia antes aun de terminar la redacción de sus filos redentores. Al contubernio entre los negocios y la política se agregó, como parte definitoria del priísmo de estos días, un oportunista pragmatismo. Postura ahora bien acentuada entre los militantes del PRI y que les permite adoptar cualquier alternativa de acción o reacción. Es debido a ello que, sin muchos escrúpulos personales y sí con férrea disciplina, pueden plegarse a los dictados de sus líderes, patrocinadores o superiores jerárquicos. Aun cuando para los políticos de cepa la tecnocracia financiera no les pasa ni de cerca, pueden también adecuarse con facilidad sorprendente con el credo dominante entre esa clase de funcionarios: el neoliberalismo reinante.

Los llamados fundamentales de la economía, sostenes de una idea libérrima del mercado que a toda costa hay que mantener, han pasado a formar parte del panorama, y justificante inevitable, de cuanta decisión se tome allá arriba, en esas nítidas regiones, donde moran impasibles los personajes rectores de la vida en común. La concentración de poder, al acentuarse con el concomitante autoritarismo centralizador, permite que las posturas dominantes coincidan con los intereses de esas cúpulas. Tal tesitura se ha ido matizando con los meses y años para introducir en la élite del priísmo un enfoque empresarial inocultable. El priísmo no ha requerido de políticos de pura cepa como los idóneos para ser electos. Por el contrario, en décadas recientes se exige en sus adalides un marcado, constante y efectivo ingrediente empresarial (de gran nivel, claro), tanto en su comportamiento como en su narrativa y relaciones. Mientras más acentuada sea la inclinación en tal aspecto, mayor será la aceptación que logren entre sus simpatizantes. La receta no ha fallado un ápice desde la emergencia de De la Madrid, alto burócrata de las finanzas que inició la liquidación del nacionalismo revolucionario. Salinas de Gortari fue en su tiempo –aunque sigue tratando de aparentar ser– la voz de la plutocracia dominante. Las dos cumbres de esa tipología son, con facilidad, identificables: Zedillo que, sin titubeos, encontró mejor destino como propagandista del gran capital y el ranchero nailon de Vicente Fox. Este último, boquiflojo y de muy limitadas capacidades elevó, tal rasgo del priísmo, a toda una manera de gobernar con y para empresarios. Las nebulosas que se arremolinan en torno a la figura de Calderón impiden situarlo, por sus defectos, ilegitimidad y pequeñez, en una categoría específica. Pero, con seguridad fuera de duda, se empeñó en permitir los negocios de su clan.

La descomposición o, al menos, la desconfianza (bien asentada en encuestas recientes) que aqueja al presente nacional, intima con ese hálito priísta y obliga a examinar, enjuiciar y separarse de su continuidad y dominio. Es necesario hacerlo, sobre todo, por los resultados, hasta trágicos, obtenidos por esa praxis política entre las mayorías mexicanas. Los contenidos dañinos del priísmo se han endurecido y multiplicado. Los priístas de élite saben del mal que los aqueja porque no son tontos ni ciegos. Saben también que crecientes contingentes de mexicanos rechazan sus ofrecimientos, su manera de comportarse. La desconfianza hacia las bases les viene de lejos. Los aturdió la revuelta de los votantes de 1988, pero, a pesar de ello pudieron encaramarse en el mando del país. El impasse que llevó a Zedillo a la Presidencia estuvo impregnado de irregularidades recordables. Fox no llegó a Los Pinos para sacar al priísmo de ese exquisito lugar, sino para acomodarse a sus anchas con ellos. Sus votos provinieron del rechazo, ya bien sedimentado, contra ese priísmo. Las elecciones de 2006 no fueron otra cosa que la conjura del poder establecido para arrebatar a los sufragantes la voluntad de su mandato. La posible emergencia de una postura mayoritaria para renovar a la sociedad los espantó de tal modo, que no dudaron en emplear las peores formas del fraude electoral. Con ello privaron, a esa creciente masa de votantes, de ensayar un cambio de fondo.

Las elecciones de 2012 no fueron otra cosa que la confirmación ya minoritaria del oficialismo priísta. Para la continuidad del entorno actual de poder, con su modelo de privilegios y desigualdad, se torna indispensable nulificar por cualquier medio asequible la tendencia al rechazo del priísmo ya injertada en el cuerpo social del país. Los premios, cortesías, inversiones y demás canonjías legales del gobierno a los propietarios de los medios de comunicación, son parte medular de ese tinglado conspirativo.