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Producir, no hay de otra
L

a actividad económica se trata, siempre y en esencia, de producir. No hay de otra para sobrevivir, generar excedentes y establecer relaciones sociales duraderas que hagan posible la reproducción de una determinada forma de organización humana. Y no es necesario hasta aquí emitir ningún juicio de valor.

Han sido distintas las maneras de ordenar este principio básico a lo largo de la historia, y una de las pruebas de fuego está en la eficiencia con la que se logra producir, establecer un modo funcional de distribuir lo generado y crear el sustento del aparato de poder que mantenga todo armado con una cierta y suficiente solidez. De las tensiones constantes que se provocan en este entramado, es decir, de los constantes conflictos que se suscitan, surge el cambio que, por supuesto, no es mecánico y unidireccional y, además, suele ser bastante violento. Hasta aquí el pronunciamiento es abusivamente y, ex profeso, simple.

De las complejidades y la dinámica de los procesos involucrados en el acto primo de producir está hecha la evolución social y su conformación como un asunto observable. De ahí surgen las teorías para interpretarlo, las posturas ideológicas que lo sustentan y las confrontaciones políticas y también físicas que ocurren todo el tiempo.

Si de materialismo se trata, la producción es el punto de partida. Cuando la producción mengua –y mientras más tiempo lo haga– las contradicciones inherentes al proceso social se exhiben de modo más patente.

Esto no quiere decir que el crecimiento acelerado reduzca de modo suficiente y menos aún que elimine las contradicciones. Las burbujas que sostuvieron la expansión capitalista en los países más ricos en lo que va del siglo XXI y la fuerte crisis de 2008 son una buena muestra de ello.

El fenómeno crónico de lento crecimiento de una economía como la mexicana puede ubicarse en la interminable serie de obstáculos efectivos para producir. Esto no está, por supuesto, reñido con la enorme concentración de lo que se produce en unos cuantos grupos empresariales y en pocas familias; es, más bien, una consecuencia. Me temo que el asunto tampoco se resuelve con medidas político-burocráticas para ampliar las condiciones de la competencia en los distintos mercados.

Cuando en 1911 el gobierno de Estados Unidos provocó la ruptura por prácticas monopólicas de la Standard Oil, de John D. Rockefeller, en 33 distintas compañías, la rentabilidad se elevó enormemente haciendo a cada una más valiosa que el conjunto anterior y, así, lo convirtió en el hombre más rico del mundo. Una anécdota al respecto dice que en una partida de golf el empresario le preguntó a su compañero en turno, un cura, si tenía algún dinero; aquel contestó que no, y entonces le respondió: compre Standard Oil.

Hay tantos matices derivados de las acciones de los gobiernos de Roosevelt y Taft en contra de Rockefeller y los hay también en demasía en la anécdota golfera, que son dignas de una buena clase de economía. Me temo, también, que sería difícil hallar dónde encontrarla.

La reforma energética está enmarcada en este mismo proceso y no hay ninguna fuerza mecánica que haga que de ahí se filtre más producción, más riqueza y bienestar, en cambio, sí podrá haber mayor concentración económica que haga incluso añorar al monopolio estatal; aunque definitivamente no su gestión política y administrativa.

La medidas de las políticas públicas y las decisiones empresariales para invertir y las de los hogares para consumir y ahorrar que se advierten en el desempeño de los mercados, están desalineadas del fin crucial de producir. Y lo están aún más del fin de producir más.

Se requiere contraer una verdadera obsesión por generar más producto y de la manera más eficaz en términos económicos, financieros, técnicos, legales y políticos posibles y, aun así, no hay garantía alguna de que sólo por un efecto físico a la manera de los vasos comunicantes, todo eso derive en menor desigualdad o mayor bienestar. Vaya que la obsesión productiva es una condición necesaria, pero no es suficiente.

Hay quienes valoran las acciones recaudatorias del gobierno. Pero este no es un fin en sí mismo. En todo caso es un medio para alcanzar algún fin. El proceso de conversión de parte del excedente en un marco político e institucional que se mantiene rígido me parece que es la cuestión.

Pero en ese mismo marco, ineficiente en lo interno y en su relación con los otros agentes económicos se está alargando el letargo económico y la producción no se recupera. Ni siquiera está bien ubicada la discusión en términos de la disyuntiva de la primacía entre producir o distribuir. Amartya Sen y Jagdish Bhagwati han tenido recientemente un interesante intercambio al respecto en el contexto de las elecciones en la India.

Los consumidores no tienen suficiente ingreso ni perspectivas de aumentarlo o de elevar el empleo familiar, los empresarios no tienen estímulos para invertir y los llamados informales tienen pocos incentivos para dejar de serlo; el gobierno no va a sustituir la fuerza productiva y ser el motor del crecimiento.

Un posible marco para la discusión de las perspectivas del crecimiento y sus repercusiones distributivas es centrarse en alguna posibilidad de cómo contraer una obsesión productiva, que no sea luego motivo de intervención psicológica y del uso de un diván colectivo, como ha ocurrido recurrentemente.